Opinión
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Charly García, a 50 años del golpe militar
L

a historia de Charly García no puede contarse en línea recta. No avanza: gira, se interrumpe, vuelve sobre sí misma como una melodía obsesiva. Hay algo en su vida –y en sus canciones– que se parece más a una habitación cerrada donde alguien toca el piano de madrugada, convencido de que el mundo aún no ha terminado, aunque todo indique lo contrario.

Nació en Buenos Aires el 23 de octubre de 1951 con un don incómodo: la música como idioma natural. Antes de aprender a hablar, ya entendía el lenguaje de las teclas. Ese talento precoz no lo salvó de nada; al contrario, lo arrojó temprano a una conciencia brutal del tiempo, de la fragilidad, del absurdo. En sus canciones iniciales, cuando todavía parecía posible la armonía, ya estaba presente la sospecha de que algo no encajaba. Cuando ya me empiece a quedar solo no es una profecía, es un diagnóstico.

A lo largo de los años fundó grupos que marcaron distintas épocas del rock argentino: Sui Generis, La Máquina de Hacer Pájaros y, más tarde, Serú Girán. A este último muchos lo consideraron “los Beatles argentinos”.

Charly atravesó la historia argentina como un sismógrafo humano. No narró los hechos, los absorbió. Durante la dictadura militar (1976-1983), cuando las palabras eran peligrosas, escribió canciones que decían otra cosa mientras decían exactamente eso. “Los amigos del barrio pueden desaparecer” no era una metáfora, sino una advertencia escrita con la caligrafía del miedo. El arte, en su caso, no fue refugio, sino trinchera.

En esos años también pasó temporadas en Brasil, en parte empujado por el clima asfixiante de la dictadura y también siguiendo una historia de amor. Como tantas veces en su vida, lo personal y lo histórico se mezclaron sin frontera clara.

Hay en su obra una tensión constante entre el orden y el caos: la formación clásica, la estructura precisa de una canción pop frente a la pulsión del ruido, del exceso, de la autodestrucción. Charly nunca eligió entre ambos; decidió vivir en ese conflicto. Tal vez por eso sus canciones sobreviven. No prometen redención. Apenas ofrecen lucidez.

Con el paso del tiempo, su cuerpo empezó a cobrar las deudas. El genio fue devorado lentamente por el personaje que él mismo había creado: hoteles destruidos, conciertos imprevisibles, silencios incómodos. Pero incluso en la caída, Charly siguió escribiendo. “No voy en tren, voy en avión” no es arrogancia, es la negación desesperada de la gravedad, el deseo infantil de no tocar el suelo.

Charly García camina ciudades buscando señales, convencido de que el azar es una forma secreta del destino, aunque su verdadera ciudad sea interior. Cada canción es una nota encontrada en el bolsillo de un abrigo viejo: un mensaje que alguien escribió para sobrevivir. Demoliendo hoteles, Rezo por vos, Yendo de la cama al living son títulos que parecen capítulos de una novela fragmentaria sobre alguien que no termina de entender el mundo, pero se niega a abandonarlo.

Lo más perturbador de Charly García es su honestidad radical. No pide disculpas. No explica. Se limita a mostrar el estado de las cosas. “Yo no quiero volverme tan loco”, dice, sabiendo que el deseo es inútil. En su universo no hay moraleja, sólo la constatación de que vivir es un acto frágil y persistente.

Hoy, cuando su figura parece detenida en una quietud extraña, sus canciones siguen moviéndose. Hablan por él. Siguen preguntando lo mismo: cómo se hace para estar vivo sin traicionarse.

A 50 años del golpe de Estado en Argentina, esas canciones siguen ahí. Dicen lo que no debía decirse. Nombran lo que muchos aún evitan. Charly García nunca escribió una declaración sobre la historia. No le hizo falta.

Tal vez por eso permanece: no explicó el mundo, lo dejó expuesto.

Charly no buscó ser ejemplo ni mito; es alguien que escuchó el ruido del mundo y decidió convertirlo en música.

Y eso todavía incomoda.