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Cuba: corazón de la resistencia; resistencia con corazón
E

l pueblo cubano es hoy el epicentro de la resistencia al neocolonialismo demencial de Donald Trump. Resistencia construida durante más de seis décadas de tener al cuello la soga del bloqueo estadunidense. Resistencia con enormes convicción y disciplina y, al mismo tiempo, con un gran corazón colectivo que se indigna, celebra y brega con optimismo. Eso deja muy claro la serie de sólidos y entrañables reportajes y entrevistas que Luis Hernández Navarro realizó para La Jornada recorriendo Cuba, con fotografías de Jair Cabrera.

La tarea periodística de Luis Hernández no podía ser más oportuna: cuando el despotismo trumpiano desata una ofensiva que no por incruenta deja de ser muy violenta, al bloquear el suministro de petróleo a Cuba. Narra, por una parte, las consecuencias del bloqueo en los diversos aspectos de la vida del pueblo cubano: la escasez de petróleo y gasolina que dificulta, hace más lenta, o de plano impide la movilidad de personas y mercancías. Las dificultades de los hogares para cocinar y asearse, la re-ducción o suspensión de clases presenciales en el sistema educativo, la ralentización de la actividad productiva. La falta de energía eléctrica para los pozos y fertilizantes que reduce la producción de alimentos. Lo más doloroso: la afectación a los servicios de salud, insuficiente energía para quirófanos, hemodiálisis, procedimientos quirúrgicos; carencia de medicamentos decisivos para enfermedades como el cáncer infantil.

Con entrevistas a amas de casa, ingenieros, operadores de termoeléctricas, maestras y maestros, estudiantes, profesionales de la salud, intelectuales, productores del campo, los reportajes de Hernández Navarro van más allá de documentar los perjuicios del bloqueo: recorren las diversas formas de resistencia, de adaptación, de inventiva ante la crisis generada por Trump.

La del pueblo cubano es una resistencia racional, estratégica: privilegia el suministro de energía a áreas claves de la producción y a las personas más vulnerables. Se dirige desde el gobierno, pero cuenta con una gran participación de la gente que opera los sectores de la energía, la salud, la producción agropecuaria, la educación y el transporte. Esto permite que las soluciones y cursos de acción no sean diseñados desde el escritorio, sino que los inventen quienes los llevan a la práctica. Los trabajadores de las termoeléctricas participan para dar mantenimiento y reparar las plantas; las y los profesionales de la salud se las ingenian para sustituir los medicamentos faltantes hasta sembrando hierbas medicinales que puedan sustituirlos y no les falte nada a quienes más padecen. Ante un bloqueo implacable hay una resistencia planificada y participativa que la hace eficiente.

Más allá de eso, la resistencia del pueblo cubano tiene mucho corazón, como diría el bolero. Ante la crisis impuesta desde afuera, las y los cubanos tienen la certeza de que van a vencer. Permea una mística que nació y se ha ido cultivando luego de bloqueos, ofensivas, situaciones de emergencia, como la de los años 90. Es una resistencia que fortalece la cooperación y la solidaridad: una mujer enferma de cáncer que dejó de recibir su medicamento por el bloqueo y ha sido apoyada por toda una red de amigas y amigos declara que faltan medicamentos, pero que “la solidaridad cura”. En el hospital oncológico para niños faltan medicamentos, pero sobran colorido y cuidado amoroso. En las calles no enmudecen ni la música ni el baile y el beisbol se prolonga en un extrainning sin fin.

Las mujeres son el corazón de la resistencia: cuidan en el hogar, en los hospitales, en las escuelas; dirigen cooperativas agrícolas, institutos de investigación. Persisten, resisten, ponen ejemplo, tan alegres como fuertes, capaces, determinadas.

La resistencia del pueblo cubano es pletórica de valores: valentía, solidaridad, amor a la patria y a su modelo de sociedad; trabajo intenso y cooperativo, cuidado hacia las personas más vulnerables. Compromiso con la soberanía alimentaria como pilar de su proyecto de sociedad; producción agroecológica, confianza en las propias fuerzas. Solidaridad con otros pueblos y causas fuera de Cuba. Señala un ex combatiente en Angola: “...más de 50 mil cubanos fuimos a luchar en Angola y de regreso no nos trajimos nada más que los huesos de los nuestros”. “El pueblo cubano envía médicos a los países en desastre y no recibe más que balas”, señala alguien más.

La frugalidad, el cuidado de la naturaleza, la convivencia, el espíritu de fiesta, son valores que vienen una y otra vez en los textos de Luis Hernández. Estos valores confieren un gran espesor ético al actuar del pueblo cubano que contrasta dramáticamente con el deterioro moral del capitalismo de hoy, revelado por los Archivos Epstein. Esta ética pública, cotidiana, practicada en medio de la dificultad marca un referente de humanismo, un horizonte de posibilidad de otro mundo en el contexto de las múltiples crisis globales que atravesamos: climática, económica, sicosocial, civilizatoria.

La dignidad y el corazón en medio del estado de sitio, el optimismo de la voluntad, la vivencia de los valores de la revolución, hacen que el pueblo cubano sea un referente de futuro y patrimonio para la humanidad descaminada, un conjuro contra la desesperanza, dice Luis Hernández Navarro. Esto es lo que Trump pretende vanamente destruir con su societicidio a cuentagotas. Pero el pueblo cubano resistirá hasta la victoria.