Sábado 28 de febrero de 2026, p. a12
La música del filme Hamnet es resultado afortunado de dos vertientes sonoras: composiciones isabelinas y el silencio.
Ambos afluentes forman axis mundi en toda la obra del compositor inglés de origen alemán Max Richter, quien escribió 30 minutos de música para ese filme que dirigió Chloé Zhao y que dura 125 minutos; es decir, que en esa película hay una tercera parte de música y el resto es silencio.
La última frase que escuchamos de labios del actor que interpreta a Hamnet en la obra que se representa, como parte del filme, en el teatro Globo de Londres, es una línea que escribió William Shakespeare, precisamente: “the rest is silence”.
El axis mundi es un concepto mitológico que representa el centro cósmico que une el cielo, la tierra y el inframundo. Es el ombligo del mundo que palpita en las montañas y en los árboles.
En el filme de Chloé Zhao, Agnes Hatthaway, esposa de un actor que interpreta a William Shakespeare, tiene una relación profunda con los árboles y las montañas.
Cuando ambos, Shakespeare y Hatthaway, se conocen, él le narra el mito de Orfeo y Eurídice, que es un relato de amor y pérdida, materia prima del filme.
El soundtrack de la película se puede escuchar en Spotify y en otras plataformas digitales. Consta de 18 cortes titulados, en su mayoría, a partir del vocablo “of”: Of Agnes, Of Orpheus, Of Earth and Heaven, Of the Heart, Of the Sky, Of a Ghost. El resto es igualmente explícito: See Things That Others Don’t, I Was the More Deceived, The Great Globe Itself.
Destaca una pieza encantadora, cantada por un niño y con sintaxis precisamente isabelina y bucólica: My Robin to the Greenwood Did Go.
Max Richter escribió una pieza especial para la escena culminante del filme, que declinó la directora, quien prefirió una de las piezas más conocidas de Max Richter, titulada On the Nature of Daylight y que ha sido utilizada en otros filmes.
El prestigio de Max Richter se consolidó en 2013 con el disco Vivaldi The Four Seasons Recomposed by Max Richter, culminación de un proyecto de la disquera Deutsche Grammophon consistente en encargar a jóvenes compositores, con públicos asiduos cada uno de ellos, para que retrabajaran partituras de autores consagradas, con el propósito de atraer nuevos públicos a la música de concierto.
Max Richter abrió en canal la partitura de Vivaldi de todos tan conocida y, efectivamente, la re escribió nota por nota. El compromiso con el cual realizó ese trabajo es resultado de la fascinación: para él, Las cuatro estaciones de Vivaldi es un gran paisaje que todos conocemos y que nos fascina. El paisaje de lo conocido lo convirtió en el paisaje de lo que está por conocerse: al escucharlo, uno experimenta un estado de fascinación.
El resultado es un puente natural de encantamiento hacia el territorio de la magia fosforescente, hacia el confín de las joyas radiantes que están al alcance de nuestras manos en una dimensión donde el tiempo y el espacio ya no existen.
Esas virtudes están patentes en el filme Hamnet, de Chloé Zhao, y lo están también en la música que para ese propósito creó Max Richter: la magia del bosque, la magia del paisaje, la magia de la naturaleza, todo aquello que algunos pueden ver y los demás no, como indica uno de los títulos de los pasajes de la partitura: See Things that Others Don’t.
El éxito del disco Recomposed by Max Richter: Vivaldi The Four Seasons que alcanzó en su segunda edición, en álbum doble con devedé y una app con furor en redes sociales, fue tal que la disquera Deutsche Grammophon publicó una caja retrospectiva, cuatro cedés, seis bonus tracks, un ensayo escrito por Paul Morley, con el panorama completo de lo que es la música de este compositor, maestro del equilibrio entre la música de concierto y el universo de los sonidos electrónicos.
Richter es un gran orquestador y un gran artífice del sintetizador Moog, una reliquia que sigue siendo una herramienta fenomenal para crear música con conexiones a todos los ámbitos. Los conciertos de Max Richter ocurren con él enfundado en su traje de pingüino al igual que todos los músicos de orquestas sinfónicas, pero con tenis blancos, Converse, con su teclado electrónico y dirigiendo una orquesta de cuerdas clásica.
A mi juicio, su obra maestra es la partitura monumental de ocho horas de duración titulada Sleep, porque está hecha para que la escuchemos mientras dormimos.
Se trata, en palabras del autor, de un experimento para demostrar las maneras en que la música interactúa con nuestros estados de conciencia. Para el estreno de esta obra hubo camas para el público en lugar de sillas.
A efecto de redactar la reseña de esa obra, la escuché dormido y comprobé su poderío.
Además de la música isabelina, pueblan las partituras de Richter elementos que podemos identificar: música ritual, ambient, música drone, white noise, gospel, canción de cuna, trance music.
Todo eso está presente en la música que escribió para el filme Hamnet, cuya acción transcurre en la época de William Shakespeare, a partir de la magnífica novela de Maggie O’Farrell, donde la protagonista es Agnes Hatthaway, quien representa a la esposa de William Shakespeare, Anne Hatthaway, en un juego literario formidable donde nunca es llamado por su nombre el escritor, sino “preceptor de latín”, o simplemente “el marido”.
Toda la novela y en consecuencia todo el filme gira alrededor de Agnes y en consecuencia el compositor creó un lenguaje coral para ella de manera que la historia tuviera siempre ese epicentro personal.
De manera lógica, Richter recurrió de lleno a la música isabelina, que era la que dominaba en la época de Shakespeare y lo hizo con la instrumentación que se usaba en aquel entonces, pero sobre todo su gramática y su sensibilidad, con intensidades sicológicas muy elevadas. Y, milagrosamente, con el uso notable del silencio como elemento primordial del arte de la música.
En eso confluyeron la directora del filme, Chloé Zhao, y el compositor, Max Richter, con la autora de la novela, Maggie O’Farrell, en el uso magistral del silencio:
En el mero inicio de la novela, escribe O’Farrell:
(El niño Hamnet) “Dice hola en voz alta, con entonación interrogante. Lo repite. Luego ladea la cabeza esperando respuesta.
“Nada. Sólo el crujir de las vigas, que se expanden suavemente al sol, el suspiro del aire que pasa por debajo de las puertas de habitación en habitación, el roce de telas y cortinas, el crepitar del fuego, el ruido indefinible de una casa en reposo, sin gente.”
Casi al final de su novela, escribe Maggie O’Farrell:
“Es de noche en la villa. Un silencio negro y profundo se extiende por las calles, alterado sólo por el ululato hueco de un búho llamando a su pareja. Una brisa invisible e insistente se desliza por las calles como un ladrón en busca de una entrada. Juguetea en las copas de los árboles, las inclina hacia un lado, después hacia el otro. Tiembla dentro de la campana de la iglesia y hace vibrar el metal con una nota única, grave.”
Por supuesto que recomiendo la novela Hamnet, de Maggie O’Farrell, es magistral. Igualmente recomiendo la película Hamnet, de Chloé, estremecedora hasta las lágrimas. Así como recomiendo la escucha del disco Hamnet (Original Motion Picture Soundtrack), de Max Richter, que funciona como música pura independientemente de si se ha visto la película.
Por último, pero no la última: novela, filme y soundtrack tienen nombre y apellido: Jessie Buckley, esa actriz extraordinaria. Encarna toda la magia, toda la intensidad, todo el esplendor. La dignidad como esplendor.











