Opinión
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Una sensibilidad subterránea
E

xiste una ciudad profunda, escribe Walter Benjamin. Es una vasta geografía de asombros encontrados. Lo que afecta a algunos deja a otros en la indiferencia más incierta. Uno puede afirmar que, en una urbe como la Ciudad de México, siempre hay un público inesperado, un consenso por escriturarse. Pero lo que impresiona dos meses después de la violenta remoción de los perros del Refugio Franciscano por las autoridades citadinas –y el actual curso de las negociaciones– es que se mantenga la resistencia. Las marchas reúnen todavía a cientos de personas. Las pancartas han cambiado: “Regreso de los franciscanitos a casa”. Perros que miran desde las fotografías: algunos ya no están, otros nunca serán encontrados.

¿Qué está ocurriendo en realidad? ¿Qué acontecimiento es éste? La pregunta no es ingenua; tampoco parece pasajera. Es la pregunta que cualquier reflexión con la mínima curiosidad puede hacerse frente a un fenómeno que desborda las categorías habituales con las que entendemos lo político, la empatía y, en cierta manera, una parte de la ética. Porque no se trata simplemente de que a la gente le gusten los perros, su compañía y cercanía: se trata de algo más complejo, más inquietante y, tal vez, más revelador.

Habría acaso que pensar en el tejido subterráneo, no sólo de una afección, sino de una afectación. La distinción entre ambas, patente en la crisis del refugio, reside en cierta conmoción; una suerte de detenimiento, sin saber a ciencia cierta de dónde proviene. Antes que nada, cabría asombrarse de que una parte de la ciudad se asombre. Todo auténtico asombro tiende a interrumpir el curso de la vida cotidiana, que en la ciudad se resume en la permanente movilización en la que cada quien se encuentra ensimismado. El asombro es la primera señal de que ese ensimismamiento ha sido interrumpido.

Hacia fines de enero, la jueza Ana Miriam Yépez ordenó la restitución del predio urbano en disputa a la asociación franciscana. Un golpe impresionante al vínculo entre el Gobierno de la Ciudad de México y las fraccionadoras de terrenos, acaso uno de los negocios más lucrativos y violentos de la actualidad. Pero los hombres y las mujeres de leyes manejan un lenguaje que tiene la virtud de desaparecer en el mismo instante en que ha sido pronunciado, como si fuera una inscripción en el agua. Del desastre y el destino de los animalitos, ni una palabra. La Ciudad de México pretende darlos en adopción; el refugio los quiere de regreso.

Y cabría aquí preguntarse por la misteriosa aura que arropa (y da fuerza) a los franciscanitos. Se ha hablado del animal como máquina, como autómata, como ser sin lenguaje, sin respuesta, sin mundo. Escribe J. Derrida: se ha hablado del animal como “aquello que”, y en ese “aquello” se consume una violencia más antigua que todas las violencias. ¿Pero quién ha hablado a los animales? ¿Quién ha aceptado ser hablado por ellos? ¿Acaso esas voces han empezado a poblar una sensibilidad subterránea?

La ironía es que tocó a un filósofo utilitarista del siglo XVIII trazar los lindes de este comienzo. En un pasaje célebre, Jeremy Bentham propuso desplazar la condición que había trazado hasta entonces la línea de demarcación entre humanos y animales. No se trata de saber si los animales pueden razonar o si pueden hablar; se trata de saber los modos en que transcurre su padecer. Esta propuesta inauguró un giro conceptual y anímico de dimensiones aún no calculables. El sufrimiento no precisa del lenguaje ni de la razón; tampoco requiere saberes o competencia. Es un hecho duro y hosco, y con ello una de las premisas de toda bifurcación ética.

Mientras continúa todo el barrunto de las confesiones inexplicables, los políticos que se rasgan las camisas, la insular radicalidad de las redes sociales, los perros –aislados ahora en la Utopía Canina– no piden nada. Como escribe Wendy González: sólo están. Y en ese estar sin pedir, sin reclamar, sin explicar, hay una dignidad que ninguna ley puede otorgar o quitar; una advertencia esencial. La gente que marcha por los perros del refugio no protesta por una abstracción (léase: los perros). Marchan por Káiser, por Atenea, por un cachorro que quedó desamparado y alguien ayudó a alimentar. Marchan por estos perros, los del refugio, con su pasado, su lugar en la ciudad, su comunidad rota. Y, no obstante, la movilización deviene contagiosa porque singulariza un estado general: una condición específica de vulnerabilidad. Y entre ambas realidades, se abre una tensión imposible de resolver.

No hay que dejarse llevar por un trending topic. Las redes se movilizan. Los políticos se ven obligados a responder. Las marchas exhiben no una situación, sino una estructura… de poder. Todo esto importa, y, sin embargo, no hay que olvidar que también se trata de un espectáculo. Nada más ambivalente que la compasión situada en la esfera del espectador. Sin el espectáculo, imposible hacer pública la devastación del refugio. Pero convertido en una descarga emocional, exime a su llamado de toda responsabilidad civil.