Opinión
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Bajo el sol
C

on el tiempo comprendí que no todas las rutinas se reconocen como tal. Algunas se instalan sin anunciarse y permanecen allí, silenciosas, hasta que un día advertimos que han dado forma a nuestra manera de estar en el mundo. Durante los últimos años, casi todos los sábados, ocurrió lo mismo: la casa de mi hermana Inna, el pequeño jardín –los rosales, el sol desplazándose con lentitud sobre la mañana–, el agua, el periódico. A veces hablábamos. A veces no. En ningún momento pensamos que fuera algo extraordinario y quizá por eso lo fue.

Ese último sábado de mayo volvimos a salir. El escenario era otro, pero el gesto seguía intacto. Por primera vez fuimos juntos a la UNAM. Pensé entonces que los lugares suelen exagerar su importancia. Creemos que determinan la experiencia cuando, en realidad, sólo la alojan. Lo esencial sucede en otra parte: en el cuerpo, en la repetición, en la memoria que se activa sin previo aviso.

Salimos a las 11. El cielo estaba despejado, sin dramatismo. Guardé el costal en la mochila azul de la bicicleta y lo aseguré con el cinturón en el asiento delantero del automóvil. Lo hice con una atención casi ceremonial, no porque alguien lo exigiera, sino porque ciertos gestos, cuando se hacen bien, parecen sostener el orden del día.

Al bajar del auto, me colgué la mochila a la espalda y comencé a caminar. Buscaba un pequeño jardín con sol. Llevaba conmigo el pareo de algodón que mi esposa, Livma, me había prestado para protegerme de las hormigas. Pensé en su utilidad discreta, en la manera en que las cosas mínimas permiten que el mundo siga funcionando sin sobresaltos.

Durante la caminata ocurrió algo que no supe nombrar. No fue un pensamiento ni un recuerdo, sino una sensación física: el peso de unas manos apoyadas en mi espalda, el calor preciso, la presión necesaria para avanzar. No me detuve. Seguí caminando, aceptando esa presencia con la naturalidad con la que se acepta la luz del día.

Coloqué la manta bajo el sol y me recosté. Saqué el costal y lo dejé a mi lado. Pasó un tiempo que no supe medir. Advertí que mi codo descansaba sobre él. Me disculpé en voz baja. Aun así, el cuerpo volvía a apoyarse, como si allí encontrara equilibrio.

Abrí el costal para que las cenizas tomaran aire. Entonces vi la planta: un arbusto cercano, una flor pequeña. El tallo se inclinó y entró en el costal, como si buscara algo. No pensé en símbolos. Hay hechos que no requieren interpretación; basta con permitirles existir.

Acerqué el costal a mi cuerpo. Nos abrazamos. Era un gesto antiguo, anterior a cualquier explicación.

–Nos extrañas mucho –pregunté.

–Mucho, mucho –respondiste, como cada sábado.

–Te extraño. Me hace falta tu presencia.

El silencio volvió sin incomodidad.

Continué con mis ejercicios: movimientos lentos, respiración medida. Una mariposa amarilla apareció frente a nosotros, o quizá siempre había estado allí. Permaneció suspendida. El tiempo pareció aflojar su marcha.

Me recosté otra vez. Cerré los ojos. Tomé la esquina del costal. Sentí el calor de tu mano. No fue una imagen: fue una certeza breve, suficiente.

Las cenizas estaban al tiempo. La temperatura justa. Siempre decías que tenías frío; quizá por eso buscábamos el sol los sábados. Nos tomábamos de las manos y comparábamos el calor: una manera simple, casi infantil, de comprobar que seguíamos aquí.

Al regresar, ajusté los tirantes y coloqué las cenizas contra mi espalda. Comencé a caminar. Sentí dos manos empujándome hacia adelante. Pensé en la bicicleta: en ese instante en que un padre sostiene el asiento, no para evitar la caída, sino para enseñar el impulso de seguir avanzando.

Fue una mañana soleada. Nada extraordinario ocurrió. Y, sin embargo, algo quedó definitivamente en su lugar, comprendí que ya no camino solo.