l pasado fin de semana se anunció el inicio de conversaciones oficiales entre los gobiernos de Cuba y Estados Unidos, después de casi dos meses del estrangulamiento impuesto por la administración de Donald Trump a la población de la isla, en un esfuerzo por lograr lo que no pudieron hacer sus 10 últimos antecesores en la Casa Blanca: forzar la rendición de la soberanía cubana e imponer un régimen sumiso a Washington.
Independientemente de los fanfarroneos del magnate republicano sobre un “pronto” acuerdo con las autoridades de La Habana, es evidente que sus acciones violentan en varios sentidos el marco legal internacional: porque la prohibición de enviar hidrocarburos a la isla se traduce en un castigo colectivo que multiplica los padecimientos que ya han venido sufriendo los cubanos por efecto de seis décadas de bloqueo comercial estadunidense, porque busca violentar la autodeterminación de la nación caribeña y porque agrede la soberanía de terceros países –como es el caso del nuestro–, que se ven obstaculizados en sus intercambios con Cuba.
En estas circunstancias, para México resulta ineludible el deber de aliviar la presión brutal a la que Trump decidió someter a Cuba, que ha debido acudir a la mesa de diálogo con una pistola sobre su cabeza. Hay tres razones fundamentales que obligan a nuestro país a la más amplia solidaridad con el pueblo cubano. La primera es una historia compartida entre ambas naciones, una relación que empezó más de dos siglos antes de la fundación de Estados Unidos y que se ha mantenido, al margen de gobiernos cambiantes y de vaivenes políticos, hasta nuestros días. La segunda es el conjunto de normativas para la política exterior plasmadas en el artículo 89 de nuestra Carta Magna: la autodeterminación de los pueblos, la no intervención, la solución pacífica de controversias, la proscripción de la amenaza o el uso de la fuerza en las relaciones entre países, la cooperación internacional para el desarrollo, el respeto, la protección y promoción de los derechos humanos, y la lucha por la paz y la seguridad mundiales. Una tercera razón para ayudar al pueblo cubano en esta asfixiante situación es el deber moral universal de asistir a naciones que se encuentran en condiciones críticas, como ha ocurrido en casos de desastres originados por fenómenos naturales. Ha de notarse que ninguno de estos factores tiene que ver con afinidades o desacuerdos políticos o ideológicos con el gobierno de la isla.
Por los motivos expuestos y por otros, la sociedad y el gobierno de México se han volcado en una solidaridad generosa y generalizada para apoyar a la población de Cuba con alimentos, medicinas, artículos de primer necesidad y otros insumos mediante iniciativas, colectas y campañas de ayuda, entre las que se encuentra la publicada en estas páginas el 10 de marzo, denominada Humanidad con América Latina, firmada por personalidades artísticas, literarias y académicas, y secundada por la comunidad jornalera en su conjunto. Es gratificante constatar que ésta y otras iniciativas solidarias abarcan un espectro enorme y plural de la sociedad y de las instituciones y que hay en nuestro país unidad, determinación y fraternidad en el respaldo a la nación caribeña ante el ensañamiento de Washington.
Algunos sectores tan minoritarios como vociferantes han pretendido denigrar, difamar y distorsionar el sentido de la solidaridad mexicana, una actitud mezquina que no hará más que ahondar su aislamiento y desconexión con el país. Pero la empatía de las y los mexicanos para con un pueblo hermano que sufre no será inhibida ni disminuida por campañas de odio en medios y redes sociales, declaraciones politiqueras o conjuras entreguistas, porque es expresión de lo más hondo, lo más noble y lo más humano de nuestra esencia nacional.












