¿Legislar el miedo?
n médico lector comparte: “Considero válida e incluso justificada su insistencia de años en una legislación más apegada a la realidad actual del país sobre la muerte digna en sus distintas versiones, pero me temo que pasa usted por alto algunos factores. Para comenzar, la tradicional inobservancia de leyes y reglamentos en México y muy probablemente en el resto del mundo, a según va el pobre. En seguida, en el caso de que se aprobara, lo que veo muy remoto, una ley que diera carácter legal a la muerte digna o terminación voluntaria del paciente con su vida debido a la falta de calidad de ésta ante una enfermedad incurable, requiere matizar este anhelo legítimo de dignificar los momentos postreros de la persona.
“Seguramente usted conoce casos de pacientes –añade– que no obstante estar sometidos, por meses o años a una mínima calidad de vida debido a una enfermedad, un accidente o a la edad, se niegan terminantemente a concluir su suplicio, sin importarles tampoco el que causan a los familiares que los rodean. Ello obedece también a varios motivos más que razones, entre otros, un arraigado miedo a dejar de ser y a lo que pueda haber al partir de este plano; la incuestionada creencia de que sólo Dios tiene la facultad de dar y quitar la vida, y otro más pocas veces reconocido y analizado: el desquite que no pocos enfermos ejercen sobre los sanos a su alrededor.
“Si en naciones supuestamente más adelantadas como Francia, Inglaterra o Alemania los poderes civiles, con la firme oposición de los religiosos, aún no se deciden a proporcionar a la ciudadanía opciones legales de muerte voluntaria, como suspender tratamientos que únicamente prolongan la agonía o eutanasia pasiva, y la aplicación directa de sustancias indoloras y eficaces que concluyen en un lapso breve con la vida del enfermo o eutanasia activa, ¿dígame usted qué se puede esperar de los países ingenuos y milagreros en materia de muerte digna?”, concluye el médico.
El filósofo Séneca advertía: “Se necesita toda una vida para aprender a vivir, y se necesita toda una vida para aprender a morir”. Así, la obligación ética de toda sociedad que se pretende libre es reforzar en sus miembros valores y herramientas que contribuyan a expandir su conciencia, no sólo a obedecer, aumentar su productividad y a mantener prejuicios y temores. Cuando aprendemos a vivir, nuestros miedos disminuyen.












