Opinión
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La “trifecta” de Trump: Venezuela, Irán y Cuba
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n el primer trimestre de 2026, la administración de Donald Trump ha ejecutado un viraje estructural en la doctrina de seguridad nacional de Estados Unidos, transitando de la retórica de la guerra comercial a la ejecución de la guerra convencional. Este cambio de paradigma ha sacudido el orden global mediante acciones que una generación entera de presidentes estadunidenses, tanto demócratas como republicanos, se resistieron a implementar por temor a las repercusiones sistémicas: la intervención militar directa en América Latina y el ataque frontal al núcleo de la revolución iraní. La incursión en Venezuela y la eliminación del ayatolá Jamenei no son eventos aislados, sino los pilares de una estrategia de reafirmación de dominio que busca erradicar la percepción de fragilidad internacional heredada de la administración Biden.

Este despliegue de poderío militar responde a una necesidad política interna de carácter urgente. Con las elecciones de medio término en el horizonte cercano, el Ejecutivo estadunidense se juega la gobernabilidad de la segunda mitad de su mandato. En este contexto, la Casa Blanca ha comprendido que la narrativa de “Make America Great Again” requiere de una tangibilidad que el mercado interno no está logrando proveer con la rapidez necesaria.

La promesa electoral de estabilizar la economía y reducir de forma drástica la inflación ha demostrado ser un objetivo complejo de cumplir en los meses que restan para noviembre. Ante la resistencia de los indicadores económicos domésticos, la administración ha optado por el pragmatismo político: sustituir el bienestar económico inmediato por la percepción de una nación con poder, fuerza y dominio global. Para el electorado, la imagen de un Estados Unidos que interviene y vence en el extranjero funciona como un mecanismo de compensación sicológica frente a las dificultades del costo de vida. En la ecuación de Trump, la victoria militar es el activo más rentable cuando la economía no permite ofrecer resultados contundentes en las mesas de las familias de ese país.

Bajo esta premisa, la secuencia de los eventos bélicos sigue un cronograma de alta precisión. Si el aparato de seguridad de Washington fue capaz de capturar a Nicolás Maduro un sábado y terminar con el liderazgo de Jamenei un domingo, la conclusión lógica para cualquier analista es que el siguiente objetivo es Cuba. No debe haber espacio para la duda: la isla representa la medalla que la derecha estadunidense ha deseado portar en el pecho durante décadas y las condiciones para obtenerla jamás han sido tan favorables para Washington.

Cuba se encuentra hoy en una situación de asfixia económica y logística sin precedentes, privada del soporte energético venezolano y del respaldo financiero y técnico iraní. Para la administración Trump, la caída del régimen de La Habana completaría la “trifecta electoral”: Venezuela, Irán y Cuba. Este eje de victorias externas está diseñado específicamente para mantener las mayorías en ambas cámaras del Congreso, permitiendo al presidente procesar el resto de su mandato sin la obstrucción de una oposición fortalecida. En el cálculo de la Casa Blanca, la soberanía regional es un factor secundario frente a la consolidación de un Poder Legislativo alineado con su visión de control total.

El escenario descrito tiene repercusiones directas y profundas para México. Hasta el momento, la relación bilateral se ha mantenido en una suerte de “empate“ técnico que ha favorecido la estabilidad relativa del país. Los tres grandes temas que dominan la agenda –seguridad, migración y la amenaza recurrente de los cárteles de la droga– han sido gestionados mediante una diplomacia de contención. Sin embargo, la inminente ofensiva contra Cuba introduce un elemento de tensión que amenaza con romper este equilibrio.

México observa este despliegue de fuerza en un momento de vulnerabilidad estratégica, con el T-MEC en pleno proceso de renegociación bajo una administración estadunidense que utiliza la presión económica como arma de negociación. La paradoja de este escenario es total: mientras los tres países de Norteamérica se preparan para la logística de un Mundial de Futbol compartido, Washington redefine las fronteras ideológicas y militares del continente. El pragmatismo obliga a reconocer que el costo humano y social de estas acciones será brutal, pero cualquier otro análisis basado en el optimismo diplomático sería ignorar la realidad política de 2026. La administración Trump ha demostrado que su prioridad es la consolidación del poder y, en ese tablero, Cuba es el próximo movimiento, que nadie lo dude.