Tres murales se alojan en el hospital fundado en 2000 // Alejandro Reyna, autor de dos de las piezas, considera que éstas sólo cobran vida ante la mirada del observador
Viernes 13 de marzo de 2026, p. 2
En los pasillos del Instituto Nacional de Rehabilitación Luis Guillermo Ibarra Ibarra (INR), en el sur de la Ciudad de México, el ir y venir de usuarios y personal de salud convive con otro lenguaje inesperado en un hospital: el arte.
Visitantes con muletas cruzan el vestíbulo; algunos avanzan en silla de ruedas, acompañados por familiares o enfermeros. Se escuchan indicaciones clínicas y el murmullo constante de quienes esperan turno para rehabilitación cardiorrespiratoria, geriátrica o neurológica.
En medio de ese movimiento cotidiano, tres murales irrumpen en el paisaje clínico con figuras, colores y símbolos que invitan a detenerse unos segundos.
“No hay nada peor que una intervención pictórica que nadie mira”, afirmó el pintor y muralista Alejandro Reyna García en entrevista. “Lo más bonito es cuando alguien se detiene y pregunta qué significa. Ahí es cuando la pintura realmente cobra vida”.
Dos de esas piezas pertenecen al artista, originario de San Luis Potosí, y permanecen sin título, mientras la tercera es Salvemos el universo (1996), del michoacano Eloy Trejo Trejo.
Las pinturas forman parte de un conjunto visual que ha acompañado el desarrollo del complejo hospitalario durante décadas. El recinto, dependiente de la Secretaría de Salud, abrió sus puertas en 2000 como Centro Nacional de Rehabilitación y con el tiempo se consolidó como uno de los espacios médicos más importantes del país.
Rodeadas por muros blancos, consultorios y salas de espera, estas imágenes aportan otra dimensión al ambiente del lugar.
El mural más imponente se encuentra en el vestíbulo principal del área de cancerología. La creación de Reyna García se extiende por las paredes y parte del techo en una composición de gran escala donde aparecen cuerpos humanos, figuras médicas y símbolos anatómicos.
Entre los personajes surge un detalle inesperado: el propio pintor, retratado como uno de los doctores del hospital. “Muchas de las figuras son imaginarias”, explicó el artista. “Pero mientras trabajaba pensé: ‘¿por qué no aparecer yo también?’, y decidí pintarme como médico junto con los demás”.
El gesto guarda relación con una etapa temprana de su historia personal. Antes de dedicarse por completo a la pintura, el potosino estudió dos años de medicina, experiencia que marcó su fascinación por la anatomía.
“Desde niño pensaba que mi destino estaba entre ser médico o artista. Esos años me ayudaron a entender que lo mío era el arte, pero nunca perdí el vínculo con la medicina”, recordó.
Uno de los elementos más comentados del mural es la presencia de una mano humana y otra mecánica, símbolo del encuentro entre tecnología y sensibilidad clínica.
Para Alejandro Reyna, “la medicina ha evolucionado de forma brutal. La idea de esas manos es mostrar que hoy conviven la técnica y la parte profundamente humana del cuidado”.
Celebración espontánea
Cuando La Jornada visitó el INR para conocer estas pinturas, la presencia del muralista no pasó desapercibida. Algunos internos lo reconocieron frente a su trabajo y se acercaron a saludarlo.
En cuestión de minutos, varios jóvenes con bata blanca le pidieron fotografías. Teléfonos celulares en alto, comentarios sobre la obra y el autor posando con paciencia frente a la composición que domina el vestíbulo dieron a la escena un aire de celebración espontánea.
Entre saludo y saludo, el artista estrechó manos; sus dedos, ligeramente curvados e inflamados, no pasaban inadvertidos.
A unos metros, junto al auditorio Nanahuatzin, en el centro de convenciones, se encuentra otra pieza de Reyna García. A diferencia de la anterior, fue elaborada sobre bastidores y tampoco tiene título, decisión que el maestro ha mantenido a lo largo de su trayectoria. “No me gusta imponer una lectura a la gente”, comentó. “Prefiero que cada quien encuentre su significado”.
En otra área del complejo se encuentra el tercer mural del conjunto: Salvemos el universo. La pieza, transportable, está formada por 10 paneles de triplay de 2.40 por 1.20 metros montados sobre bastidor de madera y pintados con acrílico mezclado con arena sílica. En conjunto alcanza 2.40 por 12 metros.
La superficie despliega una constelación de símbolos: una paloma blanca, motivos prehispánicos, serpientes que recorren el continente americano, restos fósiles y barriles de petróleo con la palabra “Pemex”.
Al centro se distingue una representación de la Tierra, rodeada por colores intensos y formas que evocan tanto la naturaleza como el desarrollo industrial.
Frente a la obra, varias personas esperan su turno en una pequeña sala de sillas metálicas. María Eugenia Espinoza, quien acompaña a su hija a terapias después de una operación de cadera, observa la escena con atención.
“Me llama mucho la atención”, comentó. “Veo las palomas como símbolos de paz. También siento como si hubiera una figura de Cristo. Para mí habla de esperanza, de que todo se puede con la ayuda de Dios y de los médicos”.
Especialistas del instituto consideran que estas expresiones también cumplen una función emocional dentro del entorno hospitalario.
“El arte es una cuestión de asombro y sensibilidad”, afirmó el sicólogo Alexis Reyna. “En lugares como los hospitales ayuda a generar espacios de descanso mental”.
Mientras, en la entrada el flujo de visitantes no se detiene. Algunos cruzan sin mirar; otros levantan la vista durante unos segundos.
“Estas piezas son una expresión profundamente humana”, señaló el director médico del INR, Álvaro Lomelí Rivas. “Tenerlas aquí refuerza la idea de que en un hospital no sólo existe la parte técnica o científica, sino también la dimensión sensible”.












