Arrancan actividades rumbo a la inauguración del mundial
Lunes 16 de marzo de 2026, p. 9
La idea de los récords Guinness nació para zanjar discusiones de taberna en el Londres de los años 50. Esos debates interminables que subían de voltaje con el combustible pasional de la cerveza, y ante la imposibilidad de llegar a un acuerdo, dieron origen al registro de datos superlativos que con el tiempo se convirtieron en un sinónimo de hazaña.
En el mundo de hoy, esas marcas pueden incluir datos interesantes o descabellados, como al artista más exitoso de todos los tiempos, Michael Jackson, o al hombre más alto registrado, Robert Wadlow, con sus 2.72 centímetros de estatura, o a un chino que estuvo casi una hora sin parpadear. En la era de lo masivo, las concentraciones humanas también dan origen a disputas planetarias.
La Ciudad de México, una de las más pobladas, registró ayer un nuevo Récord Guinness: la clase de futbol más grande del mundo. Reunió en el Zócalo a 9 mil 500 personas, que durante 35 minutos hicieron ejercicios con un balón.
La plaza fue transformada en una cancha monumental que producía vértigo al mirar alrededor los monumentos que la custodian: Palacio Nacional, Templo Mayor, la Catedral Metropolitana y el Antiguo Palacio del Ayuntamiento; a unas calles de ahí, como quien se asoma por curiosidad, estiraba el cuello la Torre Latinoamericana.
Este acto además tuvo un valor simbólico; representó el inicio de las actividades rumbo a la inauguración del Mundial de futbol de 2026 el 11 de junio. De modo que también fue el banderazo de salida para la tercera Copa de la FIFA que se realizará en este país. Los participantes de edades y orígenes diversos estaban tan animados como si estuvieran a punto de jugar el partido de sus vidas.
“Con esta clase masiva en el Zócalo, el Mundial ya comenzó”, clamó para animarlos la jefa de Gobierno de la Ciudad de México, Clara Brugada.
Cuando terminó la clase y fue necesario esperar a reunir toda la información para los responsables de Récord Guinness, en el ambiente había más júbilo que incertidumbre. “Obvio que cumplimos la meta”, decía una señora que llegó desde una Utopía en Iztapalapa, esos espacios públicos y populares en los que se convoca a la gente para practicar deportes o transmitir distintas formas de cultura. “Si somos un chingo, cómo que no íbamos a romper la marca”, decía bastante sobrada.
Y la jefa de Gobierno, que lo mismo dio la bienvenida y formó parte del contingente de futbolistas aficionados, le dio la razón cuando se confirmó que se había roto la marca.
“Con esta clase también estamos mandando un mensaje al mundo: el deporte es un lenguaje universal; un idioma que no necesita traducción. Une al pueblo como nos unió aquí, desde donde gritamos: ¡No a la guerra! ¡Sí a La Paz!
“Estamos listos para hacer historia: la pelota vuelve a casa. El Zócalo hoy late por un Mundial diferente, libre de racismo, clasismo, xenofobia y machismo”, redondeó Brugada.
La anterior marca quedó muy atrás. La impusieron en Seattle, Estados Unidos, como antesala del Mundial de Clubes 2025 y para demostrar que las ciudades de ese país también se encienden con la pasión futbolera, o del soccer, como llaman a la versión que se juega con los pies. Ese domingo 15 de junio, junto a la zona costera, mil 38 personas recibieron una clase por media hora y festejaron que en ese momento era la más grande del planeta.
“Ni cosquillas nos hacen con esa clase. Aquí llegamos de todas partes, véannos, somos gente de la tercera edad, jóvenes, muchos niños, y demasiadas mujeres, porque creo que somos más”, dijo otra alumna futbolera que llegó desde Iztapalapa.
Doña Angélica puso particular entusiasmo en los ejercicios. Bailó todo lo que sonó en las bocinas antes de iniciar la clase y ya en plena sesión hizo la bicicleta, la gambeta en la que se amaga un disparo con una pierna y luego con la otra, y también con los movimientos de arquero trasladando el balón alrededor de la cintura. Pensar en un nuevo Mundial en el país la remite a 1986; en aquellos tiempos era estudiante y la Copa estuvo en vilo cuando un año antes la Ciudad de México sufrió uno de los terremotos más devastadores.
“En el Conalep donde estudiaba, participamos como brigadistas en zonas de desastre. A pesar de eso, tuvimos el Mundial y lo recordamos con nostalgia, pero sin olvidar lo mal que la pasamos”, contó doña Angélica; “hoy el mundo está en guerra y Estados Unidos es culpable de eso. Y el país también tiene problemas, pero no podemos frenarnos. Tenemos que seguir con nuestras vidas. La gente como uno sólo necesita un empujoncito para seguir adelante”.
En el templete animaban ex seleccionados como Francisco Kikín Fonseca, Braulio Luna, Miguel España y Paul Aguilar. Y mención especial para las subcampeonas tricolores en el Mundial femenil de 1971, que durante mucho tiempo permaneció en el olvido y hoy reclama su lugar en la memoria deportiva de este país.
Cristian Arias participó en la clase masiva apoyado por una guía. Es ciego desde los 11 años tras un accidente que le provocó un caso de bullying. Juega futbol adaptado desde hace siete años y participa en una liga. El Mundial –relató– emociona a todos sin exclusión. “Pero las personas con ceguera requerimos el apoyo de la gente que nos rodea. El futbol no es excluyente en sí mismo, nosotros somos el ejemplo. Lo practicamos con un balón con cascabeles y en un espacio adecuado para jugarlo. Lo que sí puede ser excluyente es lo que se vive como aficionado; ahí dependemos completamente de la sensibilidad de los demás para que nos describan lo que sucede en las canchas”, contó Cristian.
Al terminar la clase, el Zócalo se fue vaciando. Niñas y niños se quedaron a corretear en esa cancha gigantesca e improvisaron cascaritas. Otros aprovechaban para la selfie y los turistas entraban asombrados para ver lo que ahí ocurría. Si en el futuro dos personas discutieran sobre en qué lugar se han reunido más personas para practicar futbol, podrán remitirse al legendario libro de Récord Guinness y una vez zanjada la disputa, tal vez, darle un sorbo tajante a una cerveza.












