Tu compañía en la eternidad
l mural se llama Las mariposas y lo pintó la artista Rocío Martínez (@FunnyGraff) en noviembre 2022, para las jornadas Sie7e Días de Activismo de la UAM-Azcapotzalco. La imagen, que cubre una pared cercana a la Biblioteca Central, en el corazón del campus, reproduce los rostros de tres de sus alumnas víctimas de feminicidio: Liliana Rivera Garza, Edna Reyes Gutiérrez y Karen García Alemán, quienes estudiaron arquitectura, sociología e ingeniería respectivamente. Nunca se conocieron, pero sus miradas –brillantes, traviesas, soñadoras– me hacen pensar que forman un equipo afectuoso y vivaracho en esa eternidad que es la muerte. En El invencible verano de Liliana jugué con la idea de que Liliana conviviría con River Phoenix y Selena, fallecidos más o menos por los mismos años a fines del siglo XX. Luego imaginé que, de coincidir, se volvería amiga de Lesvy Berlín Rivera Osorio, víctima de feminicidio en 2017 en la UNAM. En un día lleno de sol y viento, estática frente al mural que comisionó la UAM, tuve que aceptar que Liliana estaba en buena compañía ahí, flanqueada por esas dos chicas jóvenes y hermosas. No es una cosa menor elegir bien con quién pasaremos la eternidad. Como lo aseguraba Juan Rulfo, vamos a pasar mucho tiempo enterrados.
Cruentación es una creencia que data de la Edad Media, que aseguraba que un cadá-ver volvería a sangrar en presencia de su asesino, ayudando de esta manera a identificarlo. En Hydra Medusa, el libro que el poeta japonés-americano Brandon Shimoda publicó en 2023, el término reemerge, revisado. Aquí, la sangre se vuelve memoria para explicar que lo que forja esa relación vinculante entre víctima y victimario no es otra cosa que la impunidad. El silenciamiento forzado de historias de violencia de género, especialmente el feminicidio, que es su forma más letal, ha obligado a la comunidad de sufrientes a transmitir estos relatos de generación en generación a murmullos, casi en secreto, como si se tratara de una mancha. En contraste, ese mismo silenciamiento ha permitido que ellos –los familiares que protegieron al feminicida, los amigos o colegas que no lo denunciaron, los vecinos que se hicieron de la vista gorda– continúen viviendo sin tener que admitir el crimen, prolongando con su cotidianeidad como si nada hubiera pasado.
Reflexioné mucho sobre el vínculo que genera la impunidad desde que le conté a mi hijo la historia del feminicidio de Liliana, mi hermana menor y su única tía. Imaginé desde entonces que una escena parecida se suscitaría en el futuro, cuando mi hijo le contara esta historia fundamental y estructurante a sus propios hijos y estos a los suyos. También pensé, no tuve alternativa, en la ignorancia que la impunidad les regalaba a las comunidades del feminicida: tanto sus hijos como los hijos de sus hijos podrían obviar esta historia, puesto que ningún sistema de justicia los llamaría a atestiguar o los obligaría a reconocer su parte en el crimen.
Por los siglos de los siglos
En un libro subsecuente, The Afterlife is Lettingo Go, el mismo Shimoda sostuvo que detestaba la idea de que la muerte impune de sus seres amados los condenara a pasar una eternidad cerca del acoso y la violencia de sus asesinos. Decía que deseaba con todo el corazón que, en la muerte, pudieran por fin hallarse fuera del alcance de sus atormentadores. Por eso es importante que, aunque mencionados, los nombres de los asesinos no se conviertan en protagonistas en las narrativas de feminicidio –en un sistema con más de 95 por ciento de impunidad no se necesita mucha imaginación para saber por qué los feminicidas no se detienen. En la calle de Mimosas 66, a una cuadra de donde vivió Liliana, en la colonia Pasteros, se encuentra una placa de cerámica que la poeta Martha Mega (@viboradelamar) elaboró en 2023 para celebrar su paso por la tierra. En aquel momento, agregó con pintura y directamente sobre la pared una advertencia: que el nombre del feminicida debería perderse en la ignominia. El tiempo le ha dado la razón: ese texto ha sido borrado por los elementos.
A un lado del mural de Las mariposas se encuentra otra placa, ésta hecha de metal, que la familia de Karina le dedica. Ahí, su madre advierte: justicia sería que mi hija estuviera viva. Sayuri Herrera, la ex fiscal de feminicidios de la Ciudad de México, lo decía de esta manera: justicia es que esto no vuelva a ocurrir nunca más. En eso pienso mientras las observo en su mural. En eso, y en que, estén donde estén, mi deseo es que sigan rodeadas por siempre de amigas, de sustento, y de esta luz radiante y tibia que es la memoria cuando la construimos todas. Sin cesar.
Agradezco a Guadalupe Zaragoza, estudiante de maestría y trabajadora en la oficina de espacios físicos de la UAM, los datos sobre el mural Las mariposas.











