ace algún tiempo era suficiente con la voluntad de luchar para conseguir resultados, tanto para do-blegar a los de arriba, como para evitar que nos destruyeran. Hoy, con la sola voluntad no alcanza; es necesario “algo más” para no ser tragados por la tormenta capitalista. Por lo que conozco, sólo el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) se viene preparando para esta eventualidad desde hace más de una década, cuando realizaron el encuentro El pensamiento crítico frente a la hidra capitalista.
Las guerras de despojo y exterminio de los de arriba no pueden ser enfrentadas directamente porque eso aseguraría nuestra aniquilación, como le viene sucediendo al pueblo palestino. Por el con-trario, en Vietnam, en Argelia, en Cuba y en tantas otras geografías fue posible enfrentar y derrotar a los representantes del sistema. Pero la vieja cultura política ya no sirve, aunque de ella es necesario rescatar valores éticos como el compromiso militante, la voluntad de sacrificio (Benjamin), la organización y el poner el cuerpo, sin límites pero con los debidos cuidados.
Los estados-nación que se enfrenten frontalmente a estados más poderosos serán barridos por el vendaval, como estamos viendo estos años, con enormes costos para las poblaciones. No es que se aconseje no combatir, sino tener en cuenta que el objetivo del capitalismo hoy es la aniquilación de pueblos enteros. Si tenemos esto claro, todo empieza a tener sentido.
Rafael Poch lo dijo llanamente días atrás: “Lo que estamos presenciando alrededor de Irán, Ucrania y Venezuela es, en términos generales, una misma y sola guerra. Su objetivo es impedir militarmente el ocaso de la hegemonía americano-occidental en el mundo, amenazada principalmente por la pujanza china” (Ctxt, 23/02/2026).
Sería ingenuo creer que se trata sólo de una guerra entre estados. Aunque para los grandes medios de comunicación estamos ante el enfrentamiento entre potencias que luchan por la hegemonía global o regional, si miramos el trasfondo, veremos que en todos los casos están en juego las materias primas esenciales para la dominación, desde el gas en Gaza hasta el petróleo en Irán y Venezuela. Para apropiarse de esos bienes comunes, es necesario proceder a limpiezas étnicas y sociales como las que estamos viendo en todo el mundo y, de modo muy claro, en América Latina.
Enmendando apenas a Rafael Poch, podemos decir que estamos ante una sola guerra: la del arriba contra los abajos. En América Latina, está siendo una guerra despiadada contra los pueblos originarios y negros, contra campesinos y pobladores de las periferias urbanas. Una guerra colonial que profundiza cinco siglos de “conquista” y violencias. Esta realidad es muy clara si nos permitimos ver dónde están las resistencias precisamente entre los pueblos mencionados, no ya entre los viejos sujetos que la izquierda sigue mentando.
Estos sujetos, y muy en particular los pueblos originarios, están practicando una nueva cultura política que no viene en ningún libro, pero que se inspira en las resistencias y sublevaciones de siglos, en los modos de vivir y de relacionarse con la vida, en tradiciones, pero también en la incorporación de nuevos aprendizajes.
Un primer tema a resaltar se relaciona con las pirámides. Vemos que cada vez que los imperios atacan, lo primero que buscan es descabezar pirámides. El antropólogo Pierre Clastres observó que los pueblos de tierras bajas resistieron la conquista de mejor manera que los que formaron grandes imperios con altos dignatarios.
El debate que nos proponen los zapatistas sobre las pirámides, la amplia y profunda reorganización de su autonomía, creo que se relaciona tanto con la resistencia a la tormenta como con la certeza de que reproducen la opresión, como lo escenificaron en el semillero de Morelia en agosto pasado. Si no construimos pirámides, no nos pueden descabezar. Esa es la otra lección que necesitamos aprender.
Un segundo tema es el modo de enfrentar a quienes nos quieren destruir. En la vieja cultura política, se trataba de responder a cada agresión de arriba, enfrentar la guerra de los poderosos con la guerra revolucionaria, en una simetría que mostró sus limitaciones. No se trata de que no queramos pelear, sino que vamos a hacerlo de otros modos, de manera que aseguremos la sobrevivencia de los pueblos.
En esta lógica no hay triunfos ni derrotas, no hay entradas victoriosas a los palacios del poder, sino otra cosa: seguir siendo lo que somos, para lo cual necesitamos resistir construyendo nuestros mundos, que es uno de los modos de condensar la rebeldía que nos inspira.
Sobre cómo resistir, hay mucho para aprender. Días atrás celebramos la tremenda victoria de 14 pueblos amazónicos contra la privatización de tres grandes ríos, resistiendo a la multinacional Cargill y al gobierno de Brasilia. La pregunta que deberíamos formularnos es: ¿estamos dispuestos a aprender de los pueblos o seguimos creyendo que son las vanguardias y los partidos de izquierda las únicas alternativas?












