Opinión
Ver día anteriorDomingo 29 de marzo de 2026Ver día siguienteEdiciones anteriores
Servicio Sindicado RSS
 
¿La fiesta en paz?

Llamar gigantes a los gigantes, emotiva evocación de un aficionado pensante

Ós

car Méndez Oceguera, reflexivo taurófilo con una pluma de lujo, comparte esto: “Mire, señora, he vuelto otra vez. No sé bien para qué, que así se disculpan los hombres cuando el corazón los trae de la mano. Uno se dice que pasa por aquí por casualidad –palabra cómoda, coartada ligera–, pero usted y yo sabemos que eso nunca ocurre. A usted no se llega: a usted se vuelve. Entré despacio, como antes. Bajé por sus túneles rozando el muro apenas, con esa caricia involuntaria con que se saluda a un viejo amigo sin despertarlo; no por miedo, sino por respeto.

“Hoy caminé igual. Y pensé al verla que sigue siendo demasiado grande para el silencio que le dejaron. Su silencio no era éste. El suyo era otro, ¿se acuerda? Ese silencio lleno, cuando el toro aguardaba detrás de toriles y la plaza entera, sin concertarlo, se ponía en pie por dentro. Ese silencio suyo no vaciaba: concentraba. Era la plaza apretándose el alma para mirar mejor. Ahí aprendimos a callarnos, señora. Yo era un muchacho cuando vine por primera vez. Salí del túnel y me quedé quieto. Usted abierta, redonda, inmensa, y sentí algo aquí dentro que no he vuelto a sentir igual. Como si el mundo tuviera un centro y yo acabara de encontrarlo en un círculo de arena.

“Luego salió Silverio, y no hacía falta nada más. Bastaba su paso lento para que la tarde cambiara de ritmo. El capote hablaba bajito y usted callaba con él. Después Arruza, y todo ardía. Usted rugía desde abajo, encendida, como si la emoción necesitara romperse contra sus muros. No era escándalo: era sangre colectiva moviéndose. Armillita ponía orden. Todo encontraba su sitio. Ahí entendí que lo más grande no siempre levanta polvo: a veces lo deja caer despacio, como cae la tarde sobre la arena cuando ya no pide nada y, sin embargo, lo manda todo. Procuna pasaba con una elegancia triste, como quien sabe que la belleza dura menos de lo que uno quisiera. Y luego Manolete. Ahí usted se volvía grave. El aire pesaba distinto. La verdad, cuando aparece, no necesita explicación: se impone.

“¿Se acuerda del olé, señora? No el fácil. El otro. El que subía desde abajo, largo, casi doloroso. Ese olé no celebraba el ruido: celebraba la verdad. Hoy caminé por sus gradas y sentí que todos seguían ahí. Usted no olvida a nadie. Y tal vez por eso duele verla así: no vacía, callada. Me quedé mirando la arena y casi escuché el clarín. Casi. Y entonces lo entendí, señora. Duele decirlo, pero hay que decirlo: no es que se haya ido el ruido, es que le cambiaron el silencio. Antes su silencio estaba lleno de arte, de miedo, de hombres midiéndose con algo más grande que ellos. Era un silencio que exigía. Ahora le dejaron otro, un silencio frío, móvil, sepulcral. Y ese no es suyo, señora. Ese se lo trajeron.

“Porque aquí no se calló el toro solo. Aquí alguien decidió que la emoción debía bajar la voz, que el riesgo incomodaba, que la belleza peligrosa era demasiado humana para estos tiempos pulcros. Y no me refiero sólo a los que firmaron papeles. Me refiero a los que hicieron posible que el arte se quedara sin defensa. A los que se acostumbraron. A los que confundieron prudencia con cobardía. A usted no la cerraron de golpe: la fueron dejando sin gente… y después, sin voz. La miro y la veo como veo al Quijote después del golpe. No un héroe de mármol, sino un hombre molido tendido en la tierra, mientras los molinos giran como si nada hubiera ocurrido. El mundo sigue su camino mientras él trata de entender en qué momento los gigantes dejaron de existir para los demás. Ahí está la verdad del Quijote: no en la locura, en la fidelidad.

“No se apure, yo vuelvo. Los que hemos aprendido a habitar este sitio no sabemos irnos del todo. Siempre dejamos algo pendiente: una tarde a media luz, un recuerdo que no termina de cuajar o ese olé que se nos quedó atorado en la garganta. Cuídese. Y no le haga caso al silencio, que el silencio engaña. Usted y yo sabemos bien que esto, en realidad, no se ha terminado. Hasta luego, señora.”