En Oblatos
e llevaba tres años, se llamaba Enrique Pérez Mora, le decían El Tenebras, apodo que tendría, como muchos, origen humorístico, no literal, y vendría desde los tiempos de Los Vikingos, célebre pandilla del hoy barrio tapatío San Andrés (entonces Villa Mariano Escobedo), territorio tan extenso como indefinido.
Nuestras respectivas casas estaban en sendas orillas de la zona, la suya cercana a la Penal de Oblatos, desde donde podía, me dijo, con nostalgia mirarla. Retengo la impresión, acaso falsa, de que veía a su madre salir a barrer la banqueta, la calle. Mi memoria tiende a la nebulosidad: con la diferencia de edades ya expuesta, él y yo rondaríamos los 20 al conocernos.
Los Vikingos se transformaron en el Frente Estudiantil Revolucionario (FER), contrario a la Federación de Estudiantes de Guadalajara (FEG), en el poder. Anécdota: una muchacha de la facultad, luego también arrestada, lucía un anillo con las siglas del Frente; si le preguntaban, contestaba o dejaba que supusieran que su novio se llamaba Fernando. La cárcel para algunos miembros del grupo insurgente debió originarse en el asedio de (y los enfrentamientos, incluso armados, con) la FEG.
Ambas organizaciones eran muy aguerridas, pero mientras esta última, mediante desplegado, apoyó la decisión gubernamental del 2 de octubre, la otra optó más o menos pronto por la clandestinidad. No parecía haber otra salida.
Aunque el ambiente universitario estaba más que enrarecido, en la Penal el trato para los varios maestros solicitados por el propio Frente era amable. Llegaba quien esto escribe con la camisa de fuera, guaraches, greña, algún libro, un disco, café… Y pasaba sin trámites.
Poco a poco (la biblioteca, casi vacía de libros, se utilizaba más bien para leer el periódico) nos trasladamos a las celdas con los interesados en escribir, entre ellos Enrique, y sesionamos como un bastante pequeño taller. Oíamos discos, tomábamos café y veíamos los textos. En mi cabeza aún resuena uno, colectivo: “En la cárcel todo estaba, / la tristeza y el dolor, / el comer y el no comer, / sin ilusión, sin amor. / Y el Jardín de la Esperanza / escuchando mi canción”. No será antológico, cierto, pero ellos expresaron lo que tenían que expresar. Las mayúsculas del penúltimo verso –no son y sí una metáfora– atienden a que así denominaban los reclusos a un espacio que rememoro apenas entrando a la Penal (continuará).











