Opinión
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Un museo-bar para Bryce
H

ace ya más de 40 años, en una de esas tardes que el otoño va acortando, participé en una mesa redonda. El encuentro tuvo lugar en el Museo Pompidou, llamado Beaubourg por los parisienses. Dos de los otros participantes eran Fernando del Paso y Alfredo Bryce Echenique. Como es costumbre en este tipo de actos, al final de las intervenciones de los invitados a la mesa redonda, se dio la palabra al público. Sin ponerse de pie, un cuadragenario se lanzó a su turno en un discurso interminable y lo bastante deshilado como para perder a los oyentes que no pudimos saber de qué hablaba. Al parecer, el hombre tenía necesidad de expresarse, pues no daba signos de prisa alguna al irse extendiendo y hurtando a otros la oportunidad de manifestar sus ideas. Al contrario, el tipo daba la impresión de prepararse a continuar su monólogo mientras quedara al menos una persona adormecida por sus palabras. La atención de los asistentes decaía con rapidez y, poco a poco, uno tras otro se iba decidiendo a escurrirse por la puerta hacia un exterior más respirable. Muy pronto, no quedaríamos en el salón más que los participantes a la mesa redonda. Una frase irónica, emitida con esa simulación de voz baja que puede hacerse escuchar con más fuerza que los alaridos, nos hizo reír a carcajadas. A Bryce Echenique y a mí. Ni siquiera tuvimos que mirarnos para sentir la complicidad de nuestras risas. Más bien, evitamos miradas que nos designarían como los culpables de esa apertura al vacío donde acababa de caer la atención de las unas cuantas personas que aún seguían en el salón. Al fin, la mesa redonda terminó milagrosamente sin abucheos, con unos anémicos aplausos por la invitación a tomar una copa de vino.

Busqué un lugar donde instalarme y vi un buen sitio entre dos libreros, puse mi vino en uno de éstos y busqué en mi bolsa la cajetilla de cigarros… ¡Oh, tiempo dichoso, aquél donde aún se podía fumar sin ser arrestado y encarcelado!

De pronto, sentí una presencia a mis espaldas. Era Bryce con mi copa que su mano llevaba a sus labios para dar un trago que casi la vació. Sonreí. ¿Cómo habría podido enojarme con alguien que me deslumbró cuando leí Un mundo para Julius, el primero de sus libros que tuve la suerte de leer?

Deslumbrar y enceguecer son dos palabras que pueden tener el mismo significado o designar dos hechos tan distintos como son maravillarse o perder la vista: regocijarse con la visión de lo sorprendente o no soportar un brillo intenso.

Cuando leí Un mundo para Julius, aún tenía una edad en que se accede sin dificultad al deslumbramiento. Otras veces, no muchas, he gozado ese embelesamiento que puede otorgar la lectura de una novela. Se le reconoce porque nunca se olvida por completo y la memoria guarda trazas y centellas de su epifanía.

Deslumbramiento antes suscitado por la lectura de Pedro Páramo y de Cien años de soledad. La novela de Rulfo fue la visión aterradora y fascinante del amor entre los muertos, la de García Márquez fue un testimonio de la aparición del mundo y las palabras. Dos deslumbramientos que iluminan una vida para siempre. Un mundo para Julius fue un relámpago que dura y no cesa de iluminar el rincón de cielo donde aparece.

Bryce me sugirió ir en busca de otra copa: “de una sola”, precisó antes de añadir: “para ambos”. Como me le quedé viendo mostrando desconcierto, bajó la voz para decirme que lo vigilaban. Al principio creí que Echenique sufría algunos síndromes de paranoia y que sus temores eran pura alucinación. Pronto me percaté de que, en efecto, era vigilado para que no bebiera, pues acababa de salir de tres meses de abstinencia obligada en un hospital.

Siempre obediente a las órdenes de una travesura, fui en busca de la copa llena hasta el borde, copa que Bryce desapareció en su garganta sin dejarme beber ni una gota. Las copas siguieron desfilando y nosotros vaciándolas. No supe cómo Alfredo volvió a su casa. Tampoco puedo asegurar cómo volví a la mía.