a nadie se vestirá de cebra, ya nadie nos hará reír hasta que se nos salgan las lágrimas, ya nadie se burlará del socialismo soviético, ya nadie subirá por la escalinata del Ángel de la Independencia, porque murió Pedro Friedeberg y sólo él tenía esas ocupaciones. Sólo él se atrevía a lanzarse al vacío. Con razón Pedro Friedeberg nació en Florencia. Con razón parece un kronprinz bañado en oro y sentado en una silla de patas delgaditas que representa una mano.
Friedeberg nos sentó a todos en sillitas de oro.
Friedeberg tenía en sus manos los hilos de la creatividad, y los colgó del Ángel de la Independencia que saludó todas las mañanas desde el ventanal de su departamento en el Paseo de la Reforma. Los extendía o los enredaba como le daba su real gana.
Dentro de la atmósfera libertaria, prefabricada y un poco artificial, de las galerías de arte, la presencia de Friedeberg fue un juego de canicas, un soplo travieso que despeina la risa a la hora de todos los recreos, porque nunca perdió la curiosidad ni mucho menos se hartó de la repetición que hace que preguntemos varias veces lo mismo.
Si alguien vivió obsesionado por las líneas, los puntos, las comas y los signos de interrogación, ése fue Pedro Friedeberg.
Lo que él ordenaba, esos palitos que iban uno tras otro, esos bastoncitos, lo convirtieron en un maestro de sí mismo. Para sus seguidores, Friedeberg fue un guía severo y risueño a la vez, un artista capaz de reírse de sus ocurrencias y no tomarse demasiado en serio, aunque su arte sí fue serio y laborioso y sedujo a todos los que lo conocieron.











