Adriana Camacho y Eli Piña // Piña para la niña
o primero que te seduce en el álbum debut de Piña para la niña son sus envolturas de cartulina y celofán. A estas alturas de la historia, un disco físico se vuelve cada vez más extraño y, por supuesto, más atractivo. Y si a la portada y al booklet les agregamos las fotografías de Rafael Arriaga, sus claroscuros, sus excelentes juegos de luz y sombra, esto se convierte, de entrada, en una verdadera obra de arte objeto.
Luego viene la propuesta musical de dos jóvenes improvisadoras (una que está llegando a los cincuenta y otra que transita apenas por los veintes) que desde el primer instante nos envuelven con la audacia y la belleza de sus trazos. Adriana Camacho, de largo alientos en la escena jazzística, está en contrabajo, voz, ocarinas y efectos; mientras que Eli Piña se hace cargo del sax tenor, la voz y las ocarinas.
El dueto inserta 11 tracks en un ritual de magia pura, con pinceladas (no brochazos) que por momentos muestran atisbos de free jazz y lejanos ecos del swing, aunque en su conjunto se trate de una exquisita ceremonia de música libre, de diálogos y enfrentamientos donde el free no se trompica y mucho menos se descarrila. El sax y el contrabajo conversan con soltura y sinceridad, con inteligencia, sin estridencias; pero nunca con diálogos de facturas simplistas o elementales.
Por momentos pareciera que articulan palabras o que proyectan claras imágenes en tus oídos. Las voces se despliegan en invocaciones de un misticismo provocador, mientras cuerdas y alientos reinventan nuevas formas (valga el pleonasmo) la música visual.
Platicamos un poco con la maestra Adriana Camacho y esto nos dijo:
–Desde un principio hicimos muy buena química. Sólo empezamos a improvisar y siempre nos sorprendemos mucho de los sonidos que sacamos, de esa sinergia; a veces de la quietud, a veces de la estridencia; porque cuando improvisas te dejas ir, hay veces que ni tú controlas lo que pasa, y de tu instrumento sale lo que has tocado, lo que has improvisado, lo que has escuchado, lo que has estudiado. Y a veces… ¡Cámara! Se pone fuerte. Y uno se sorprende mucho.
–Bueno, esto de la estridencia no se da mucho en este disco. La mayor parte de las rutas, o del discurso en este primer disco no son saltos al barranco. Pareciera que hay una conceptualización previa, y que empiezan a improvisar sin trompicarse, con un andar elegante dentro de los cánones del free jazz, si pudiera hablarse de cánones en el free… Bueno, lo que hacen no es propiamente free jazz.
–Exacto. Tenemos tal vez un tinte de free jazz… pero… a veces no soltamos el ritmo. Yo digo que es más improvisación libre. Y sí, realmente partimos de cero. Y sí, hay una diferencia al ser dos mujeres ahí, son otras formas de improvisar. Con los hombres se siente más testosterona. Porque así es lógicamente. Siento que es por eso. Pero todo lo que hacemos es improvisado.
–Te estoy entendiendo que, por cuestiones de testosterona, cuando los hombres hacen improvisación libre son más estridentes y las mujeres son más cautelosas.
–Sí, siento que hay algo de eso, que se siente una energía diferente cuando improviso con hombres y cuando improviso con mujeres. No sé qué sea, pero son otras formas, donde tiene mucho que ver la biología de las personas, las hormonas y todo eso.
Se entiende que los músicos y los productores prefieran ahora la comodidad de un disco digital para presentar sus obras; todo es más barato y más fácil de distribuir (a pesar de los abusos de ciertas plataformas). Pero un fonograma en formato físico es ya, de entrada, un disco de colección.











