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Murió Alfredo Bryce Echenique, “voz representativa de la literatura peruana”

Su educación juvenil en exclusivas instituciones impregnó el universo que plasmó en sus libros // El amor, la soledad, la depresión y la felicidad fueron puntales en su obra

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▲ La narrativa del peruano Alfredo Bryce Echenique recala entre la nostalgia, lo delirante y paródico de un sumario de personajes que se mueven en un entorno casi caótico.Foto Ap
 
Periódico La Jornada
Miércoles 11 de marzo de 2026, p. 2

El escritor peruano Alfredo Bryce Echenique (1939), quien vivió cómo máxima la frase “hay que matarse de risa y de amor”, falleció la mañana de ayer a los 87 años de edad. El Instituto Cervantes difundió la noticia del deceso de quien definió como uno de los grandes autores de la literatura en español.

Plasmó en su obra un retrato de la clase alta de su país. En años recientes, el autor vivió entre Europa y Perú, donde pasó sus últimos días. En el boom latinoamericano adquirió un lugar relevante desde su novela Un mundo para Julius (1970), que recibió el Premio Nacional de Literatura de Perú en 1972.

En entrevista con Cecilia García Huidobro (Revista de Literatura Hispánica), el novelista explicó: “en el amor, lo único que funciona bien es el humor, la inventiva final y el papelón total, exhaustivamente sexual y sexualmente exhausto. Perfectamente realizados y mudos. Pero, entonces, el que diga la primera palabra deliciosa y tierna y amorosa y divertida, no ha ganado la guerra, no, solamente ha empezado de nuevo y hay que reírse”.

En esa charla enlistó la genealogía del humor en la escritura en América Latina: “Cortázar, Rulfo, Monterroso, Oswaldo Soriano, por supuesto que el gran Ricardo Palma y Caviedes, en Perú. Ribeyro y Vallejo, en medio de todo lo suyo. Felipe Pardo y Aliaga y Manuel Ascencio Segura, en la Lima limeña, Jorge Ibargüengoitia, genial mexicano muerto antes de tiempo, Santiago Gamboa, en Colombia. Bueno, y así. Porque de una forma u otra hay mucha y muy fina ironía en literatura latinoamericana, y poca, muy poca, en la española”.

Bryce Echenique contó a La Jornada (26/11/1998): “he hecho lo que he querido. Perdí mucho y después me he recuperado. La escritura me salvó de la tristeza, de la desgracia o de la locura; ha sido para mí una pasión maravillosa. Me siento un tipo muy afortunado por haber hecho lo que deseaba: escribir”.

La Casa de la Literatura Peruana, en su página de Facebook, difundió su pesar por el deceso del autor, “una de las voces más representativas de la literatura peruana contemporánea. Su obra, que abarca novela, cuento, ensayo y memorias, dejó una huella significativa en varias generaciones de lectores”.

Destacó entre sus obras Un mundo para Julius y El huerto de mi amada, Premio Planeta 2002, así como La vida exagerada de Martín Romaña y El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz, “que forman parte del panorama literario hispanoamericano de las últimas décadas”.

El narrador y ensayista nació en una familia de la oligarquía limeña, que contó con un presidente de la República y un virrey. Su educación juvenil en exclusivas instituciones fue parte del universo que plasmó en sus obras. Cuando comenzó sus estudios universitarios se inclinó hacia la literatura y se distanció de las responsabilidades en otros ámbitos.

Vida nómada

Por imposición familiar estudió derecho, pero también y en paralelo letras. Más tarde fundó un despacho de abogados en el que permaneció hasta que se marchó a Europa en 1964. Comenzó en París una etapa nómada de su vida, entre Francia, Italia, Grecia, Alemania y España. En Madrid permaneció desde 1985 hasta febrero de 1999, cuando regresó brevemente a Perú.

En 1975 recibió una beca de la Fundación Guggenheim y viajó a Estados Unidos, donde escribió crónicas para un periódico mexicano, que fueron reunidas en A vuelo de buen cubero y otras crónicas (1977).

Jorge Eduardo Benavides, colega y compatriota del novelista, difundió en su página de Facebook que Bryce Echenique fue un “grandísimo escritor, con un estilo absolutamente personal, certero, fino, lleno de deliciosos hallazgos que contribuyeron a edificar un inmenso mundo narrativo”, así como “un amigo leal, cariñoso y lleno de detalles y atenciones”.

Bryce llamó puntales en su obra los temas del “amor, la soledad, la enfermedad (la depresión, muy concretamente) y la felicidad”. Sus ensayos reunidos en Entre la soledad y el amor son “una meditación cuando menos honda sobre el núcleo ardiente de mis libros, pero también sobre lo que considero cuatro experiencias fundamentales de todo ser humano”.

El narrador se vio envuelto en la polémica hacia 2007 por varias acusaciones de plagio que se extendieron por años. Luego, cuando en 2012 se le otorgó el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances, ante diversas críticas de la comunidad académica y cultural, se decidió que un directivo de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara viajara a la residencia del autor para entregarle personalmente la distinción de manera extraordinaria.

En 2019 publicó Permiso para retirarme. Antimemorias III, considerada su despedida literaria. Sucedió a los volúmenes Permiso para vivir y Permiso para sentir.

La narrativa del peruano recala entre la nostalgia, lo delirante y paródico de un sumario de personajes que se mueven en un entorno casi caótico, descritos desde el humor y una ironía amistosa hacia sujetos que conoció personalmente.

En la Conferencia Spinoza, en 2007, Bryce sostuvo: “todas las ficciones del espíritu, todas las creaciones del sentimiento pueden ser materia de humorismo y la más mínima reflexión de un humorista se convierte en un diablillo que desmonta el mecanismo de cualquier personaje, de cualquier fantasma urdido por el sentimiento, que lo desarma para ver cómo está hecho, para disparar su resorte y, en fin, para que ese mecanismo rechine convulsivamente”.

En el discurso en Ámsterdam agregó: “no quiero concluir sin citar al propio Kafka, que solía reírse mucho con la idea de que un personaje suyo, llamado Gregorio Samsa, amaneciera un día convertido en insecto. Y que afirmaba, tal como lo cito entre los epígrafes de mi última novela, La amigdalitis de Tarzán, que ‘los recuerdos bonitos mezclados con un poco de tristeza saben mucho mejor’, añadiendo en seguida: ‘Así que en realidad no estoy triste, sino que soy un sibarita’”.

(Con información de Europa Press y Reuters)