…ni de enemigos y guerras
l año “eñe” no existe en todas partes, así como otros sonidos y significados carecen de sentido en unas lenguas y no en otras, sutilezas del fenómeno lenguaje y, en su más vasta expresión, de los lenguajes dominantes en distintas etapas de lo humano sobre la geografía del planeta. No obstante, el lenguaje es un fenómeno universal donde hay más de un individuo para asegurar la reproducción ampliada del grupo existente, cuya solidaridad se basa justamente en una herramienta sonora con significados necesarios para comunicarse entre sí consolidando los lazos intragrupales. Toda conquista material de un grupo humano sobre otro, impone el lenguaje del primero con la sutil razón de la superioridad de la lengua del grupo más poderoso en tecnología de muerte. De ahí llega la teoría de la superioridad cultural acordada a la fuerza destructiva y la inevitable derrota total en todas las manifestaciones de la vida de los derrotados por la fuerza.
Aunque fuerza no sea sinónimo de superioridad cultural, si acaso tecnológica, pero no filosófica, humanista, artística y científica en muchas áreas, desde la astronómica y la biológica, incluida la medicina. En otras palabras, quienes vencen físicamente mediante la destrucción, no han sido, ni son, si serán, quienes dominan el saber correspondiente al fenómeno multimilenario de lo humano con su entorno, sino quienes cultivan creencias fantásticas sobre el poder destructivo de fantasías antihumanas, inhumanas, infrahumanas y subhumanas, disfrazadas de superhumanas y vueltas tradiciones de minorías antisociales en determinados grupos esotéricos de casi todas las sociedades capitalistas donde no falta el o los grupos, que no encuentran su ubicación en su propia sociedad.
Las narraciones de aventuras asiáticas, australianas, africanas, amazónicas, esquimales, entre otras, no tienen la figura del género superhumano destructor (de propios y ajenos), sino la de un género salvador del prójimo, por sus propios méritos o por representar una fuerza mítica de fuerza y poderío moral. Así, no es de extrañarse que el poderío de Occidente haya construido los cimientos de su poderío con base en figuras fantásticas, justamente de un superpoder que no es el de la Divinidad correspondiente a la cultura de su grupo, sino el de seres inventados cuya característica principal es que, justamente, no son seres humanos.
Qué hacer cuando el enemigo se arropa en el cerebro y el corazón de millones de niños (y a veces niñas) que imaginan ser superpersonajes y, si no caen muertos en juegos de representación de su ideal, caen de adolescentes o mientras van madurando, con drogas que les permiten verse conforme al modelo o marginándose mediante la conducta antisocial… O simplemente uniéndose, convencidos de su heroísmo, a ejércitos destructores indiscriminadamente, como para matar centenares de niños, niñas dentro de su colegio o corriendo allá abajo para librarse de las bombas porque sienten que esos exterminios benefician ¿a quién? ¿a qué causa? ¿a cuál orden? Jóvenes asesinos con el permiso del Estado y su propia conciencia vacía. Sí, lectores, el peor castigo del “maestro de asesinos sin conciencia” es ya la perversidad de sus electores y su mutua eliminación. Porque la conciencia y la moral son tejidos que no se restauran con curitas: contaminan todo tejido que tocan. Que vayan construyendo en el nefasto norte multihospitales para sus combatientes de principios del siglo XXI. Al menos, nuestros defensores y nosotros/as podemos distinguir “lo que será de lo que no debió ser”.












