uién sabe de dónde le salía la voz. Muy gruesa. Desde que le cambió, allá por la edad de la punzada, agarró un tono de barítono bajo, como de ópera rusa, muy masculino ciertamente, pero con algo de amedrentrador. A ciertas chicas les gustaba que sonara tan grave, como que sexi, pero les daba miedo, como si alguien que habla así pudiera ser peligroso. A poco de alcanzar la adultez se percató de que su voz asustaba a los niños, y más si la alzaba. Siendo de natural apacible, daba la impresión de estar enojado. Se fue volviendo parco, reservado, silencioso.
Y era tan delgado y bajo de estatura. Pocas veces hay tal disociación entre el aspecto de alguien y su voz. Nadie esperaba ese vozarrón, por llamarlo de algún modo, en un tipo tan breve, casi insignificante. Algo tosco de facciones, tenía buen tipo, sin embargo. Un feo que parecía atractivo a las mujeres, hasta guapo según algunas.
Cuando se conoció en la facultad con Jorge, su futuro mejor amigo, estaba por casarse, pero a la hora de la hora no lo hizo. De la primera ocasión que Jorge escuchó su voz en el salón, y su primera conversación, a la segunda, su vida había dado un vuelco. De alguna manera, se había detenido. Diana, su prometida, decidió hacer un viaje de autoconocimiento a Europa y lo plantó en el desconcierto. En esos años del desarrollo estabilizador tardío, los estudiantes se casaban muy jóvenes y viajaban fácilmente a “las europas”.
Más taciturno se puso en general, pero le dio por ponerse platicador con su nuevo amigo. En los recesos. En los cambios de salón. En los cafés que compartían en el comedor de la facultad. Hablaba poco de sí mismo, casi eludía a su persona. Le gustaba escuchar. Sabía hacerlo. Preguntaba poco, pero bien. Le gustaban la música clásica, la lectura de los clásicos y el cine de arte. Como si el tono de su voz lo destinara a la seriedad.
Sonreía poco, y reía menos. Nadie hubiera pensado que el mundo le divirtiera tanto. En su rara timidez, disfrutaba enormemente lo que veía y oía. Sus condiscípulos le alegraban el día, como quien sigue una telenovela. Cada día un nuevo episodio.
Antes del sexto semestre anunció que dejaba la carrera. Le ofrecieron un muy buen sueldo como locutor en una estación privada de radio cultural, le dijeron que tenía una voz de oro. Que transmitía muy bien en el espacio hertziano. Jorge le preguntó que si no iba a extrañar la telenovela del salón y la escuela, allá encerrado en un estudio, entre cartones para huevo, aislado del ruido.
Se siguieron viendo, aunque cada vez menos. Sus horarios no coincidían ni en fin de semana. En cambio su voz se volvió familiar y próxima para Jorge, quien se habituó a sintonizar sus programas, o durante sus largos turnos de locutor presentando la música y leyendo las noticias. Era extraño. Generalmente las voces radiales no tienen rostro. Y menos entonces. Hoy como quiera las redes sociales desenmascaran a los radiofónicos. Subir fotos y videos se ha vuelto indispensable para promover la radio y los pódcasts, con el famoso entérese sin ver.
Antes no. Necesitabas imaginar el aspecto de la gente en la radio. No eran figuras públicas. Yo sabía que era bajito y enjuto, pero los escuchas se lo figuraban fornido, de bigote, formal, de gran estatura, fumando puro y bebiendo coñac. Siendo él tan breve, desapareció detrás de su voz de oro, tornándose incorpóreo. En vez de escuchar, se volvió escuchado. Supongo que lo hacía feliz no ser más que una voz para comentar la música a los escuchas. Su aspecto era lo de menos. Un hombre sin rostro, pero feliz. La vida entera.












