adero es el padre de la democracia mexicana, el que construyó sus primeros cimientos: quien creó el primer partido político moderno, quien hizo la primera campaña electoral moderna, quien documentó por primera vez el fraude electoral y pidió su anulación y quien, al cerrársele las opciones institucionales, decidió llamar al pueblo de México a levantarse en armas contra un gobierno usurpador. La legitimidad que tenía Madero en 1910, como la principal figura política nacional opositora y la hábil conducción de su liderazgo cuando llamó al pueblo a levantarse en armas el 20 de noviembre de ese año, permitió que, en seis meses, la insurrección pusiera fin al largo gobierno de Porfirio Díaz. Madero demostró así que su diagnóstico, expresado en su célebre libro La sucesión presidencial, era preciso. El pueblo de México no sólo estaba apto para la democracia, sino que la quería y estaba dispuesto a luchar para alcanzarla. El triunfo de su revolución era la mejor prueba de ello.
Sin embargo, Madero no era un revo-lucionario radical, como los liberales delPartido Liberal Mexicano, como Zapata o como Villa. Para él, la democracia erala llave maestra para resolver los proble-mas nacionales, agrarios, laborales, edu-cativos, de justicia. Si había democracia, si se respetaba la voluntad popular para elegir a sus gobernantes habría buenas leyes, habría justicia y la sociedad mexicana, ricos y pobres, hombres y mujeres, indígenas, obreros, hacendados, empresarios, podrían cooperar para construir una sociedad más justa.
Para Madero el motor de la historia no era la lucha de clases, sino la conciliación entre ellas. En el dilema que se presentó a los revolucionarios radicales europeos de fines del siglo XIX y principios del XX entre reforma o revolución, que los bolcheviques supieron definir en favor de esta última, para Madero no había duda de que la salida era la reforma. El problema era que en una sociedad mexicana tan desigual no se podía apelar a la buena voluntad de los poderosos para mejorar la situación de los más pobres. El Estado no podía ponerse por encima de las clases e intentar hacer una conciliación de intereses irreconciliables, una tarea imposible, como lo mostró el destino trágico de Madero. No era posible la reforma, como la quería Madero, sin la revolución. Madero la comenzó, pero no la terminó. En la dualidad de poderes que emergió en el gobierno interino en 1911 entre el poder popular emergente y el del Estado oligárquico y sus élites, Madero no empoderó a las clases populares; creyó que era posible un cambio de régimen pacífico, institucional, gradual. Quiso conciliar a las clases sociales antagónicas, pero ni las oligarquías ni las clases populares querían esa conciliación. Por eso Madero se quedó en medio. No representó genuinamente a la revolución y las clases dominantes lo vieron como un enemigo y un traidor.
Madero selló su destino desde el pacto de Ciudad Juárez, cuando desarmó a su ejército y quedó en manos del ejército y del régimen enemigo. Dejó la revolución a medias, apenas iniciada. Por eso no pudo gobernar. Por eso desde el primer día enfrentó múltiples rebeliones. Por eso, al no tener a su ejército, tuvo que recurrir al ejército enemigo para sobrevivir. Por eso, en cada victoria sobre las rebeliones del ejército que seguía siendo porfirista, se empoderaba cada vez más y Madero era cada vez más rehén de él. Por eso, en cuanto el debilitamiento natural de Madero se hizo evidente, cuando lo abandonaron muchos de sus compañeros de lucha, unos por ambición, otros por sentirse traicionados al no ver cumplidos los anhelos revolucionarios, el ejército del antiguo régimen y los grupos conservadores que no querían perder sus privilegios, lo liquidaron.
Y sin embargo, Madero sembró no sólo la semilla de la democracia que germinaría muchas décadas después de su muerte. Sembró también la semilla de la justicia social, que alimentó la segunda ola de la Revolución Mexicana, que se levantó inmediatamente después de su asesinato y que culminó la obra que él no pudo o no quiso realizar: destruir al Estado porfirista, a su ejército y a la oligarquía terrateniente. Los ejércitos populares revolucionarios, el constitucionalista, el zapatista y el villista llevaron a cabo lo que Madero no pudo hacer y culminaron una revolución popular triunfante que cambió al país, en beneficio sobre todo de las clases más pobres, a las que Madero siempre ayudó, pero no tuvo la comprensión, la formación teórica y política, ni las herramientas para hacerlo. Y con todo, sin Madero, la Revolución Mexicana, el Estado benefactor, las reformas agraria, laboral y educativa, y la democracia, tal vez hubieran tardado más en llegar. Por eso la democracia mexicana y el país de leyes, instituciones y libertades que hoy tenemos, le debe tanto al líder revolucionario coahuilense, el padre de nuestra democracia.
*Director del Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México











