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“Han enfermado a la ópera”, dice Cristina Ortega, soprano que soñó ser Cyd Charisse

La cantante, con más de 60 años de actividad profesional, recibirá un homenaje en la Fonoteca Nacional

 
Periódico La Jornada
Lunes 2 de marzo de 2026, p. 2

Maravillada por el cine y los musicales estadunidenses de mediados del siglo XX, Cristina Ortega decidió hacerse bailarina. Soñaba con emular a Cyd Charisse, una de las danzantes y actrices de esa industria más famosas en aquellos años. En particular, le atraía el ballet.

Así comenzó sus estudios en la Escuela Nacional de Danza y la academia Andrés Soler. Quién le diría que el destino, pero sobre todo el amor –como a tantos otros–, le tenían deparado otro camino. Bueno, eso y una lesión en la pierna. “Se me dislocó la rodilla, de lo cual ya nunca quedé igual”, cuenta sin amargura.

Corrían los albores de la segunda mitad de la pasada centuria y aquella jovencita se enamoró de un compañero de secundaria de “voz preciosa”. Fiel a ese don, él decidió hacerse cantante e ingresó al Conservatorio Nacional.

Cristina lo acompañaba siempre a clases, hasta que un día el cantante Ángel R. Esquivel –uno de los más insignes maestros mexicanos de la especialidad– le preguntó si sabía cantar y le pidió que lo hiciera. “Yo no tenía voz, el maestro me la hizo”, reconoce. Durante ocho años, recuerda, Esquivel moldeó su técnica y la formó musicalmente, al lado de la gran mezzosoprano Fanny Anitúa.

Tal episodio fue el punto de quiebre en su vida: el germen de su carrera de cantante de ópera, en la que se ha consolidado como una de las más destacadas sopranos de México en más de 60 años de actividad profesional.

“Comencé a cantar en 1964. ¿Qué si ha valido la pena? ¡Claro que sí! Es lo mismo que si bailara El lago de los cisnes y que el teatro se viniera abajo en aplausos por los solos, nada más que me tocó con el canto.”

La maestra recibe a La Jornada en su amplio y luminoso departamento en Polanco. Sus expresivos ojos no dejan de sonreír durante más de una hora de charla. Es inocultable la emoción por el homenaje que le rendirá este 5 de marzo la Fonoteca Nacional.

En ese acto participarán los cantantes María Luisa Tamez y Héctor Sosa, además de Miguel Salinas y la homenajeada. La cita es a las 19 horas en Francisco Sosa 383, barrio de Santa Catarina, Coyoacán. Entrada libre.

“Quiero agradecer a esa institución, orgullo de México, que guarda la historia del arte lírico del país para que no se pierda en la nada, que me conceda su sede para celebrar lo que he podido aportar para la música de México. Ha sido para mí un orgullo y agradezco a la vida poder haber hecho algo que se puede comprobar y que puede atestiguar el gran amor y el gran motivo que me ha concedido la vida.”

Vital y alegre, en nada se advierte que en septiembre la soprano sufrió un accidente cerebrovascular. Las secuelas son apenas perceptibles: una ligera falta de movilidad en su pierna derecha. En términos más orgánicos, refiere que la pérdida de registro vocal la ha obligado a dejar de cantar, por ahora.

Aun así, agradece a Dios seguir con vida. Su actual prioridad, admite, es dejar todo arreglado para sus hijos, y tener la oportunidad de seguir compartiendo sus enseñanzas con la juventud.

Sembrar en tierra ajena

Como concertista de Bellas Artes, en 1989 Cristina Ortega se avecindó en San Antonio, Texas. Con apoyo de la cónsul, llevó su arte a universidades y escuelas, además de emprender iniciativas de tipo cultural y social.

“Tuve una experiencia bellísima. La comunidad quería sus raíces, su música”, relata y precisa que emprendió proyectos con artistas de España, México, Perú, Colombia y el Caribe.

También rescató la tradición de las posadas: las hacían en el río, “era un desastre”. Ella las llevó a un espacio cerrado. Y desde entonces, cada año se repite esa experiencia. “Me siento feliz de haber dejado una semillita”.

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▲ La cantante mexicana Cristina Ortega durante la entrevista con La Jornada. Foto Germán Canseco

En 2014, con motivo de sus 50 años de carrera, la soprano regresó de forma temporal a México para recibir un homenaje en el Palacio de Bellas Artes. “Muchos decían que ya me había muerto”, rememora, “pero no cabía la gente en el teatro, se peleaban por entrar. Me sentí emocionada de estar allí otra vez después de tanta ausencia”.

Su regreso definitivo al país fue en 2020, por “el virus”. Prefiere no llamarle covid, porque “es una forma de invocarlo”. Tras 30 años en el extranjero, se encontró con “un país completamente distinto”.

Desde la perspectiva de su larga trayectoria, Cristina Ortega observa con preocupación el rumbo actual de la ópera. “Ahora tratan de hacerla como les da la gana, como se les ocurre, porque no la entienden. Lo peor es que lo hacen en el mundo, y siempre con un sentido en el que todo debe tener algo sexual. Han enfermado a la ópera. Se tiene que ir a verla tal cual es”.

Considera que, con el afán de innovarla, no se respeta la esencia del género. “Es una profanación. Si en realidad te gusta la ópera, te gusta como es; si no, la dejamos en paz. Pero la hacemos porque tiene que existir, porque es la historia, y ésta no puede ser borrada”.

Pujar como Bad Bunny

Uno de sus principales desacuerdos es que los montajes descontextualicen la historia y la esencia de los títulos. Subraya que la principal atracción de la ópera está en la música y las voces –“queremos oír buenos cantantes y buena música”–, y asegura que lo que el público desea escuchar y ver es aquello que cada título ofrece de forma original.

“Es como ir a Notre Dame, las pirámides de Egipto o a cualquiera de los grandes templos de la antigüedad y encontrar bailarinas con poca ropa haciendo esas coreografías que son todas tan iguales y procaces. ¿Por qué tendríamos que permitir eso? Todo tiene su lugar, su época, y lo vamos a respetar, conocer y gozar con su pureza, por lo que es.”

Para ella, la voz es un instrumento ilimitado: “permite hacer cosas maravillosas, aunque muchos creen que tenemos que hacer lo que el señor conejo de Puerto Rico –dice en referencia a Bad Bunny–, que nada más es pujar en el baño. No puede ser, ¿verdad?”

Entre los montajes y papeles memorables que ha protagonizado, Cristina Ortega guarda especial cariño por La Traviata, Manon y Lucia di Lammermoor, siendo este último su favorito.

La maestra recuerda que los inicios de su carrera fueron como solista de la Orquesta Típica de la Ciudad de México, bajo la guía de Ignacio Fernández Esperón, Tata Nacho, con quien tuvo la fortuna de interpretar canciones finas mexicanas y populares.

Para nada hace “el feo” al repertorio popular; incluso, reconoce la importancia de Miguel Aceves Mejía en su decisión de dedicarse al canto. “Hasta la fecha me encantan y sorprenden sus falsetes; yo quería hacer lo mismo”.

–¿Se asume diva?

–Ahora cualquier impertinente puede llamarse diva, porque se ha banalizado el término y le ponen diva a todo. Serlo no es una cuestión de actitud, caprichos o fama vacía; se requiere de excelencia artística demostrada. La diva auténtica es aquella que se define por sus logros probados, realizados y comprobados, por culminar obras dificilísimas a la perfección y alcanzar un nivel máximo en su arte. El aplauso en ese momento supremo es algo que no se cambia por nada.