sí solemos referirnos a la flota que por más de dos siglos y medio –entre 1565 a 1815– unió a Acapulco y Manila. También se le conoce como La Nao de China. La importante ruta marítima no sólo fue una vía comercial, también fue un vínculo que tejió relaciones económicas, sociales, políticas y espirituales, forjando un legado entre México y Filipinas. Sin duda, este acontecimiento histórico propició la primera globalización del comercio mundial.
Ahora, el Colegio de San Ildefonso ofrece una mirada a esa red de intercambios que transformaron la vida en ambas orillas del Pacífico en la exposición El Galeón de Acapulco-Manila: Somos Pacífico.
La muestra está dividida en siete núcleos temáticos ordenados cronológicamente: Somos Pacífico, La construcción del Pacífico mexicano, La primera ruta comercial, Misión Hasekura, El fin de los galeones, Tropical y El Pacífico hoy.
La exposición se presenta en el marco de la conmemoración de los 50 años de la cooperación bilateral, académica y cultural tras el establecimiento de relaciones diplomáticas entre México y Singapur. Nuevas alianzas se han construido entre ambos países que fortalecen la investigación, la creación artística y la circulación del conocimiento. Nos recuerda que el Pacífico sigue siendo un territorio vivo de colaboración y entendimiento.
Podemos apreciar más de 300 piezas que incluyen mapas, cerámicas, textiles, objetos de navegación y obras de arte provenientes de acervos nacionales e internacionales, que permiten dimensionar la relación política, económica y social entre ambas regiones del mundo.
Asimismo, se expone la forma en que la vida cotidiana, la devoción, la diplomacia y el comercio se entrelazaron durante siglos de navegación transpacífica y que dejaron huella en los mercados, las lenguas, las prácticas cotidianas, las expresiones artísticas y, por supuesto, en la gastronomía.
No se puede concebir la cocina mexicana sin las especies y la variedad de ingredientes culinarios que llegaron por esa vía de los distintos países asiáticos que los producían. México se volvió un punto de articulación entre continentes y de ese tránsito constante surgió una memoria compartida que aún perdura en ambos territorios.
Entre las obras de arte que se exhiben destacan un arcón con incrustaciones orientales, porcelanas Ming, cofres tallados en marfil y nácar, así como pinturas, textiles y lacas filipinas, entre otras. Este es el origen de muchas de nuestras mejores artesanías; el uso de la seda en los rebozos, abanicos y biombos, los bordados de los trajes de tehuana, la marquetería y talavera poblanas, además de las lacas michoacanas, por mencionar algunas. Aquí podemos ver varios ejemplos de ello, incluido un precioso atuendo antiguo de china poblana.
Se revela cómo la ruta marítima no sólo transportó mercancías, sino personas, saberes y tradiciones. En los astilleros de la Nueva España se construyeron las grandes naves –la mayoría en Filipinas– que cruzaron el océano con tripulaciones diversas que unieron continentes y lenguas. También se muestra una pequeña réplica de un galeón y es impresionante imaginar cómo en esa embarcación realizaban esa travesía tan larga y azarosa, que podía durar hasta seis meses.
Esta hazaña produjo el rico mestizaje cultural y biológico que transformó los paisajes, la gastronomía, así como las expresiones artísticas, y dejó un fructífero legado entre ambos países.
Los galeones transportaban plata mexicana hasta Filipinas, donde comerciantes de China, India, Malaca, Sumatra, Japón, Siam, Camboya y Java la recibían para intercambiarla por porcelanas, biombos, seda, especias, muebles preciosos, marfiles tallados, obras de arte, especias y objetos de uso cotidiano.
En 1815, debido a la situaciones políticas que se vivieron en el virreinato por la guerra de Independencia y en la propia metrópoli española, los viajes del galeón se suspendieron. Sin embargo, la huella perdurable de ese encuentro continúa siendo parte importante de nuestro bagaje cultural. La conexión marítima con Asia se restablecería hasta décadas después, cuando se firmó el Tratado de Amistad, Comercio y Navegación con Japón en 1888.
Para conmemorar ese rencuentro vamos a comer al recién inaugurado restaurante Torobi, de la famosa chef Kazu Kumoto, en avenida Presidente Masaryk 513, Polanco. Sus inicios fueron hace más de tres décadas en un lugarcito en ese mismo barrio que todavía no estaba de moda; no tenía carta, servía lo que encontraba cada día más fresco en el mercado, que solía ser extraordinario. Ahora ofrece un nuevo concepto inspirado en la tradicional parrillada a fuego lento de las mesas coreana y japonesa, donde cada persona cocina carnes y mariscos a su gusto y a su propio ritmo. Además, ofrece sus deliciosos tempuras de vegetales y mixtos, sin faltar los arroces: blanco, frito y bibimbap.











