Opinión
Ver día anteriorDomingo 1º de marzo de 2026Ediciones anteriores
Servicio Sindicado RSS
 
Trump y Netanyahu: guerra sin fin
T

eherán confirmó ayer que el líder supremo del país, el ayatollah Alí Jamenei, fue asesinado por Estados Unidos e Israel en el transcurso de los bombardeos contra ciudades e instalaciones militares de la república islámica. De momento es imposible establecer cifras de bajas, pero se sabe que los ataques están dirigidos a aniquilar por completo al gobierno iraní y que ya han dejado centenares de víctimas civiles.

Casi cada enunciado es una mentira. Irán renunció a sus ambiciones nucleares hace más de una década, al firmar con Estados Unidos, China, Francia, Rusia, Reino Unido, Alemania y la Unión Europea el Plan de Acción Integral Conjunto, por el cual se comprometió a eliminar sus reservas de uranio enriquecido medio, disminuir sus reservas de uranio enriquecido bajo un 98 por ciento, reducir en dos tercios sus centrifugadoras de gas durante 13 años y no construir ningún reactor nuclear nuevo de agua pesada en el mismo lapso. El cumplimiento del acuerdo fue verificado de manera exitosa por el Organismo Internacional de Energía Atómica (OEIA) hasta 2018, cuando Trump lo dinamitó y restableció sanciones ilegales e inhumanas contra Irán en consonancia con su agenda de apoyo irrestricto al sionismo.

Hace apenas medio año, tras otra serie de bombardeos, el magnate aseguró –y amenazó a quienes se atrevieran a cuestionar sus aseveraciones– que, gracias a su determinación, el programa nuclear iraní había sido completamente eliminado y que llevaría años cualquier intento de retomarlo. Pero no es necesario remontarse meses ni años para constatar que los bombardeos se habrían llevado a cabo sin importar lo que hicieran los iraníes: unas horas antes del inicio de los ataques, el ministro de Exteriores de Omán, Badr al Busaidi, anunció que Irán aceptó concesiones inéditas para avanzar las negociaciones que tenían lugar en Ginebra, por lo que el acuerdo estaba finalmente al alcance. Tras desatarse las hostilidades, Al Busaidi, cuyo país fungía como mediador entre Washington y Teherán, se dijo consternado porque “una vez más, unas negociaciones activas y serias se han visto socavadas”, e instó a Estados Unidos a no dejarse arrastrar más a una guerra que no es suya, en evidente referencia a que el único actor interesado en este baño de sangre es el régimen de Benjamin Netanyahu.

El propio magnate borró la credibilidad del argumento de las armas nucleares y los misiles de largo alcance (burdo reciclaje del bulo de las “armas de destrucción masiva” usado para invadir Irak en 2003) al llamar a la sociedad persa a aprovechar la “fuerza abrumadora y el poder devastador” de Estados Unidos para derrocar a su gobierno y tomar el poder. Por último, es inevitable notar que la escalada se produce meses antes de que Trump y Netanyahu encaren elecciones complicadas, en las que el primero se juega la posibilidad de transitar sin sobresaltos el resto de su mandato, y el segundo la de mantener alejadas las investigaciones judiciales que lo agobian. Así, el régimen sionista y su aliado incondicional llevan hasta Persia una de las tradiciones más siniestras de la política israelí: masacrar musulmanes cada vez que se aproxima una elección.

Como denunció el senador estadunidense Bernie Sanders, Trump lanzó un ataque “ilegal, premeditado e inconstitucional” para cumplir la ambición de Netanyahu, “que ha perdurado durante décadas, de arrastrar a Estados Unidos a un conflicto armado con Irán”. Como en toda guerra, es imposible saber cómo terminará, pero puede darse por descontado que el Medio Oriente resultante no será más seguro, más pacífico ni más justo.