Economía de la felicidad
inero no significa felicidad. Los ricos no son más felices ni los pobres más infelices. Ésta es la paradoja de Richard Easterlin, economista estadunidense fundador de la economía del bienestar, quien formuló matemáticamente en los años 70 una investigación iniciada en 1938 con estudiantes de Harvard, entre ellos John F. Kennedy, a quienes se sumaron nuevas generaciones.
Después de casi 90 años de seguimiento, el estudio sostiene que la riqueza no determina una vida plena, que la felicidad no llega cuando se compra una casa, se obtiene un ascenso o se adelgaza lo suficiente. El actual responsable del estudio, Robert J. Waldinger, que en coautoría con Marc Shultz, publicó el libro Una buena vida (2023), sugiere que los factores de la felicidad residen en la calidad de las relaciones interpersonales, por lo que hay que dedicar atención a amigos, pareja y familia, además de otorgar importancia al bienestar emocional, la capacidad de escuchar, ayudar, empatizar y resolver conflictos.
Easterlin desafía el lugar común de que dinero es felicidad y encuentra que, si bien el crecimiento económico mejora hasta cierto punto la calidad de vida, no mantiene la felicidad. Identifica, además, que las personas tienden a acostumbrarse a mejorar y a comparar sus riquezas, por lo que, si alguna aumenta su ingreso y todas en su entorno también, se reduce su satisfacción. En los países en desarrollo el dinero puede satisfacer necesidades como salud, educación y seguridad. Pero donde la mayoría tiene cubiertas sus necesidades, la relación entre riqueza y felicidad es más débil, y variables como infancia y propósito de vida cobran mayor relevancia en la felicidad.
Los economistas se han centrado en medir el progreso a través del PIB, asumiendo que a mayor riqueza corresponde siempre más satisfacción, pero la paradoja en cuestión plantea dudas sobre el bienestar como derivada del ingreso, por lo que algunos gobiernos prefieren evolucionar “más allá del PIB” y aumentar la Felicidad Interna Bruta. Los gobiernos de Bután, Dinamarca y Reino Unido han adoptado índices de bienestar como complemento, reconociendo que la felicidad requiere de otras métricas, en salud mental, sostenibilidad ambiental y tiempo libre.
En México sabemos desde Emilio Tuero que el dinero no es la vida, que algún irreverente no se acuerda qué otras cosas hay, y que siempre será mejor llorar en un Ferrari, como decía la Doña.











