El legado musical de Willie Colón
a historia de Willie Colón no es una que se pueda resumir en una semblanza oportuna o en un par de entregas periodísticas. Estamos ante un personaje tan interesante al que, en principio, hay que tratar según la función que de él se elija: instrumentista, cantante, arreglista, productor musical y escénico, compositor, actor, escritor, piloto, empresario…, agregando a todo ello el activismo político y liderazgo en la comunidad latinoamericana en Estados Unidos. En esta primera entrega y para efecto de recordar su legado, hemos elegido la música.
Comencemos por el reconocimiento actual de un amplio sector de público y críticos que lo reconocen como la piedra angular del movimiento salsero. Más allá de la discusión bizantina del origen de la palabra y el fenómeno musical que implicó a millones en el mundo, Willie Colón y el término “salsa” son productos contemporáneos de ese sincretismo o fusión espontánea de razas y culturas que se propició en un momento dado en Nueva York. Willie nació en el South Bronx de esa ciudad, en la calle 139 y avenida Saint Anne, donde la música llenaba el ambiente y a un hijo de tambores, cuerdas y viento se le mezclaba fácilmente con los Beatles, El Gran Combo con The Rolling Stones, la plena con la guaracha, la cumbia y la música brasileña con el jazz, y los boleros con los blues. Una “mezcolanza” que más tarde propiciaría un comportamiento especial tanto en gustos como en desarrollos musicales.
Aunque Willie se crio con la explosión del rock y en un ambiente donde predominaba el jazz, siempre se interesó por saber más acerca de sus raíces culturales: las tradiciones bailables y musicales de su pueblo borincano. Miembro de una primera generación de puertorriqueños nacidos en Estados Unidos, fue “programado” por su abuela Toñita, quien le enseñó el español, el que sus propios padres perdieron en las calles de Nueva York, y le proveyó las primeras influencias de su cultura, narrándole leyendas de la isla del encanto y cantándole canciones jíbaras que él memorizaba para, cuando llegara el momento, utilizarlas en su beneficio. “Abuelita, tus refranes me hacían reír”, dice en una de sus más conocidas canciones, en la que hace alusión a aquellas épocas.
El mismo barrio que lo vio nacer le brindó las primeras lecciones de música y la actitud irreverente necesaria para cambiar instrumentación y estructura. La educación formal vino después de las clases de flauta en la escuela elemental y del clarinete que empezó a practicar como niño curioso a la edad de 11 años. Cuando se encontró con la trompeta a los 13 ya sabía que lo de la música iba en serio y empezó a tomar clases con un maestro particular. Motivado por el gran Mon Rivera, “Rey del Trabalenguas” (¿recuerdan el Karacatis Ki o Las cajas y los Cajones?), y armador de virtuosas chambolas trombonísticas en bomba y plena, optó por el trombón y ahí mismo comenzó también a formar un estilo y un sonido que más tarde le abriría paso sin tregua para hacer historia.
Su primera presentación ante un público fue en la calle 139 con The Dandees, su bandita, y un repertorio limitado a tres números. Su graduación como músico profesional sucedió al enfrentarse a una banda rival que exigía el derecho de piso y tocar en la misma esquina donde ellos laboraban. De la partitura pasaron a la partidura, saliendo Willie con un brazo roto, pero con el reconocimiento de que ellos eran los bravos del solar.
En uno de esos conciertos callejeros conoció a Héctor Lavoe, quien se reía de lo mal que se escuchaban, pero luego, a insistencia de Willie, terminó siendo parte de la agrupación. Así empezó una de las mancuernas más contundentes de la salsa.
En abril de 1967 apareció su primer disco bajo el sello Fania Records, contando con las voces de Yayo El Indio, Elliot Romero y un jovencísimo Héctor Pérez (aún no se adjudicaba el “Lavoe”). El Malo, titularon al álbum en el que Willie, de apenas 16 años de edad, se aventuraba en un novedoso concepto de jazz latino y música jíbara. Con este trabajo tuvo la oportunidad de exponer los temas candentes de las calles, con un sonido bravo, agresivo, a fuerza de trombones y tambores, lo que le hizo vivir una de sus primeras polémicas musicales, ya que la “mescolanza” de jazz-pop con plena, guaracha y bomba incomodó a los puristas, quienes decían que lo de él no era música antillana, sino una “ensalada con sabor a nada”.
Musicólogos y ortodoxos de la música caribeña (los jodedores de siempre) empezaron a debatir sobre las caraterísticas, preferencias y múltiples facetas del talento y la búsqueda de Willie. El denominador común fue el regateo a su talento, la poca valoración que le dieron a su genio musical.











