Lunes 9 de marzo de 2026, p. 2
En un pequeño taller en Tepepan, en la alcaldía Xochimilco, se esconde uno de los últimos refugios del grabado en cristal, una técnica antiquísima que llegó a México entre 1542 y 1544.
En ese espacio, llamado Artegravid, el maestro José Cruz Guillén, quien tiene más de 50 años de aprendizaje en este arte, da vida a cardúmenes, ciervos, águilas, bosques, montañas y otras formas. Su lienzo es el cristal de los jarrones, botellas, espejos, vasos, floreros, dispensadores de agua y hasta focos: “hay que dejar de tenerle miedo al vidrio”, dice.
La Jornada recorrió su estudio, en el que enseña a sus cinco alumnos y donde explicó cómo aprendió sus técnicas, sus reflexiones acerca de la desaparición de este arte y la importancia de mantener viva la tradición del grabado en vidrio:
“Me enseñó mi padre, Adolfo Guillén. Él y mi tío pusieron un taller de grabado. En aquella época sólo se vendían los grabados en forma de ‘pepita’, que se hace cuando uno sujeta una pieza y la presiona pausadamente en intervalos contra una piedra de óxido de aluminio colocada en un torno.
“Para el grabado no requerimos muchas herramientas: uno o varios tornos para variar la velocidad del grabado que vamos a hacer. Las piedras las mandamos a hacer y cuando se gastan les damos formas para variar el tipo de trabajo. El vidrio es resistente, aguanta mucho, aunque hay que saberlo presionar bien; claro que es quebradizo, pero sólo en una ocasión hemos tenido un lesionado.
“La pepita es la forma más fácil, aunque hacen falta cinco o siete años para dominarla. Apareció en Puebla y fue una de las primeras técnicas características del grabado de vidrio en México, la llamaron así por la forma de semilla de la calabaza. Lo más difícil de hacer es la raya, las estrellas y el garigoleo, pero para llegar a esa etapa se tarda uno como 20 años. Yo aprendí desde muy joven y mucho me lo enseñó mi primo Javier Villa Tecla.”
Cruz Guillén empezó desde los 13 años a experimentar con el vidrio. Cuando quería innovar, sus propuestas fueron rechazadas y destruidas por su padre. “Eso no vende”, le decía.
“Era complicado, aunque lo entiendo, era un obrero y tenía que mantener a nuestra familia. Mi papá salía a buscar, vender o entregar pedidos. Yo aprovechaba esos periodos para experimentar y practicar mis técnicas. Quería hacer otras formas, pero él tenía en mente el comercio con esas piezas y casi siempre le pedían las mismas figuras, por eso no podía variar.”
El grabado en vidrio tuvo un auge en los siglos XVII y XVIII, cuando formaron parte importante de la cristalería de familias poderosas. Con el paso del tiempo, cayó en desuso, aunque en el siglo pasado tuvo un alza en popularidad durante los años 60 y 70. “Los objetos grabados se vendían en tiendas y boutiques, pero cuando desaparecieron nadie alzó la voz”, explicó el artesano.
Cuando tenía 20 años, José Cruz estudiaba filosofía en la UNAM. En ese tiempo, el taller de su padre recibió un gran número de pedidos y él lo apoyó en su elaboración. “Me pidió ayuda, pero ya no me sentía con ánimos. Estaba contento en la universidad, además de que estaba por nacer mi primer hijo. Fue entonces cuando me di cuenta de que esto era un parteaguas. Cuando me decidí por el grabado, también me propuse ser el mejor de México”, comentó.
Reinvención
Poco después, su padre le dijo que podría quedarse con el taller y José aceptó, aunque le advirtió que haría cambios. “Empezamos a trabajar nuevas formas, técnicas, y hubo muchos errores. No me da pena decir que he echado a perder muchas piezas. No me gusta quedarme con los diseños de antes, eran muy rígidos y creo que tenemos que seguir reinventándonos.
“Soy muy tajante en cuanto a mis trabajos y la calidad. Algunos ven lo artesanal y dicen: ‘pobrecitos, mira lo que hacen’. Algunos creadores ya no investigan, producen lo mismo y no se disciplinan. Las réplicas son folclóricas, pero un trabajo único es la creatividad de una persona y de su historia.
“Por ejemplo, con las muñecas Lele, todos en el poblado las replican y se hacen en cinco minutos o seis. Los que no saben dicen: ‘es muy tradicional, qué bonito lo hicieron’, pero ya está estandarizado. Eso para mí no es una artesanía, es una manualidad. Ya ni siquiera son telas teñidas a mano”, agregó.
Cruz Guillén afirma que hace falta reflexionar sobre la artesanía y las manualidades. “Son discusiones importantes. Las hemos tenido con el Fondo Nacional para el Fomento de las Artesanías (Fonart), el Museo de Arte Popular, la Secretaría de Turismo y Fomento Cultural Banamex. Hay que diferenciar qué es artesanía y qué es manualidad. Eso me ha causado problemas en concursos e incluso me han descalificado piezas por no considerarlas ‘arte popular’, pero, ¿acaso lo popular no tiene que ser también un trabajo de calidad?
“Me molesta que se le reste importancia, que no se valore el trabajo que hacemos, me ha tocado el menosprecio. Las veces que el Fonart me ha comprado siempre es a consignación, como si mi esfuerzo y mi tiempo no valieran una inversión. Hay que buscar la dignidad; eso como artistas y personas es fundamental”.
Los trabajos se pueden hacer sea en vidrio común o soplado. “Al grabar en un jarrón o en un vitrolero implica cargar la pieza y presionarla contra el torno. Algunas veces necesitamos dos personas para hacerlo y la forma nos juega malas bromas porque hay imperfecciones que por mínimas que sean alteran las figuras. Es un proceso delicado, pero tenemos que hacerlo rápido y con mucha velocidad”.
Por las manos de sus alumnos Israel Manuel, Daniel, Ismael y Alan han pasado cientos, si no es que miles de piezas. El más experimentado tiene 17 años de trabajo, el que menos, cuatro. Todos se dicen contentos del trabajo, de la herencia y las marcas que dejan.











