Opinión
Ver día anteriorMartes 10 de marzo de 2026Ediciones anteriores
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Un destino conocido
L

legó el proyecto de reforma electoral de la 4T a manos de los legisladores; mañana, o en estos días, cumplirá con su destino, uno de antemano conocido por todos los mexicanos. Las minorías se encargarán de ejecutarlo; como es visible, también las minorías pueden ganar. Las minorías opuestas a Morena, PRI, PAN y MC, están en contra de los principios básicos de la reforma: el dinero y las pluris. También están en contra las minorías aliadas, PT y PVEM. En este caso, esos cinco partidos defienden los mismos intereses. Esta vez, PRI, PAN y MC pueden cruzarse de brazos porque los aliados operarán el cadalso “racional y razonablemente”, Monreal dixit, y decapitarán la reforma. Puede que Diego Fernández de Cevallos pueda despejar los sapos y las culebras que lo estaban atragantando; sonreirá triunfal. Al alimón Ricardo Monreal, socio de la misma causa, aunque no puede ser operador, mirará calladamente la decapitación con su característica sonrisa.

En el presente, en un marco de democracia sensiblemente más abierta, las minorías pueden oponerse a las mayorías, y vencer. Las condiciones para reformar la Constitución pueden depararles ese poder. En el pasado neoliberal, también ganaban, no porque estuvieran de acuerdo en todo, sino porque el dinero fluido del Prian operaba milagros.

El proyecto de reforma no propone estrechar las posibilidades de representación de las minorías, las conserva; pero en este caso, la flexibilidad de las minorías aliadas es nula. Los dirigentes de las minorías –opositores y aliados– no sólo quieren conservar el número de curules, sino conservar algo aún más valioso: el dedo de la designación de sí mismos y de sus contlapaches más cercanos, sin afrontar ningún género de los riesgos propios de la competencia electoral. Vaya paradoja: un sistema electoral sin competencia electoral en el terreno de las minorías, para que los dirigentes se conviertan en “representantes” de los ciudadanos, sí o sí. De no ser así, dice el cinismo proverbial, “no hay terreno parejo”. Así está hoy cinchada la camisa de fuerza de la democracia. Por supuesto, en el fondo quien pierde no es Morena, sino los ciudadanos: les es negada, por las minorías partidistas, la posibilidad de tener representantes genuinos en la totalidad de los diputados, como tendría que ser. La “democracia de partidos” se parece poco a la democracia de los ciudadanos.

Huele a plan B. El olor lo perciben todos, desde luego también las minorías. Unos lo quieren, otros lo repudian. Está claro que no puede haber una representación genuina completa a menos que Morena alcance la mayoría constitucional en el Congreso. Pero no está claro, y parece que no puede estar claro, si habrá o no habrá plan B. En el fin de semana conocimos las encuestas, que informan cómo cuatro de cada cinco ciudadanos apoyan los principios básicos de la reforma electoral enviada al Congreso por la Presidenta de México. Es un momento político crucial. Y, a pesar de los pesares, extraño. Morena tendría que ser capaz de llevar a las urnas a las mayorías suficientes para alcanzar la mayoría constitucional. Aunque este objetivo sería más probable de ser alcanzado en 2030, porque la elección presidencial siempre trae consigo una mayor votación. Pero Morena tendría que contar con una candidata o un candidato confiable a carta cabal, y un plan de gobierno de efectiva continuidad del proyecto de la 4T: por el bien de todos, primero los pobres.

Como quiera que ocurra, el triunfo electoral de Morena será altamente probable. Faltaría por ver si alcanza los votos suficientes para lograr la mayoría constitucional. Supongamos que sí: las minorías disminuirían, como dijo Perogrullo. El PRI y el PAN han estado en declive; cometieron daños profundos contra el pueblo de México, la corrupción fue una catarata monstruosa que no hizo sino crecer; esos partidos produjeron una desigualdad impúdica, mantuvieron en la pobreza a la mayoría de la población, la abandonaron sin escolaridad, sin salud, sin vivienda y en la subalimentación. Es una pena que el infierno no exista: ese sería su lugar.

El escenario anterior implica que al iniciarse la campaña presidencial para 2030, Morena decidió buscar la mayoría constitucional, incluyendo en su oferta política la reforma electoral, que ahora será rechazada por las minorías aliadas (y por los opositores). En ese caso, las minorías aliadas se habrían equivocado de medio a medio sin que hubieran renunciado a la alianza. Su futuro iría a peor, porque para Morena, esas minorías habría dejado de ser vitales para el caso de las reformas constitucionales, y para la aprobación de cualquier nueva ley reglamentaria.

No tendremos reforma electoral. Esta reforma parece el hueso más duro de roer. Por hoy le daremos vuelta a la página. Los privilegios de las minorías se impondrán, y se abre un compás de espera prolongado para que Morena tome sus decisiones de cara a la próxima elección presidencial.

Henri Lefebvre escribió en los lejanos 1960 que la democracia era la lucha por la democracia. Así estamos.