Opinión
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Trump y el delirio de la dominación mundial
E

s de celebrarse que el director del Centro Nacional contra el Terrorismo (NCTC) en Estados Unidos, Joe Kent, haya renunciado a su importante puesto público el 16 de marzo de 2026 manifestando en una declaración escrita que el presidente de Estados Unidos haya sido presionado por el gobierno y el lobby de Israel para creer que Irán era una amenaza para Estados Unidos, lo cual evidentemente era una falacia, y apuntó también que la absurda guerra contra el gobierno iraní ha provocado y puede provocar aún más muertes de soldados y funcionarios estadunidenses radicados en el exterior.

Sin embargo, creo que hay un error en lo que Kent plantea; presenta a los estados de Estados Unidos e Israel como dos entidades aliadas pero independientes. Sin duda, el Estado de Israel no es un satélite del conglomerado político de Estados Unidos ni responde solícitamente a sus designios, pero es un importante socio en la nueva política imperial que lleva a cabo la clase capitalista trasnacional, cuyo pilar ideológico es el neoliberalismo, que no es nuevo ni es liberal.

Ya aquel ex presidente de los Estados Unidos Harry S Truman declaró en 1948 que Estados Unidos requería un enclave al servicio de la política estadunidense, y esa entidad sería el Estado de Israel. Aunque los gobiernos de ambas naciones tienen algunas contradicciones y discrepancias, se unen para solidificar un proyecto de dominación mundial, ya que sus miembros consideran que hay una vía dorada para ello porque la guerra fría terminó con el derrumbe del llamado socialismo real; con el declive del Estado del bienestar, que generaba reformas sociales parcialmente favorables a los sectores de los trabajadores con objeto de impedir la atracción por los movimientos socialistas; por el debilitamiento notorio de la izquierda organizada conjuntamente y por la cada vez mayor fragilidad de los movimientos populares de orientación nacionalista.

Históricamente, el delirio de la dominación mundial ha estado presente desde hace muchísimos años y en recuerdo de ese aspecto irracional vienen a nuestras mentes los nombres de Napoleón Bonaparte, del imperio británico victoriano, del nazismo alemán y del imperialismo estadunidense que, según declaró el ex presidente William Clinton, había existido previamente, pero ya no sé contaba con su presencia a fines del siglo XX. Pero naturalmente, aquel aficionado a una chica becaria se equivocaba; el imperialismo capitalista es más fuerte que nunca y se protagoniza actualmente con grandes empresas trasnacionales que han fortalecido notablemente los procesos de concentración y centralización de capitales, los cuales se expresan en el establecimiento y consolidación de enormes megaproyectos.

La desaparición de la Unión Soviética y el retorno al capitalismo de sus antiguos satélites y de China popular, fueron recibidos con alegría y jolgorio por los adversarios del llamado socialismo real, pero tal jocosidad no tiene base. Al quedar libre de sus enemigos en la guerra fría, la ya consolidada clase capitalista trasnacional se consideró libre para imponer el mayormente desarrollado proyecto de dominación mundial, pero éste ha implicado una catástrofe planetaria porque implica la reproducción de guerras reiteradas, ecocidios, etnocidios, mayor explotación y opresión de las clases trabajadoras, a la vez que el intento de hacer desaparecer parte de ellas mediante la automatización y la inteligencia artificial. Esto ha conducido a que la conflictividad social sea mucho mayor que en tiempos de la guerra fría. Karl Marx decía que los proletarios intentarían hacer una revolución socialista debido a que carecían de propiedad y sólo contaban con su fuerza de trabajo; en la actualidad, la clase capitalista trasnacional ha puesto en peligro, por su política imperial, la estabilidad del planeta, e incluso está imponiendo los inicios de una era en donde la especie humana puede extinguirse y, por ende, las distopías de Orwell y Huxley ahora quedan plasmadas casi como sueños infantiles. En muchas naciones se están imponiendo los grupos más derechistas y retrógrados, generando los pivotes de un nuevo fascismo. En artículos posteriores señalaremos lo que William Robinson llama el trumpismo global, y cómo éste asume la herencia hitleriana y la supera. Miles y quizás millones de personas piensan que no hay salida a este devastador tsunami. Pienso que esa salida sí existe y volveremos sobre ello.

* DEAS-INAH