Opinión
Ver día anteriorMartes 24 de febrero de 2026Ediciones anteriores
Servicio Sindicado RSS
Dixio
 
Los 100 años del mayor Sabines
E

l México de los años 50 fue de gran efervescencia cultural. Octavio Paz publica El laberinto de la soledad, un ensayo que desde entonces marcó la visión de lo mexicano; Carlos Fuentes traza un arco de prosa vibrante entre su primer cuento, “Chac Mool”, y La región más transparente; el suplemento México en la Cultura se convierte en el crisol donde coinciden escritores como Alfonso Reyes y Juan Rulfo; con las tres gracias de la literatura mexicana dan un portazo en nuestras letras: Elena Poniatowska, José Emilio Pacheco y Carlos Monsiváis.

Son los años del voto femenino y de Los olvidados, de Luis Buñuel, de la muerte de Frida Kahlo y en los que la Universidad Nacional Autónoma de México consolida su sede en Ciudad Universitaria.

En ese México vibrante se publicó en una edición marginal uno de los poemas más excepcionales de la lengua española del siglo XX. Lo editó el Departamento de Prensa y Turismo de Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, en 1950. Su autor: un joven desconocido de 24 años que vendía manta y delantales.

“Los amorosos” fue el último poema incluido en la pequeña plaquette que llevó por título Horal y que no apadrinó ningún notable, ni impulsó premio literario alguno, ni tuvo el apoyo de alguna beca. Un año después publicó otro puñado de poemas: La señal.

Según Carlos Monsiváis los dos poemarios fueron en buena medida el mismo libro. “Un largo y desolado y victorioso viaje por el amor que el cuerpo de una mujer multiplica, por la ambición de eternidad que se aferra al instante”. En estos libros iniciales ya se percibe “la admirable violencia emotiva de Jaime Sabines”.

De Horal, Jaime Sabines había desechado 46 poemas. No es una locura imaginar que algunos de esos poemas que no cupieron en las dos primeras plaquettes y otros que permanecieron perdidos en las voluminosas libretas de contador en las que solía escribir sean parte de los 70 poemas inéditos que se publicarán próximamente.

No creo que al publicarlos traicionen la voluntad del poeta. El propio Sabines comentó que revisando esas libretas había encontrado varios poemas que podían rescatarse. Tenía incluso título para el libro: Poemas rescatados.

El espíritu fetichista de Carlos Monsiváis lo llevó a conocer esos inmensos cuadernos de contador de donde tomaron el material inédito. Carlos acostumbraba pedir a sus amigos una página manuscrita de alguno de sus textos. Tenía, por ejemplo, las primeras líneas manuscritas de Pedro Páramo. Cuando visitó a Sabines para pedirle lo mismo que a Rulfo, el poeta le ofreció cortar una hoja de sus libretas. Monsiváis desistió, no quiso cortar ninguna.

La publicación de estos inéditos no creo que cambien nuestra percepción del poeta. Allí estará el poeta conversacional que encontró Mario Benedetti: “el gran poeta de la experiencia cotidiana” que tuvo la capacidad de hablar “con el lenguaje de todos sobre los temas de todos”; del que escribió José Emilio Pacheco; “el poeta de la calle”, a decir de Christopher Domínguez; el poeta que dio voz al hombre común, “a sus gozos y miserias con una franqueza que conmueve por su falta de artificio” que encontró Elena Poniatowska.

Decía Tomás Segovia que intentar ser poeta es aceptar ponerse en una situación tal que todo lo que escriba se vuelva decisivamente significativo. Así se leerán sus nuevos poemas. Pero también decía que la poesía, al ser un arte de grandes conjuntos, sus fragmentos aislados “sólo revelan su pleno sentido por relación a la totalidad de una obra”.

No dudo que en los nuevos poemas volvamos a encontrarnos la ternura, la imprecación, la cólera, el gozo familiar, la grosería, la celebración de la soledad, la amargura, la desesperanza, el insulto, la angustia de no soportar la muerte de los seres amados, la pasión violenta, la autobiografía impiadosa que descubrió Monsiváis.

Para este maestro de la emoción y el desgarro, la poesía no era un producto de la inteligencia, sino de la totalidad del hombre: “de su sexo, de su estómago, de su corazón, de sus huesos, de su espíritu, de su odio, de su amor”.

Este poeta de la vitalidad sostenida seguirá siendo el patrimonio popular que todos disputan, porque encontró en la poesía una emanación del cuerpo, una revelación que se descubre en la vida, una búsqueda de la verdad por encima de la literatura.