Martes 24 de febrero de 2026, p. 27
Moscú. Al cumplirse este martes el cuarto aniversario de la orden del presidente Vladimir Putin de comenzar la “operación militar especial”, Rusia sigue sin conseguir los objetivos que fijó su mandatario y Ucrania no parece dispuesta a rendirse.
Cuatro años después de la madrugada del 24 de febrero de 2022, en medio de una guerra en toda regla, Rusia busca “liberar” la totalidad de las regiones de Donietsk, Lugansk, Jersón y Zaporiyia; “desnazificar” Ucrania, desarmar a su ejército e impedir que ingrese a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), así como obligarla a declararse país neutral y desnuclearizado; en modificar las leyes para beneficiar a la minoría de origen ruso, entre otras exigencias.
Ucrania resiste gracias al apoyo en recursos y armamento que le proporcionan sus aliados europeos, ahora comprándolo a Estados Unidos, y es consciente de que Rusia tiene más armas y soldados; por lo tanto, no está en condiciones de expulsar a las tropas rusas de los territorios ocupados, cerca de 20 por ciento del país, incluyendo Crimea, anexionada en 2014, pero no considera posible capitular, según su presidente Volodymir Zelensky.
Entretanto, Kiev trata de frenar al ejército ruso y procura golpear infraestructuras del interior de Rusia con sus propios medios –drones y misiles fabricados en Ucrania–, confiando en que su capacidad de aguantar los ataques aéreos de Moscú sea mayor a las posibilidades del Kremlin de financiar esta guerra, que desde hace tiempo se volvió de posiciones y desgaste.
Ruptura de dos pueblos hermanos
Detrás de la guerra, se libra otra batalla, la de narrativas y cada cual intenta imponer no sólo su versión de los hechos que ocurren todos los días, sino también de las causas que derivaron en la ruptura de estos dos pueblos otrora hermanos.
Rusia argumenta que Occidente –Estados Unidos y sus aliados de la OTAN– no le dejaron otra opción al incumplir su promesa de que no habría ampliación de la alianza noratlántica hacia el este e instalar en Kiev “un régimen nazi” después del “golpe de Estado” que depuso en 2014 al entonces presidente Viktor Yanukovich.
Moscú señala que debía detener el “genocidio” de la población de origen ruso, defender su idioma, cultura y religión, así como evitar que se instalaran en territorio ucranio bases de la OTAN, lo cual representaría una amenaza para su seguridad nacional.
Las autoridades ucranias sostienen que, destituido el impopular mandatario por el Parlamento, incluso con los votos de su propio Partido de las Regiones, tras abandonar el cargo durante una semana sin saber dónde se escondía, Ucrania celebró dos elecciones presidenciales (la primera la ganó Petro Poroshenko y la segunda, Volodymir Zelensky). Afirman que los 14 mil muertos que menciona Moscú como “genocidio” son las víctimas, de ambos lados, que hubo en la guerra civil de 2014-2015.
Los efectos negativos de la contienda se dejan sentir en ambos países. Desde luego, no de la misma manera, ya que la devastación de Ucrania, producto de bombardeos cotidianos, no es comparable con los daños causados en Rusia con armamento occidental escaso y que tiene prohibido usar en el territorio ruso a más de 300 kilómetros de la frontera.
Ambos, Rusia y Ucrania, han pagado ya un altísimo precio en vidas desperdiciadas, que se calculan, según diversas fuentes, en cientos de miles por ambos lados, aparte de al menos medio millón de bajas por heridas graves y diferentes formas de invalidez (amputación de piernas y brazos, en primer término).
Ahora, tanto Moscú como Kiev en realidad querrían poner fin a la guerra, pero ninguno quiere ser visto como perdedor.
El primero empieza a sufrir los efectos de las sanciones extranjeras, se están acabando el oro y los recursos ahorrados en tiempos de bonanza petrolera, hay dinero todavía para reclutar soldados, pero ya no alcanza para pagar los entierros, por mencionar sólo algunas de las preocupaciones del Kremlin.
El segundo, mientras la población civil tiene que pasar uno de los inviernos más duros sin calefacción, agua y electricidad, afronta serios problemas para reclutar soldados y necesita más armamento, aunque se mantiene firme en la línea del frente.
Presionados por Estados Unidos, cuyo presidente, Donald Trump, necesita colgarse medallas como “pacificador”, Rusia y Ucrania aceptan negociar en Estambul, Abu Dabi, Ginebra o donde sea, pero sin hacer la mínima concesión en asuntos de fondo para facilitar un arreglo político.
Las perspectivas, opinan analistas, son sombrías: en lugar de un pronto tratado de paz, habrá más devastación y más muertes.











