Vuelos nocturnos sobre un mar sin fondo
ecía Valère Novarina, el dramaturgo y escritor francosuizo que murió hace poco más de un mes en París, que al teatro uno va a ser testigo del desgaste del cuerpo. No acudimos a la escena por el relato, aseguraba, sino para presenciar el uso extremo, incluso el deterioro, del cuerpo en fricción. Siempre que hay desgaste hay roce, y el roce nos implica a todos los participantes, actores y espectadores, en esa comunión que es el teatro. Si el desgaste es también extenuación, ¿salimos todos fortalecidos del recinto?
Alicia De Los Ríos Merino es un nombre que comparten dos mujeres: la primera, nacida Chihuahua, el 22 de septiembre de 1952; la segunda, en la Ciudad de México, el 6 de febrero de 1977. La primera, virgo; la segunda, acuario. La primera, militante de la Liga Comunista 23 de septiembre desde 1973 y desaparecida el 5 de enero de 1978 en las calles de la colonia Nueva Vallejo en la Ciudad de México; la segunda, abogada e historiadora, especialista en temas de insurgencias y víctimas de la desaparición forzada en México, y profesora en la Universidad Autónoma de Chihuahua. La primera y la segunda, madre e hija, constituyen los ejes centrales de una imponente obra de teatro documental, Vuelos nocturnos sobre un mar sin fondo, producida por Teatro Línea de Sombra, un equipo artístico y de investigación creado en 1993.
Con dramaturgia de Luis Mario Moncada, Vuelos nocturnos abreva de la investiga-ción sobre desaparición forzada en México rea-lizada por periodistas e historiadores, como Marcela Turati y Camilo Vicente Ovalle, incluyendo los vuelos de la muerte, una táctica de represión utilizada por el Estado para combatir la insurgencia durante la guerra sucia de los años 70. Pero la obra es fundamentalmente unapuesta en escena de la investigación de Alicia, la hija, sobre Alicia, la madre a la que nunca conoció. El tiempo, así entonces, es el primer protagonista que asoma la cara en la escena: tres sillas para tres generaciones de mujeres (abuela, madre, hija) que Alicia irá ocupando a medida que avanza el tiempo de la obra.
Vuelos nocturnos es parte de Fragmentos de verdad, una trilogía creada que trabaja con la evidencia y el archivo para iluminar distintas formas de la violencia en México. Si el objetivo es transformar “documentos de la realidad en documentos artísticos”, aquí las fotografías, impresionantes sobre grandes pantallas; las piezas de ropa tendidas sobre el escenario como si se tratara de una perenne escena del crimen; las grabaciones de voz, tan entrañables; las cartas, mostradas y leídas; e incluso la música, siempre envolvente, se muestran desde su lado más íntimo, ese que estuvo en roce con el cuerpo, y también desde su lado más colectivo, el que nos ha tocado a todos, sabiéndolo o no, en el pasado y también en el futuro, que es hoy.
Alicia De Los Ríos Merino es una profesora y no una actriz, y ese es el arreglo sobre el que se yergue esta puesta en escena que se presenta como experiencia y obra. Su voz, esa que “entra y sale con cada respiración de la cavidad del cuerpo”, le pertenece a la sobreviviente y a la buscadora en la que se ha convertido gracias a la pregunta sobre la ausencia. Es la misma voz que utiliza la hija para contar, en primera persona del singular, lo que la madre enfrenta durante sus últimos momentos en la tierra –el yo transformado en un acuerdo especulativo que nos permite adentrarnos en las palabras y, luego entonces, en el cuerpo porque, otra vez a decir de Novarina, “las palabras que enuncies están más dentro de ti que tú mismo”. Aparecen ahí la tortura y la vejación, pero sobre todo al quehacer minucioso del cuerpo, mientras cae. Súbitamente transformado en una hospitalidad, el yo se abre para admitir a los que desde los asientos del teatro tratamos de imaginar lo inimaginable: el instante en que la violencia nos arrebata un cuerpo que es, a su vez, un mundo.
Alicia trabaja con el dolor de la pérdida como un acto radicalmente colectivo. Dice: se puede experimentar alegría mientras se busca con ahínco y rabia, con entereza, con coraje, a la madre desaparecida. Lejos del flagelo o de la autoflagelación, fuera de la reprimenda moral o del sadomasoquismo gratuito, Alicia, la hija y la profesora, cuyo desgaste hemos atestiguado en el escenario, nos cuida. No quede duda: la obra denuncia la violencia del Estado y la impunidad que la perpetúa. Pero no somos un nudo de culpa ni un guiñapo al salir del teatro, somos, si lo queremos así, el acompañamiento que se requiere; la conciencia crítica, que azuza pero no abruma; el cuenten conmigo, que anima.
Somos fortaleza.











