Opinión
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Gaza y los desconocidos de siempre
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n la segunda mitad del siglo pasado se exhibía en México la película italiana Los desconocidos de siempre, que mostraba a unos pobres hombres que se convertían en raterillos para tratar de satisfacer sus necesidades vitales. Fracasados en sus vidas y en sus robos, sus imágenes eran las propias de la gente ninguneada, la que no aparece en revistas de espectáculos ni se deja ver en las televisoras comerciales. Son los desconocidos de siempre, gente de cuya existencia se ignora casi todo.

Algunos lectores se habrán considerado inexistentes cuando un jefe de oficina los coloca en listas negras sin darles oportunidad de imponerles alguna labor o bien se sienten difuminados por el supremo desdén de una persona que quisieran fuera su pareja sentimental, como en el caso de alguien que canta aquella tonadilla titulada Cien años.

El filósofo Jean Paul Sartre afirmaba que en muchas ocasiones no nos fijamos en las características de un taxista que nos conduce a determinado sitio, o en las propias de un mesero que nos sirve en un restaurante. No son más que máquinas que nos rinden un servicio, los deshumanizamos.

Los miembros de potencias colonizadoras o imperialistas se han apoderado de diversos territorios a través de la historia, proclamando que en ellos sólo existen minorías salvajes que necesitan ser civilizadas o simplemente están deshabitados.

En 1848 el Estado estadunidense se apoderó de más de la mitad del territorio mexicano y sus funcionarios alegaban que en tal sitio no se encontraba ninguna especie de habitantes, cuando en realidad existía una población considerable de mexicanos, españoles y diversos grupos étnicos indígenas.

Los dictadores y déspotas de todo género, tiranos y reyezuelos, así como las gentes muy arropadas en el narcisismo, procuran mandar al reino de lo invisible a quienes no comparten sus intereses o son sus críticos y adversarios. Incluso invisibilizan a personas que ejercen sus críticas constructivas tratando de auxiliar a los déspotas para que no sigan dando pena en sus pobres desempeños. Cuando la indolencia ante los diferentes llega a su máximo, se puede arribar a la ejecución de diversos genocidios.

En el terreno de las ideas ,también se ha procurado desaparecer a seres considerados molestos por sus actividades impugnadoras o revolucionarias. Así, por ejemplo, cuando visité la Unión Soviética en 1978 me encontré con que muchos jóvenes y un buen conjunto de gentes mayores no sabían quién era León Trotsky, pese a que éste había sido el principal caudillo de la revolución rusa después de Vladimir I. Lenin. En México, durante muchos años se ignoró la existencia de Ricardo Flores Magón o de Valentín Campa.

En el caso de los grupos étnicos indígenas y de las mujeres en general, el caso es patético: se ocultan sus grandes aportes en los campos de invenciones y descubrimientos y sus contribuciones a la cultura universal.

Se ha llegado al extremo de negar la existencia de catástrofes humanitarias como el genocidio de los armenios por parte del Estado turco en 1915 y todavía hay gentes que niegan el holocausto cometido por los nazis.

La ex ministra del Estado de Israel Golda Meir declaró en los años 70 que el pueblo palestino no existía; en realidad no hacía más que expresar un perverso deseo de muchos de los gobernantes del Estado que ella comandó por un tiempo. Desde 1948, el Estado israelí ha ejercido un terrorismo contra la población palestina, proceso que ha provocado enormes éxodos de esa población y muertes de muchos de sus componentes por acciones armadas, por discriminación y racismo o por despotismo autoritario.

El señor Benjamin Netanyahu, actual primer ministro de Israel, principal autor de un genocidio contra la población palestina en la franja de Gaza, en el cual ha contado con el apoyo del presidente de Estados Unidos, debe estar muy contento porque ya cuenta con un arma letal para, de ser posible, hacer desaparecer a todos los palestinos y que no quede de ellos ni el recuerdo. Se trata de arrojar sobre esa martirizada población las bombas termobáricas que en su explosión llegan a tener hasta 3 mil 500 grados y que al entrar en contacto con el cuerpo de sus víctimas los hacen desaparecer por completo.

Adicionalmente, en artículos posteriores podremos mencionar otras armas letales cuyo empleo está prohibido y debe evitarse a como dé lugar su utilización. De no ser así, todos los pueblos del planeta estarán en peligro potencial de ser víctimas de genocidios y, entre otras cosas, recordemos que en Estados Unidos existen supremacistas que no sólo reclaman las deportaciones de nuestros compatriotas, sino incluso su aniquilación.

* DEAS-INAH