Opinión
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¿Y ahora, qué sigue?
L

os operativos militares del pasado fin de semana constituyen una victoria militar y política. Militar, para el Ejército Mexicano y la Guardia Nacional. Política, para la presidenta Claudia Sheinbaum.

Los sesgos. Ni toda la tinta que se ha gastado denostando al gobierno ni todas las voces que han proferido mentiras ni todas las trampas criminales que inventaron eventos para ampliar la sensación de un país a la deriva pueden ocultar tres hechos decisivos: un golpe seco a la cabeza del grupo criminal más poderoso, un operativo conducido por las fuerzas armadas mexicanas –con el apoyo clave de la inteligencia estadunidense–, y una decisión política que rompe la inercia desde el sexenio peñista de abdicar de una estrategia ofensiva para enfrentar la ocupación territorial del crimen. La respuesta criminal fue devastadora y amplia en el país como propaganda armada del cártel.

El principio del fin. Quisiera entender la operación en Tapalpa como el inicio de una visión que en sus grandes líneas ha sido esbozada por el gobierno federal. Percibo tres grandes tendencias. La primera es una estrategia político-militar con el fin de enfrentar directamente al crimen organizado conducida por las fuerzas armadas.

La segunda, derivada de acciones como la Operación Enjambre, que busca debilitar los núcleos locales del poder criminal que atrapa o amedrenta a los poderes locales constituidos, y dirigida por la Secretaría de Seguridad federal.

La tercera, la más borrosa y errática, es la lucha contra la impunidad de autoridades gubernamentales y fuerzas políticas coludidas y en contubernio con el crimen organizado. Las tres son decisivas y deben ser simultáneas para tener éxito en la erradicación del crimen.

Pensar con nuevas miradas . Para tener éxito hay que poner de cabeza las estrategias que se han seguido hasta el momento para enfrentar al crimen organizado.

Centralización militar y de inteligencia, pero descentralización en la reconstrucción institucional local.

Estrategia integral de desmantelamiento criminal, pero en tres velocidades: la reconstrucción institucional local que llevará más de dos sexenios, la desarticulación militar del cártel que debe tener la máxima prioridad, y el fin a la impunidad de políticos y agentes gubernamentales copados por el cártel, con un horizonte de este sexenio. Recuperar el territorio nacional es el eje de la política de seguridad nacional.

Sociedad y estado. La sociedad organiza para aprovecharse del Estado –y no sólo en lo económico–, para defenderse del Estado y para suplir la ausencia del Estado.

Se organiza en enclaves, en enjambres, desconectados en gran medida. Por otra parte, lo que hereda el nuevo régimen es un Estado desarticulado, con franjas de gobierno colonizadas por diversos grupos de intereses. Una de las consecuencias de lo anterior es la propia incapacidad de implementación de los gobiernos. Por carencia de cuadros experimentados en la administración pública, pero más aún por la falta de personal de campo que entienda y esté comprometido con una idea por más elemental que sea de transformación social.

La reconstrucción. Reconstruir el Estado y la sociedad exige, sobre todo, de un sistema de intermediación política. Ningún Estado puede prescindir de partidos, sindicatos, gremios, asociaciones. La reconstrucción del Estado exige un acuerdo entre las élites económicas y políticas. Casi siempre un acuerdo de élites que rompa con el antiguo statu quo tiene que ser incitado por eventos traumáticos y por coaliciones desde abajo. El elemento aglutinante es la comunidad en un sentido amplio como un conjunto de personas que tienen vínculos más o menos permanentes y fines o propósitos mas o menos comunes que se expresan territorialmente.

En mis siguientes entregas me focalizaré en cada una de las vertientes descritas. Antes, quiero trasmitir mi pésame a la víctimas civiles y militares recientes que se suman a los miles de personas afectadas por los criminales.