l Pentágono solicitó a la Casa Blanca una ampliación presupuestal de 200 mil millones de dólares para sufragar la guerra contra Teherán, incluida la reposición de las municiones lanzadas en territorio iraní. Un cálculo oficial previo estimó en 11 mil millones de dólares el costo de la primera semana de operaciones conjuntas con Israel. Cuestionado sobre este gasto adicional, que requiere aprobación parlamentaria, el secretario de Guerra Pete Hegseth dijo que el monto podría variar, pero aseguró que buscará el “financiamiento adecuado” porque “se necesita dinero para matar a los malos”.
Dejando de lado la consideración ética de quién es “el malo” cuando se usa semejante cantidad de dinero para aniquilar seres humanos, la solicitud del Pentágono refleja la irracionalidad alcanzada por el gasto militar estadunidense. Para dimensionar el tamaño de la cifra, puede comenzarse por decir que 133 de los 193 estados miembros de la Organización de Naciones Unidas tienen un producto interno bruto (PIB) menor a 200 mil millones de dólares, pero esta comparación se queda corta al tomar en cuenta que tal cantidad se añadiría a los 900 mil millones de dólares que el presidente Donald Trump ya asignó a las fuerzas armadas en su “gran y hermoso proyecto de ley” aprobado el año pasado. Ese presupuesto es mayor que las economías de 173 países, y representa los presupuestos militares combinados de los siguientes nueve países que más dedican a este rubro: China, Rusia, Arabia Saudita, India, Alemania, Reino Unido, Ucrania, Francia y Japón. De estos nueve, seis son aliados de Washington y clientes de su industria armamentística, por lo que se trata de un gasto, además de colosal, redundante.
Si en vez de observar el PIB (valor monetario total de los bienes y servicios finales producidos dentro de las fronteras de un país) se pone el foco en el gasto público (los recursos de que disponen los estados para financiar todas sus actividades), el billón 100 mil millones de dólares que gastaría Washington en su maquinaria bélica de aprobarse la petición de Hegseth representan más del doble del presupuesto total del Estado mexicano: únicamente en sus fuerzas armadas, Estados Unidos gasta el doble de lo que México destina a pensiones, salud, educación, infraestructura, seguridad, justicia y todas las demás tareas de la administración pública. Sería un error pensar que la desmesura sólo se percibe al comparar dos economías de tamaños tan dispares: China gasta en defensa una tercera parte que nuestro vecino del norte, y poco más de una cuarta parte con la adición presupuestal planeada.
Trump se ha jactado una y otra vez de contar con el ejército más poderoso del planeta. Lo que no ha dicho, y quizá no sepa, es que es también el más ineficiente. El hecho de pedir 200 mil millones de dólares para destruir un país cuyo presupuesto militar es de unos exiguos 8 mil 600 millones de dólares habla de unas fuerzas armadas totalmente hipertrofiadas, derrochadoras, incapaces de gestionar sus recursos, con una planificación deficiente o de plano inexistente, y que no pueden llevar a cabo la más elemental tarea sin saquear las arcas públicas.
Gran parte de esta ineficiencia se explica porque el complejo militar-industrial estadunidense no está diseñado para garantizar los mejores resultados al menor costo posible, sino para inflar artificialmente los precios a favor de los accionistas de los grandes contratistas que son, no por casualidad, donantes de primera línea para políticos de ambos partidos.
La frivolidad del trumpismo, su adicción al exceso y la conjunción de este aparato de transferencia de recursos públicos a manos privadas conforman una fórmula para el desastre, como ha quedado patente con el crecimiento del déficit fiscal que el magnate prometió reducir: en sólo siete meses, la deuda estadunidense pasó de 37 a 39 millones de millones de dólares, y cerrará el año en más de 40 en un contexto que podría ser de recesión mundial debido a los desequilibrios generados por Trump. Lamentablemente, serán los ciudadanos de a pie quienes paguen con el deterioro de su calidad de vida el precio de “matar a los malos”.











