De arte, farándula y rebeldías
ndrés Ramírez, editor y poeta, me pregunta en redes si estoy escribiendo mis memorias, y claro que no. Pero me hizo pensar en algo de lo vivido, por ejemplo esto que hace pocos días publiqué en FB:
“Murieron Pedro Friedeberg y Ana Luisa Peluffo, dos leyendas. Alguna vez, en momentos muy distintos, platiqué con ellos. De ella recuerdo su vestido dorado, sus uñas doradas, sus sandalias doradas (será cursi, pero se lo dije: una diosa). Del artista plástico, formalmente impecable, recuerdo una especie de colcha sobre su sofá hecha con puras corbatas finas (en un estudio cercano al Ángel). ‘Confieso que he vivido’. Sin merecerlo, cierto”. (Un querido cantante y compositor que radica en Los Ángeles, Esteban León, medio me criticó el remate…).
No son sino anécdotas que por un momento iluminaron la atmósfera y ya. De vez en cuando regresan abrisando el paisaje. A la Peluffo la admiré en las matinés del cine Park. De Yolanda Montes ¡y de Cantinflas! supe cuando yo era un niño de acaso 5 años y “ellos” eran títeres: Tongolele por supuesto bailó y Cantinflas toreó. Y un feliz día en los corredores del tapatío teatro Degollado me presentó con Tongolele Elías Nandino: ojos brillantes, una sonrisa a la vez discreta y franca, y muy elegante a pesar del verde casi (este “casi” importa, pone un pertinente dique) chillante que con muy buen porte vestía.
Cambio de tema (y me sorprendo de cuántos temas, de esta sábana de pedacitos, dejaré fuera). Recientemente publicó nuestro diario una nota y un artículo sobre la pieza teatral Vuelos nocturnos sobre un mar sin fondo, que desafortunadamente no vi (leí, sí, la nota y el artículo; gracias, Ana Mónica Rodríguez y Cristina Rivera Garza). A la nota acompañaba una foto, de un pasaje de la obra. Y ahí proyectadas contra las paredes imágenes de Enrique Guillermo Pérez Mora, El Tenebras, a quien conocí en la Penal de Guadalajara (allá se dice o se decía así: “la”, no “el”), recluso él y yo maestro visitante, semanal. No esperaba en modo alguno encontrarme con Alicia de los Ríos, hija. Tal ocurrió en una comida. Ahí le dije: “Te pareces a tu papá”. Otro comensal: “Y a tu mamá”, frases que parecen no decir nada, pero si pensamos que el otro comensal y quien esto escribe trabajábamos desde hacía años juntos y no se nos ocurrió nunca hablar de eso… Y sobre todo que Alicia no propiamente conoció a sus padres… (¿Continuaremos?)











