n rico y extraordinario testimonio de lenguaje arquitectónico y arte decorativo que constituye una las primeras representaciones simbióticas entre los estilos europeo y persa”. Con estas palabras describe la Organización de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) el valor artístico y la importancia histórica del palacio de Golestán, patrimonio de la humanidad.
Localizado en el corazón de Teherán, la construcción de este conjunto palaciego inició hace más de 400 años durante la dinastía de los safávidas. El vasto complejo de jardines y salones decorados con piedras preciosas, tapi-ces de seda e intricados azulejos, fue residencia oficial de la familia real Qajar y se convirtió en el epicentro de creación cultural del llamado imperio de la rosa durante el siglo XIX. El pasado 2 de marzo fue bombardeado y parcialmente destruido por la incursión militar israelí-estadunidense en Irán.
Los daños infligidos al palacio de Golestán, considerado baluarte del patrimonio artístico e histórico de la capital iraní y una de sus edificaciones más antiguas todavía en pie, fueron inmediatamente condenados por la Unesco, máximo órgano internacional a cargo de la protección del patrimonio cultural, material e inmaterial, del mundo. La destrucción parcial del palacio de Golestán como resultado de los bombardeos contraviene la Convención para la Protección de los Bienes Culturales en caso de Conflicto Armado de 1954, conocida como Convención de La Haya, en donde se estipula que “...todo daño a los bienes culturales, independientemente de a quién pertenezcan, es un daño al patrimonio cultural de toda la humanidad, porque cada pueblo contribuye a la cultura del mundo...”. Convención de la cual son signatarios tanto Israel como Estados Unidos, además de Irán y, claro está, México.
Desafortunadamente, el bombardeo al palacio de Golestán no es un incidente aislado, sino todo lo contrario, forma parte de una creciente tendencia en la que, como parte de campañas militares auspiciadas por intereses económicos y militares, se ataca y destruye el patrimonio cultural, artístico e histórico del mundo. Lo anterior, en un contex-to de creciente polarización, desconfianza en la diplomacia y el multilateralismo y lacerante incumplimiento del derecho internacional.
Los bombardeos de esta semana a la histórica ciudad persa de Kashan por parte de israelíes y estadunidenses son prueba clara de ello.
Así lo son también los ataques ru-sos de los pasados cuatro años con-tra el patrimonio arquitectónico de las ciudades ucranias de Leópolis y Odesa; la destrucción del milenario monasterio de San Hilarión, en Gaza, perpetrada por las Fuerzas de Defensa de Israel o el daño estructural causado por los bombardeos de estas últimas al complejo arqueológico de Baalbek en el Líbano, de incalculable riqueza por su historia fenicia, griega, romana y otomana. Todos esos sitios son considerados por la Unesco como patrimonio mundial.
El desprecio que las guerras del siglo XXI muestran por la historia es sinto-mático de un mundo que ha perdido la brújula, de una sociedad que enfrenta un severo dilema moral, para la que la muerte masiva de niños y niñas inocentes carece de toda misericordia, y de un liderazgo político corroído por la avaricia de poder y control, para el que no basta bombardear, derruir y arrasar, sino que es necesario borrar la historia y el patrimonio que da cuenta de ella para imponer su propia narrativa mesiánica. Imaginemos por un instante que una lluvia de bombas es lanzada sobre el Zócalo, destruyendo la fachada barroca de la Catedral Metropolitana y decapitando uno de sus campanarios, dañando el Museo del Templo Mayor y derribando uno de los murales de Diego Rivera que resguarda el Palacio Nacional.
Como herederos de una cultura milenaria, defensores de nuestro patrimonio, que también es el de la humanidad, desde México no podemos cerrar los ojos ante lo que sucede.
*Investigador sénior del Consejo Mexicano de Asuntos Internacionales (Comexi) y miembro del Consejo Internacional de Monumentos y Sitios (Icomos).












