Opinión
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Desde el otro lado

Premio Nobel en ficción

E

l martes pasado, Donald Trump pronunció su informe sobre el Estado de la Nación. El discurso no fue muy diferente al de la mayoría de estos actos rituales, las mismas autoalabanzas y los mismos interminables aplausos de quienes pertenecen al mismo partido del presidente en turno. Hay, sin embargo, dos diferencias: el incremento en el número de mentiras y falsedades que el presidente mencionó y el insólito llamado al pueblo iraní a derrocar el régimen dictatorial encabezado por el ayatollah Khomeni. El diario The Guardian incluso fue más allá al referirse sarcásticamente al discurso: merecedor al Premio Nobel en ficción. La página FactCheck.org, entre otras, ofrece información precisa sobre las falsedades y verdades a medias del discurso. La cuestión económica parece estar en el eje de sus frustraciones. El presidente dijo que “hace 12 meses heredó una economía en crisis, en franco receso y con una inflación sin precedente”. El desmentido vino de la revista The Economist, cuando publicó que el presidente Biden, antecesor de Trump, concluyó su mandato con una economía que era la envidia del mundo, después de superar la crisis ocasionada por la pandemia. Hoy, seis de 10 estadunidenses están frustrados y consideran que su situación es peor que hace un año. (NPR-PBS News-Marist poll.) Otro de sus grandes fracasos tiene origen en la decisión de la Suprema Corte de cancelar los arbitrarios aranceles que sin ton ni son impuso a las importaciones de Estados Unidos. En referencia a su política exterior, repitió que en los primeros 10 meses de su gobierno acabó con ocho guerras. Pero incluso en los conflictos armados en los que ha sido mediador entre Israel y Palestina, y entre Ucrania y Rusia, no ha sido posible consolidar un proceso de paz duradera. Lo más significativo en estos momentos es su decisión de atacar Irán. Al contrario de las propias fuentes de inteligencia estadunidense, esa nación está muy lejos de consolidar el programa de misiles que pongan en peligro el suelo estadunidense; sin embargo, fue el argumento que utilizó el presidente para atacar esa nación. La pregunta que se hacen comentaristas y legisladores es ¿por qué en este momento decide iniciar una guerra, cuyo fin nadie sabe cuál será? La respuesta pudiera ser la desesperación por la caída en picada de su popularidad. De continuar esa tendencia, pareciera que la estrategia es distraer la atención mediante golpes espectaculares. Entre ellos: la deposición de Maduro en Venezuela; el ataque a Irán; el posible ataque a Groenlandia o Cuba; su intención de posponer las elecciones; la orden a su procuradora para que rebele otros miles de expedientes del caso Epstein, en los que por supuesto él no aparecerá; y, súmele usted.