ada parece más frágil que una librería. Basta una orden escrita con tinta burocrática, una madrugada sin testigos, para que un lugar consagrado a las palabras quede vacío. Y, sin embargo, algunas no desaparecen. Permanecen en la memoria de quienes las frecuentaron y en los libros que pasaron de mano en mano como mensajes cifrados, cuando leer era –aunque no se dijera– una forma de resistencia.
Durante la última dictadura militar argentina (1976–1983), la Librería Hernández, fundada en 1956 y ya parte del paisaje cultural porteño, fue perseguida. En 1977 la allanaron y clausuraron. Su fundador, Damián Carlos Hernández, estuvo detenido seis meses y debió exiliarse en Uruguay. Antes de irse, rescató parte de las colecciones que el cierre intentaba borrar.
Tras la clausura, logró reabrir de manera precaria. Regresó en 1983, junto con la democracia. Volvieron entonces no sólo los libros, sino también ciertas palabras y preguntas aplazadas.
Marisu Hernández, hija del fundador, recuerda cada año la fecha del cierre. No fue únicamente el final de un comercio, sino el intento de desarticular un espacio donde las ideas podían sostenerse y fluir sin permiso. Su memoria no se organiza por fechas, sino como se recuerdan los lugares de la infancia: con una intensidad hecha de aromas, voces y gestos mínimos –el polvo sobre los estantes, el sonido de la puerta al abrirse, las conversaciones en voz baja–. Allí no sólo se vendían libros, también se compartían lecturas y se trazaban vínculos en una ciudad vigilada.
En esos estantes convivían Frantz Fanon y Jean-Paul Sartre, Sigmund Freud y Darcy Ribeiro. Había también autores marxistas y críticos, así como las ediciones de Siglo XXI Editores, que en los años 70 circulaban con una intensidad particular. Algunos títulos que luego fueron prohibidos, secuestrados o perseguidos daban cuenta de esa constelación intelectual: Las venas abiertas de América Latina, de Eduardo Galeano; Pedagogía del oprimido, de Paulo Freire; las obras de Karl Marx y Friedrich Engels; El Estado y la revolución, de Vladimir Lenin; Los condenados de la tierra, del propio Fanon; los textos de Rodolfo Walsh, especialmente después de 1977, y las publicaciones del Centro Editor de América Latina, dirigido por Boris Spivacow, que sufrió allanamientos y quema de ejemplares. Todo lo que promoviera un pensamiento crítico era considerado subversivo.
La librería estaba –y sigue estando– en la avenida Corrientes 1436, en pleno corredor intelectual porteño. Cerca, el cine Lorraine proyectaba a Rossellini y Godard; después, el debate seguía en el Café La Paz. Podían cruzarse allí David Viñas o Juan José Sebreli. No era un punto aislado, sino parte de una red: cine, café, libros, conversación. Un circuito de ideas que se alimentaban entre sí. Y por eso inquietaba.
El cierre llegó del mismo modo que llegan casi todas las tragedias políticas: con apariencia de trámite. Una orden, un argumento administrativo. No fue necesario quemar libros en la calle: bastó interrumpir su circulación. La censura moderna aprendió que el silencio podía ser más eficaz que el fuego.
¿Qué quedó de aquellas librerías clausuradas? Los libros que cambiaron de manos, las ideas que no pudieron confiscarse, la memoria que vuelve cuando alguien decide narrar lo sucedido. Y una advertencia: ninguna conquista cultural es definitiva. Las librerías no desaparecen de golpe; se erosionan cuando dejan de defenderse.
La memoria –escribió alguna vez José Emilio Pacheco– no es un lujo del pasado, sino una responsabilidad del presente. Recordar la Librería Hernández no es nostalgia, es reconocer que la cultura necesita espacios concretos, personas visibles y riesgos asumidos. Cada librería clausurada por la fuerza representa una derrota colectiva.
Hoy, cuando el testimonio de Marisu circula como un fragmento rescatado del naufragio, se entiende que la librería no fue derrotada. Sobrevive en la palabra transmitida, en la historia compartida, en la conciencia de quienes saben que los libros no salvan el mundo, pero lo vuelven más habitable.











