La intención no basta
ay narrativas que muestran incentivos perversos de algunas políticas públicas. Con variantes, se cuenta del hacendado que decide acabar con las tuzas que arruinan sus milpas y pagar por cada una que le entreguen muerta. Pronto los cazadores descubren que ganarán más si crían o llevan tuzas de otros lados.
En tiempos del colonialismo británico en India, las autoridades determinaron extinguir la plaga de cobras venenosas y se ofreció recompensa a quien las llevara muertas. Efectivamente, se eliminaron muchas, y pronto los habitantes decidieron “generar una mayor oferta”, en granjas. La recompensa se suspendió cuando ya se había provocado un problema mayor. Esta narrativa la refiere Eduardo Caccia como el “efecto cobra”, en paralelo a contarnos el experimento donde se impuso una multa a los padres que se retrasaban en recoger a sus hijos de la guardería, tras lo que aumentaron las demoras, porque una vez que se puso precio a la tardanza la multa legitimó la falta.
Otras fábulas ofrecen la misma lección: paleontólogos del siglo XIX pagaban a los campesinos chinos cada hueso de dinosaurio que encontraran, por lo que éstos los rompían en pedazos para cobrar más, disminuyendo su valor científico. La peste de ratas en París es otro ejemplo: se pagaba por las colas que llegaran a la alcaldía, lo que provocó que sólo se las cortaran, manteniendo a los animales fecundos. Seguramente por ello la ciudad de Ratatouille está colonizada en proporción de tres roedores a uno, y hoy mejor se decide por la convivencia pacífica.
Pero la historia más conocida que ilustra los incentivos perversos es la prohibición del alcohol en Estados Unidos, hace un siglo, cuando Woodrow Wilson proscribió mediante enmienda constitucional su fabricación, venta y transporte. La ley condujo a la existencia de 10 mil o 20 mil cantinas y destilerías clandestinas, que proliferaron con el crimen organizado de gánsters legendarios como John Dillinger y Al Capone, quienes cobraban derecho de piso en Chicago, donde proliferó el alcohol adulterado. En “los felices años 20” florecieron Nueva York y Nueva Orleans, amenizadas con jazz de Louis Armstrong y Duke Ellington, y finalmente Roosevelt levantó la ley seca en plena Gran Depresión, con el propósito de reactivar la economía.
Éstas son historias fallidas de políticas públicas donde la intención no basta y la cuestión no se resuelve porque se paga por el problema, no por la solución.











