Opinión
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Multiplicación de lectore(a)s
E

s deseable que así como se multiplican las vías que facilitan adquirir libros, se multipliquen quienes por hábito leen cotidianamente. Son encomiables los esfuerzos por acercar los libros a potenciales lector(a)s que difícilmente se acercan a las librerías, facilitándoles así que puedan hacerse de alguna obra que sea su iniciación en el cautivante acto de leer.

En semanas recientes y próximas, en la Ciudad de México han tenido lugar la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería, el tendido de libros del Fondo de Cultura Económica en el Palacio Postal, la Feria Internacional del Libro de Coyoacán, el Remate de Libros UNAM en Ciudad Universitaria y se acerca el Gran Remate de Libros, Discos y Películas en el Monumento a la Revolución. A lo largo del país se han realizado, en lo que va del año, y se van a efectuar en los meses que restan ferias librescas, culminando en diciembre con la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, la mayor del país. Oportunidades de hacerse de libros hay, pero pareciera que la oferta de los mismos tiene mayor celeridad que el crecimiento del público lector.

Como toda conversión, la de hacerse lector(a) tiene múltiples caminos. En algunos casos puede ser una epifanía, como en el mío, y a partir de allí buscar con denuedo más textos para descubrir nuevos horizontes existenciales y cognitivos. Para otro(a)s el proceso es gradual, se van aficionando a la lectura paulatinamente e incorporan el ejercicio a sus acciones diarias.

Lo(a)s lectore(a)s repentinos y lo(a)s graduales inquieren de distintas maneras acerca de la próxima obra para leerla y, casi generalmente, compartir sus descubrimientos con otras personas, no por ostentación ni búsqueda de elogios, sino por el mero gusto de conversar con naturalidad sobre una pasión.

Aunque ya existen muchas y excelentes investigaciones acerca de cómo formar lectore(a)s, y las mismas son insumos valiosos para quienes tienen la bella tarea de promover la lectura, en buena parte es un tanto azaroso cómo alguien, con casi todo en contra, se convierte en lector(a).

Si bien es cierto que hay condiciones favorecedoras y estimulantes para avivar la chispa del hábito lector, también es verdad que surgen cultivadore(a)s de la lectura en territorios sociales agrestes y poco promisorios para que florezcan quienes dialogan con las páginas de los libros, ya sea en su soporte tradicional (el preferido por quienes somos de la estirpe prohijada por Johannes Gutenberg), o en versiones digitales.

En “Lectura y globalización. Elogio (innecesario) de los libros”, conferencia impartida en la Feria Internacional del Libro de Bogotá (abril de 2004), Carlos Monsiváis señaló: “La lectura sigue siendo un acto profundamente personal. Y al Estado y la sociedad les corresponde crear las condiciones para que quien lo desee tenga a su alcance las facilidades o las oportunidades para ejercer como lector, rango nada menospreciable de los placeres de la subjetividad”.

Las instancias gubernamentales y sectores de la sociedad civil pueden, y en mucho deben, contribuir para construir más y mejores oportunidades que “naturalicen” el encanto de la lectura. Por naturalicen me refiero a que no sea visto como excéntrico el habito lector, sino que la actividad forme parte de un porcentaje creciente de la población.

Tal vez las mayores oportunidades para enganchar con la lectura ocurran en la infancia, ya después, según, distintos indicadores y experiencias, el “enganchamiento” se torna más difícil. Juan Domingo Argüelles, en Historia de lecturas y lectores: los caminos de los que sí leen, da cuenta de las conversaciones que tuvo con escritore(a)s y personas dedicadas a la difusión cultural, la mayoría de ello(a)s se iniciaron como lector(a)s en sus años infantiles o en la adolescencia.

Sin descuidar a personas adultas, es en los rangos de edad de quienes realizan estudios primarios, secundarios y bachillerato se localiza el nicho al que deben enfocarse imaginación, recursos y estrategias para difundir la importancia formativa que tiene la lectura personal y socialmente.

Yo no fui un niño lector, en mi entorno familiar, barrial y escolar no tuve ejemplos lectores ni acceso a libros. Por poco me deja el tren de la lectura, al que me subí casi en el último vagón; alguna vez conté lo que fue mi camino a Damasco en el tema (https://www.jornada.com.mx/2014/04/30/opinion/028a1pol). Solamente me ha quedado imaginar el hechizo y la maravilla que habría sido encontrarme, por ejemplo, con las obras de Charles Dickens y de Agatha Christie.

Sé que, en su niñez, incluso antes de iniciar estudios primarios, dos autores y una autora a quienes constantemente regreso (Carlos Monsiváis, Truman Capote y Harper Lee) ya sabían leer. Para nada insinúo que de haber leído de niño sería un escritor más o menos reconocido. No, conozco mis limitaciones, por lo mismo pido ser presentado en conferencias o cursos nada más, pero nada menos, como un lector que escribe. Tal vez debería decir que no soy escritor, sino escribidor, que significa “escritor habitual, pero carente de talento y originalidad”. Pero eso sí, lo leído y por leer, ¿quién me lo quita?