al como lo hemos venido advirtiendo desde hace cuatro años, y con mayor acento desde el año pasado, la guerra ya está aquí, cubriendo una gran parte del orbe y amenazando con desbordarse hacia una tercera conflagración mundial, ahora con un potencial inmensamente más letal y fulminante. Hubiéramos querido equivocarnos. Desafortunadamente no fue así. La vida en la Tierra nuevamente está en riesgo, prendida de alfileres.
Primero fue la guerra Rusia-Ucrania, calculada para meses y ya extendida por 4 años, con cerca de 500 mil muertos y 2 millones de bajas (Center for Strategic and International Studies); después, la guerra Israel-Hamas, en la franja de Gaza, que devastó a gran parte del pueblo palestino, y hoy en un armisticio precario, sin acuerdos de fondo para una paz estable, sin la premisa dos pueblos, dos soberanías, dos patrias; más tarde, la amenaza de reactivarse y potenciarse la controversia histórica China-Taiwán; después, la incursión unilateral en Venezuela, sin apelar a ningún instrumento del derecho internacional; y Cuba asomándose en el horizonte.
Ahora, el bombardeo de Estados Unidos e Israel sobre objetivos estratégicos de Irán, que en una primera etapa dejó un saldo de más de 200 muertos y más de 700 heridos. Entre los fallecidos figura el líder supremo iraní, el Ayatolah Alí Jamenei.
Según los expertos de geopolítica mundial, desafortunadamente las consecuencias de este ataque serán graves y replicadas para la región, pero también para el resto del mundo. Irán ya ha tomado represalias atacando bases estadunidenses en Kuwait, Qatar, los Emiratos Árabes Unidos y Baréin. Ya están apareciendo los primeros informes de víctimas, y parece poco probable que Irán se contenga. Está claro que la República Islámica de Irán, heredera del imperio persa, no se quedará pasiva y escalará el conflicto, un escenario que a nadie conviene. La mayoría de analistas pone el acento en los efectos previsibles en la economía global; para mí el riesgo es mucho mayor: si no priva la cordura y la responsabilidad compartida, está en juego la sobrevivencia del ser humano.
Las guerras que estamos observando en el mundo no son acciones aisladas ni casuales.Todo está concatenado, con múltiples vasos comunicantes. Hay un nuevo orden mundial, o más propiamente, un nuevo desorden mundial. Los más añejos paradigmas han caído, las viejas certezas ya no existen. Todo está a sometido a revisión. Todo es objeto de demolición y de reconstrucción, bajo premisas diametralmente opuestas.
El equilibrio planetario bipolar de la posguerra, tenso pero estable y predecible, ha quedado sepultado. También el mundo multilateral, posterior a la caída del Muro de Berlín, un mundo de varios bloques autocontenidos, con un árbitro legítimo y relativamente eficaz, está diluido, si bien no formalmente desaparecido. Hoy lo que rige es la ley del más fuerte.
El denominador común es que el entramado de principios, leyes e instituciones creadas por la comunidad de naciones en 1945 y años subsecuentes, luego de una conflagración que cegó más de 80 millones de vidas, ha perdido vigencia. Sobre todo, ha perdido vigencia práctica el artículo 2.4 de la Carta de la ONU, que prescribe: “Los miembros de la organización, en sus relaciones internacionales, se abstendrán de recurrir a la amenaza o el uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier Estado, o en cualquier otra forma incompatible con los propósitos de la ONU.”
Hoy esa norma fundamental ha perdido toda fuerza vinculatoria. Las potencias militares reclaman territorios y ponen el pie en otros países con el único, llano y desnudo argumento de la fuerza: intervienen porque fácticamente pueden hacerlo. La voluntad personal y la moral individual de los líderes mundiales son el único criterio y freno.
No hacen falta razones jurídicas ni materiales para atacar a otro país. Sólo para citar un ejemplo: una investigación de The New York Times reveló que los tres principales argumentos de la narrativa oficial para atacar Irán carecen de pruebas contundentes: el reinicio del programa nuclear iraní, la capacidad inmediata de fabricar una bomba nuclear y la amenaza inminente de misiles de largo alcance. Pero no se trata de condenar ni de descalificar a priori la postura de nadie. Todos actúan como estiman pertinente y apelando a sus intereses nacionales. Lo importante es sumar fuerzas por el restablecimiento de la concordia global. Que los líderes del orbe usen la inteligencia para construir un mundo más habitable, más sustentable, más próspero, más justo y más seguro, no para demoler los cimientos de la paz y la civilización, y mucho menos para aniquilar la vida en la Tierra.
En una tercera conflagración mundial, con el arsenal letal de ahora, no habría vencedores ni vencidos. Todos perderían, o más propiamente todos los seres humanos, y aún todos los seres vivos, pagaríamos los costos de una irracionalidad replicada que todavía puede permutarse por diálogo, civilidad, tolerancia, altura de miras, principios torales para la construcción de una paz mundial estable, cierta y con bases firmes.











