n Estados Unidos, las piezas en el tablero que definirá el proceso electoral que se aproxima se mueven rápidamente.
Por lo pronto, Donald Trump encontró que existe una gran insatisfacción en varios de los renglones que prometió mejorar en la vida diaria de los estadunidenses. En el rubro de la economía, la carestía continúa afectando a millones de hogares. En segundo lugar, la equivocada política migratoria cuyos gigantescos fiascos quedaron plasmados en la muerte, o mejor dicho, en el asesinato de dos ciudadanos estadunidenses que protestaban por la insensatez con la que han actuado las corporaciones pertenecientes al Departamento de Seguridad Interna.
El asunto de la carestía pudiera ser, una vez más, el que determine la dirección del voto en noviembre próximo. Por más que el presidente se empeñe en ocultar la realidad, la mayoría de los productos que el consumidor común adquiere cotidianamente para sobrevivir mantienen un costo elevado, independientemente de que las estadísticas señalen que en los últimos 12 meses, sólo han aumentado 2.4 por ciento. El sentir y el bolsillo del ciudadano común no mienten, la insatisfacción es grande y, ésta sí, va al alza. Hay dos factores más que pudieran albergar un horizonte más pesimista: la guerra con Irán, que provocará un aumento en el costo del petróleo y, por extensión, en la gasolina y en la inflación; y la modificación al plan de salud, cuyo impacto será un aumento en el costo del seguro para millones de personas que dependen del subsidio que gozan derivado del plan conocido como Obamacare.
El otro tema que en las elecciones de medio término pesará en la decisión de los votantes, particularmente los de origen extranjero, y más aún en los de origen latino y asiático, es la forma en que las huestes del Departamento de Seguridad Interna los ha tratado, por no decir despreciado. Lo paradójico es que han sido principalmente los ciudadanos estadunidenses quienes han logrado que Kristi Noem, responsable de ese departamento, fuera depuesta por su promotor y defensor Donald Trump. Su convencimiento no necesariamente provino del ignominioso trato de Noem contra los migrantes, sino por malos manejos del presupuesto de la dependencia a su cargo.
Pero pareciera que la razón de fondo es que, por fin, el presidente se convenció, o lo convencieron, del daño que la señora Noem estaba haciendo a los candidatos del Partido Republicano. Fue evidente que la incomodidad de no pocos miembros de ese partido se debió a la creciente protesta de millones de votantes debido a la atrabiliaria forma en que esa funcionaria conducía la política migratoria. Por ello, ante el peligro de perder votos en las elecciones de noviembre, el presidente decidió removerla de su cargo. Consecuente con sus desastrosos nombramientos, Trump la sustituyó con un personaje cuyo principal mérito es haber sido campeón de lucha libre. Sin comentario.
Otro factor que pudiera tener algún efecto en el proceso electoral es el ataque a Irán y la muerte del ayatollah Ali Jamenei. El sentir general entre la mayoría de los comentaristas políticos en Estados Unidos es el “acierto” de terminar con Jamenei, pero la gran duda es ¿por qué en este momento y cuál será el paso siguiente?
Envalentonado por el golpe a Venezuela que descabezó al gobierno, aunque dejó intacta su estructura, Trump decidió repetir el gambito en Irán. Pero es evidente que no se entienden o se pretende ignorar las diferencias históricas y actuales entre una y otra nación. Una de ellas es la historia de Irán y su potencial militar. El resultado del golpe que, en 1979, con la aquiescencia de Estados Unidos, dio como resultado la herencia de 37 años de un régimen teocrático. Tampoco, ni Trump ni su equipo, aquilataron los fiascos de imponer la “democracia” en Afganistán, Irak y Siria.
Hay un temor generalizado de que Estados Unidos entre nuevamente en un ciclo de guerra cuyo fin es imposible conocer. Lo único claro es su deseo de dejar como herencia un cambio de gobierno en Venezuela, Irán y Cuba, pero sin la responsabilidad de lo que pueda suceder después.











