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Las redes de la corrupción en el arte de Mark Lombardi
E

l fin del siglo XX se caracterizó por una demolición (“deconstrucción”, dirían los teóricos) de las artes, de por sí bastante vapuleadas desde la década brutal de 1910-1920, cuando una guerra mundial y dos revoluciones disolvieron al mundo viejo y poblaron de ismos y experimentos explosivos el ordenado universo de la plástica, hasta llegar a instalaciones, intervenciones, arte basura, de tierra, con plantas, sangre, orina, desechos industriales o humanos. Incluso la negación del objeto (o de cómo aprendimos a amar el concepto).

De allí despega el trabajo del neoyorkino Mark Lombardi (Manluis, 1951-Brooklyn, 2000): tramas a lápiz y pluma, collages de información, concreción física de la interconexión de hechos que impactan la vida social y política, mueven drogas, causan guerras. Lombardi desnuda la corrupción del Estado, los bancos y las grandes corporaciones. Una retícula anterior a la red informática. Pero ¿arte?

En 2003, el especialista Robert Hobbs describía estos dibujos como “narraciones visuales de la manera como fluye el dinero de corporaciones a organizaciones políticas, de individuos a grupos ad hoc, muchos de éstos actuando fuera de las fronteras nacionales y de la ley” ( Mark Lombardi: Global Networks, Independent Curators International, Nueva York, 2003). En lo que parece un delirio, y que hoy se haría fácilmente con Excel e inteligencia artificial, el trabajo de Lombardi recurre al grafito y el lápiz rojo para procesar información recolectada en periódicos, televisión y otras fuentes públicas. Con esto, dice Hobbs, “desarrolló un nuevo tipo de pintura histórica que mapea los apuntalamientos de nuestra sociedad global”. Lo que el crítico Michael Kimmelman describió en The New York Times como “telaraña de escándalos”.

Cartografía patrones de intercambio de la red global que habían eludido la descripción visual. Añade Hobbs que “las secas líneas líricas de los dibujos están manchadas, puntuadas o en líneas continuas que representan diversas conexiones financieras. Cada pieza posee una calidad cuasi musical, donde presenta la densidad de las (trans)acciones en racimos de líneas y marcas, puntuando las páginas como si fueran notas musicales”.

Resulta irresistible recordar al jalisciense Martín Ramírez, aquel migrante extraviado que pasó décadas en manicomios y clínicas de California sin pronunciar palabra, pero realizando innumerables dibujos y trazos, a veces mapas, en trozos de papel pegados toscamente que llegaban a formar grandes lienzos. Los siquiatras se devanaron el seso descifrando las líneas y figuras del apacible Martín. Pero Lombardi no era un caso clínico ni un artista fantástico como Escher. Buscaba la verdad en los datos. Casi siempre sus interconexiones exponían casos que terminaron con el proceso o encarcelamiento de los culpables. Ya muerto, la FBI revisó su trabajo buscando los vínculos financieros de Bin Laden.

El crítico Johnatan Goodman, en su espléndido ensayo “La conspiración como arte”, ( fronterad, revista digital, 11/8/2011) expone que el tema principal de Lombardi: “no era tanto la sórdida historia del crimen de guante blanco como las relaciones entre las personas, a menudo entre cargos públicos y banqueros. Aun más reveladora era la forma en que presentaba esta información: dibujando flechas entre nombres y compañías que generaban diseños lineales de gran belleza. Visto desde cierta distancia, el esquema de interdependencias entre indeseables contrabandistas de armas y políticos corruptos adquiría una belleza modernista clásica; de cerca, los sencillos círculos mencionaban nombres de individuos involucrados en asuntos turbios”.

En los obsesivos dibujos de Lombardi desfilan Oliver North, Lake Resources of Panama, and the Iran-Contra Operation, ca. 1984-86; los enredos de la mafia y el banco Ambrosiano en Inner Sanctum: The Pope and his Bankers Michele Sindona and Roberto Calvi, ca. 1959-82; los contactos de Bill Clinton con Lippo Group y China Ocean Shipping Company, que, si bien no tuvieron consecuencias legales, muestran la vastedad de los negocios de Clinton.

Goodman lo llama “periodismo estetizado”. La obra de Lombardi “es la primera de su clase que documenta claramente los excesos del imperio con un trabajo inducido por la imagen. El material visual es indiscutible”. Archivista, activista, artista, periodista, ¿loco? Su material “abstracto” retrata relaciones interpersonales en combinaciones no figurativas. Citando a Hobbs, encontramos una “esquematización rizomática” similar a las presentaciones empresariales para “componer una imagen que comunica hechos, del mismo modo que las pinturas panorámicas muestran centros de poder a sus espectadores”. 

Hoy contamos con recursos gráficos e informáticos que no tuvo Lombardi, quien se colgó en marzo de 2000 en Williamsburg. Imagine el lector lo enloquecedor que resultaría seguir la trama de los negocios actuales de Donald Trump y su pandilla. El resultado visual sería aplastante y demandaría grandes dimensiones. Una Capilla Sixtina de la mierda bélico-sexual-capitalista, por ahora impune, pero documentable para quien le rasque.