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Ucrania: cuatro años de insensatez
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l cumplirse cuatro años de la invasión rusa a Ucrania, no hay ninguna señal de que el conflicto se acerque al final, ni por la victoria de uno de los bandos, ni por la vía de las negociaciones. En el terreno, las líneas de frente permanecen prácticamente congeladas desde que Kiev recuperó la mayor parte de los terrenos perdidos gracias a su contraofensiva del otoño de 2022. Los escasos avances rusos se han obtenido con un altísimo costo material y humano, mientras las dos grandes iniciativas ucranias (la fallida contraofensiva de 2023 y la invasión del óblast ruso de Kursk) terminaron en nada.

El empantanamiento se replica en las mesas de diálogo por el empecinamiento de Vladimir Putin y Volodymir Zelensky en obtener con saliva lo que no pueden lograr con las armas. El Kremlin exige hacerse con la totalidad de las regiones de Donietsk, Lugansk, Jersón y Zaporiyia; “desnazificar” Ucrania; desarmar a su ejército; impedir que ingrese a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), y obligarla a declararse país neutral y desnuclearizado. El régimen de Kiev pretende un regreso a las fronteras de 2014, la integración a la OTAN y a la Unión Europea, así como “garantías de seguridad” de sus aliados occidentales como la presencia de soldados de la alianza atlántica.

Unos y otros parten de pretensiones no sólo inaceptables para su contraparte, sino francamente fantasiosas. Así, la petición rusa de quedarse con las cuatro regiones del este y el sur de Ucrania choca con la legalidad internacional, que establece la inviolabilidad de la integridad territorial de los estados, y resulta quimérica en tanto busca que se le cedan territorios que no ha logrado conquistar. Igualmente inviables son los requisitos de desarmar al ejército ucranio y de imponer a su vecino la forma de gobernarse. Del otro lado, Zelensky sabe, o debería saber, que no existe ninguna perspectiva de poner a discusión el tema de Crimea, y que sumar a su país a la OTAN o la UE es una amenaza existencial para Rusia, como él mismo se ha encargado de demostrar con los constantes ataques contra instalaciones estratégicas rusas, los asesinatos de altos mandos de ese país y la facilidad con que sus drones y agentes golpean la capital.

La necedad de los dirigentes conduce a una gravísima penuria a sus sociedades. Se estima que en estos cuatro años Rusia ha sufrido un millón 200 mil bajas, incluidas hasta 325 mil muertes; y Ucrania alrededor de 600 mil bajas, de las que 140 mil fueron fallecimientos. Las cifras ucranias podrían estar severamente subestimadas por la propaganda occidental. Más allá del campo de batalla, Ucrania ha perdido 10 millones de habitantes desde 2014; en su mayoría, mujeres. Sólo en el primer año de guerra, 900 mil personas salieron de Rusia, ya fuera por temor al reclutamiento, por rechazo al gobierno de Putin u otros motivos. Para la nación invadida, la mayor tragedia es la sangría de población femenina y la caída drástica de la natalidad (apenas 0.9 hijos por mujer, menos de la mitad de la tasa de remplazo), mientras la invasora padece la fuga de jóvenes y de los sectores más instruidos. Junto con la debacle demográfica se presenta la económica: Kiev no podría sostener un solo día el esfuerzo de guerra sin la asistencia de sus aliados, y ya ha entregado tierras, negocios y soberanía a sus patrocinadores. Moscú se encuentra al límite de sus recursos, con grandes sacrificios en todos los ámbitos para mantener a sus tropas.

Ante este panorama, queda claro que continuar las hostilidades significa condenarse mutuamente a la desaparición o, cuando menos, a una catástrofe compartida de la que tardarán décadas en salir. Para evitarlo, el único camino es la sensatez de reconocer que ninguno puede conseguir sus objetivos con las armas y que una salida negociada exige grandes dosis de realismo. Para Moscú, ello implica renunciar a cualquier intento de dictar el régimen de gobierno de Kiev. Para ésta, admitir que la membresía en la OTAN, la UE o la presencia de tropas hostiles a Rusia son líneas rojas intraspasables. Para ambos, respetar el derecho de los habitantes de los territorios en disputa a decidir a qué país desean pertenecer mediante un referéndum democrático organizado y calificado bajo mandato de Naciones Unidas. Finalmente, resulta imperativo que Europa abandone de una vez por todas el discurso rusófobo y paranoico con el que ha atizado el conflicto entre las dos naciones eslavas desde mucho antes de que estallara la guerra formal, y que el presidente estadunidense, Donald Trump, deponga su afán ególatra de colgarse una medalla de bisutería mediante la imposición de una paz que sólo exista en el papel, como lo ha hecho ya en varias ocasiones.