te es un texto, un patchwork abierto a otros usos, en el que intervienen varios autores que se confunden y se apropian; es inevitable preguntarse quién escribe a la manera de Borges, una suerte de Cueli viejo dialogando con un Cueli joven. Salvador Rocha escribe sobre la novelista y crítica francesa Hélène Cixous, que ha visto la escritura.
Joyce se instala en la brecha del “guion” para desacreditar al sujeto, al tiempo que desacredita el mundo del discurso occidental transgrediéndolo, connotándolo, dislocándolo y viciando todas sus metáforas tradicionales. El sujeto quiere ser autor, yo, ego; Joyce lo anula con una radical crítica escritural que convierte las novelas en libros escritos por el uno plural, por todos y por Joyce, por Joyce que es todo y por todos que son Joyce; Odiseo que regresa, no hay Ítaca, sino a lo que Bachelard llama “esa orilla donde nace la palabra”. Y en esa orilla desconocemos el nombre del escritor.
Cueli piensa la escritura como un desvelamiento intermitente de uno a otro, de aquel a ahora. Notas sueltas, hojas perdidas, un murmullo dentro de un sueño. Los mismos lugares revisitados, cada vez con una óptica diferente. En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme, una mañana al despertar Gregor Samsa de un sueño agitado se encontró sobre su cama convertido en un horrible insecto.
Donde no soy, me escribo. Donde mis ojos miopes me leen, aparecen los espectros de Hegel, Freud y Derrida. Mas con los ojos rojos, no pida ser de otra manera en el fondo mira de reojo. Dejando de lado la banalización del sicoanálisis y la utilización sectaria de algunos de sus conceptos, Cueli avanza en la ruta de cómo se llega a ser sicoanalista. Sugiere, insinúa, algo no explícito entre pensamiento y praxis. No es algo dado, no es una manera de pensar, ni siquiera un estilo habitual.
Ser sicoanalista es un destino a la manera de Kafka: “Dios no quiere que escriba, pero no me queda más remedio”. Frente a la supuesta facilidad de los conceptos en la praxis, un rinoceronte emerge con la fuerza de la deconstrucción con la fatalidad irrefutable de Edipo, de la no correspondencia del amor y la desventura humana, en palabras de Clarice Lispector: “una escritura tan ciega como una piedra rodando”
Para Cueli, el sicoanálisis es un ejercicio de transposición de sí mismo, donde arrastra la condición de aquel que escribe piedras a contracorriente, su pasión española, su amor por México y sus rupturas, la búsqueda incesante, eterna, inagotable por el origen de sí mismo como desconocido. Un esfuerzo histórico estimulado por el drama de lo propio, cada uno dentro del imperio de lo propio, de este que somos en cada vez uno mismo. Una diferencia, como dice Joyce: “siempre lo mismo, pero con otro disfraz”.
Siguiendo a Freud, la existencia de las consecuencias síquicas de la diferencia entre sexos resulta innegable, por eso el calor que todos los humanos buscamos en una suerte de un paradigma femenino; una diosa no debería sorprendernos: las mujeres llevan a sus hijos dentro de sí, una libido cósmica que los engendra, carne que los alimenta y cuida en su infinito desamparo.
De acuerdo con el islam, una “hurí” en árabe es una bellísima doncella, siempre virgen, de cuya compañía gozarán los creyentes en el paraíso en el día del juicio. Reconozcan a un dios masculino: Alá, esto llevó a que fueran considerados un error de inspiración del arcángel Gabriel, quien pintara los versos del Corán a Mahoma.
No podemos evitar pensar en verdad y mentira en un sentido extramoral de Nietzsche. El error, la mala lectura, la traducción incompleta. La polémica Ricoeur y Derrida campea por todos lados, la mitología blanca refleja una cultura asentada en la razón como forma universal, la cultura occidental.
La iterabilidad del signo se mantiene a lo largo del texto, implica que todo signo podrá ser repetido y funciona más allá de una intención significativa, memoria, literalidad y muerte, a partir de que algo se inscribe en la huella que dará lugar a la puesta en escena en el archivo de los diferentes soportes: escrito, recuerdo, conferencia, sueño, silencio… Nos dice David Lynch: “No hay tal cosa como un error creativo, incluso los errores pueden convertirse en algo hermoso”.
Cueli intenta conseguirlo, escapar de esas polaridades, actividad, pasividad, son una, cultura-naturaleza, presencia-ausencia, día-noche, padre-madre, razón-sentimiento, inteligible-sensible, logos- phoné, forma convexa, paso-avance, semilla-proceso, metafísica-materialismo, materia cóncava, suelo en que se apoya, receptáculo, hombre-mujer, vida-muerte, metáfora-metonimia, ocultar-desvelar, yo-otro.
Siempre queda en ella, aunque sea un poco de la leche de la madre buena. Ella escribe con tinta blanca.











