Opinión
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Cuba y el imperio
E

l magnicidio del líder supremo de Irán, el ayatollah Ali Jamenei, y el uso sistemático de la perfidia y la traición como estratagemas bélicas prohibidas por los Convenios de Ginebra de 1977 contra un Estado soberano miembro de la Organización de las Naciones Unidas, perpetrados este fin de semana por los genocidas criminales de guerra Donald Trump y Benjamin Netanyahu al frente del MAGA/sionismo expansionista en curso, arroja graves riesgos existenciales para Cuba, en el Gran Caribe, considerado históricamente el mare nostrum del imperialismo estadunidense.

Trump miente cuando dice que su secretario de Estado, Marco Rubio, lleva a cabo “negociaciones secretas” con actores dentro de la isla (los native assets en la jerga de los servicios de inteligencia) tendentes a un “cambio de régimen” y una “transición” coaccionada. El 29 de enero firmó una orden ejecutiva que considera que “las políticas, prácticas y acciones del gobierno de Cuba amenazan directamente la seguridad nacional y la política exterior den Estados Unidos”. En medio de la descomunal asimetría entre Estados Unidos, una superpotencia militar nuclear que actúa sin contrapesos al margen del derecho internacional y con total impunidad, y una isla de apenas 10 millones de personas sometidas a medidas coercitivas unilaterales ilegales y un castigo colectivo de más de 60 años, la orden ejecutiva, junto con el recrudecimiento de la guerra económica y el actual cerco militar naval petrolero −que representa una escalada sin precedentes− fue seguida de distintos ultimátums dirigidos a la capitulación o rendición perentoria de las autoridades cubanas, signados por campañas de intoxicación desinformativa propias de las guerras híbrida y cognitiva, y eventuales operaciones encubiertas de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) y el Pentágono.

Envalentonado por las decapitaciones de Jamenei y varios mandos militares, precedidas por la del icónico general persa Qasem Soleimani; el liderazgo de Hezbollah en Líbano y de científicos nucleares iraníes, sumado a la agresión militar y el secuestro del presidente constitucional de Venezuela, Nicolás Maduro, en enero, Trump podría verse tentado a consumar por la fuerza militar lo que no han podido 12 sucesivas administraciones demócratas y republicanas (Eisenhower, Kennedy, Nixon, Ford, Carter, Reagan, Bush, Clinton, Bush Jr, Obama, Trump y Biden): terminar con una “amenaza” a 90 millas del imperio a la que no se le perdona el delito de la insumisión.

Entre los escenarios posibles, si bien Estados Unidos ha demostrado tener la capacidad logística y la voluntad política para ejecutar diversos tipos de intervenciones en el orbe, es poco probable una invasión a gran escala con tropas sobre el terreno debido a los costos políticos y humanos. Pero sí podría realizar una operación militar limitada, de tipo comando o un golpe quirúrgico. Según el analista cubano Raúl A. Capote, las variables más probables podrían ser intentar un golpe aéreo sorpresivo masivo con el fin de destruir infraestructura crítica, centros de mando y comunicaciones, centros urbanos densamente poblados para causar “conmoción y pavor” en la isla o un ataque limitado (quirúrgico) con el objetivo de asesinar (decapitar) a la máxima dirección del gobierno cubano y de sus fuerzas armadas.

Sin embargo, cualquiera de esas variables podrían terminar en un desastre para la Casa Blanca. El gobierno y pueblo cubano han demostrado histórica resiliencia ante sanciones y agresiones. Entre los factores que diferencian radicalmente a Cuba de otros países se encuentra la estructura del Estado con base en una dirección colectiva, con alta participación popular, lo que dificultaría a Washington imponer un “gobierno paralelo” cipayo. Además, las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) tienen una integración económica, política y popular muy profunda, y cuentan con una gran tradición de lucha, experiencia de combate en varias regiones del mundo y alta calificación. Un quiebre interno o situaciones de deserción masiva es muy poco probable.

El Pentágono sabe que Cuba ha preparado durante décadas a la población según la doctrina militar de “Guerra de Todo el Pueblo”, concepto disuasivo ideado hace 40 años por Fidel Castro ante un potencial enfrentamiento asimétrico con Estados Unidos. Dicha doctrina concibe el despliegue de “focos de resistencia” basados en milicias populares en cada municipio y en la implicación de “mujeres, mayores, niños y adolescentes” en tareas de apoyo y logística desde la retaguardia, en las llamadas “unidades de producción y defensa”; no busca tanto repeler una invasión estadunidense como hacer terriblemente onerosa la factura militar, económica y humana de una ocupación.

Por lo que en lugar de marines desembarcando en la isla, el escenario apunta a una intensificación de la guerra multiforme de carácter no convencional, con eje en la asfixia financiera total, profundizando el bloqueo para forzar un colapso del sistema de servicios básicos (electricidad y agua), donde la agresión militar podría disfrazarse. Si ocurre una crisis sanitaria o alimentaria extrema, Estados Unidos podría intentar establecer un “corredor humanitario” o una “zona de exclusión”, lo cual sería una entrada militar técnica sin ser una invasión total declarada. En otra variable, Estados Unidos podría intentar usar canales traseros ( backchannels) −posiblemente mediante intermediarios como Noruega, México o el Vaticano− para ofrecer una salida negociada si Cuba facilita una transición o una reforma profunda.

De consumarse una agresión a la isla, seguirían después otros países del área. Defender hoy a Cuba es defender a la humanidad; la solidaridad con la resistencia cubana, su pueblo revolucionario y sus instituciones no es sólo un imperativo moral, sino esencialmente vital.