Opinión
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¿La fiesta en paz?

Agudeza de una crítica de arte // Evocación de un puntillero excepcional // Tradición de 500 años a merced de secuestradores impunes

D

ebra Porter Twardowski es una escritora, inteligente y sensible crítica de arte, radicada en California, que al mirar unas tintas taurinas del artista de Saltillo Antonio Rodríguez, escribió: “Esto se siente más como memoria que como imagen. No es la corrida como se ve, sino como se queda dentro después. El movimiento volviéndose sombra, la luz rompiéndose y no regresando igual. Hay violencia, sí, pero también hay duelo.

“Lo que más me impacta es cómo dejas que la forma se rompa sin perder sentido. No desaparecen las figuras, se transforman en sensación: polvo, impacto, respiración, silencio. Es como si la corrida pasara por un espejo y saliera distinta, más callada, más pesada, más honesta.

“Aquí hay desgarro. No un drama teatral, sino el que vive dentro de la belleza misma. El que hace que la corrida deje de ser espectáculo y se vuelva algo más cercano al destino rozando la carne y la luz.”

Luis del Pozo, seguramente el último cachetero en apuntillar a la ballestilla, espectacular suerte hoy en desuso en la que la puntilla se arroja a distancia, comparte esta sentida evocación: “El toreo ha vivido conmigo desde siempre, desde que era muy joven. No era sólo una afición, sino una forma de sentir, de estar presente y de entender la vida. En los años 60, organizaba festivales taurinos en el cortijo La Movida, en Tacuba, en la Ciudad de México. Alquilaba la plaza, llevaba las vaquillas e invitaba a varios amigos. Eran fines de semana en los que lo pasábamos muy bien.

“Siempre me ha gustado aprender, aprender a través de ver cómo se hacen las cosas, aprender en silencio. Así que, sin pensarlo demasiado, me atrevía a bajar al ruedo. Dentro de mí solo existía una voz que me decía: ‘¿Por qué no?’

“Tomaba el capote y daba unos pases, con el corazón latiendo fuerte. En ese momento, todo se detenía. Nunca me he quedado con las ganas de nada. Y aquellas veces, como tantas otras en mi vida, elegí sentir, elegí vivir”, remata Luis.

En la reciente charla-conversatorio “Tauromaquia de México, tradición secuestrada”, entre otras cosas decía que secuestro es retención, rapto, apropiación, engaño, aislamiento. Y que secuestrador es plagiario, estafador, impostor, falsificador, infractor. Ello ha caracterizado la antojadiza gestión taurina de los Bailleres en las principales plazas del país desde hace seis décadas y así fueron los autorregulados 23 años de los Alemán en la Monumental Plaza México, hoy plaza muerta hasta nuevo aviso. No obstante que ambas familias poseen fortunas de varios miles de millones de dólares, nunca se reflejaron en su mezquina oferta.

Durante la administración pasada continuó la discrecionalidad hacia el monopolio taurino y en marzo de 2025 el gobierno de la capital, con el apoyo unánime de los legisladores trepadores del dócil Congreso de la Ciudad de México, decidió prohibir, en vez de tutelar, una tradición tauromáquica de 500 años. Tutelar ha sido una de las graves omisiones de sucesivos gobiernos –escoja partido–, pues significa custodiar, proteger, defender, amparar.

Exhibiendo inexcusablefalta de información y de oficiopolítico y sin tomar en cuenta la opinión de los sectores directamente afectados, estos protectores de mascotas decidieron proteger también al toro de lidia, evitando que “sufra” en la plaza, pues siempre ha sido más fácil prohibir que conocer y valorar. Añádase la cortedad de taurinos y aficionados para responder con argumentos enérgicosy se tendrá el cuadro de un gesto más en favor del pensamiento único anglosajón, que simula proteger unas cuantas especies mientras explota millones de otras.