Se presentó el catálogo de Una mirada sin fronteras, que se exhibió el año pasado en el Palacio de Iturbide
Martes 24 de febrero de 2026, p. 5
De Miguel El Chamaco Covarrubias (1904-1957) no hay una imagen definitiva, ya que desbordó su talento en las categorías en las que lo encasillaron. Igual fue dibujante que caricaturista, pintor, antropólogo, etnógrafo, museógrafo y observador incansable de las culturas del mundo. En eso coincidieron los participantes en la presentación del libro-catálogo de la exposición Miguel Covarrubias: Una mirada sin fronteras, que se exhibió el año pasado en el Palacio de Cultura Banamex-Palacio de Iturbide.
Además, “no sé si algún día habrá” una imagen definitiva, expresó Sergio Raúl Arroyo, cocurador de la muestra con Anahí Luna.
“Los ejercicios de admiración no son suficientes. El dibujante que retrató a centenares de contemporáneos aún carece de un retrato de cuerpo entero”, puntualizó el etnógrafo. “Desde hace muchos años se ha intentado ensamblar el rompecabezas que lo describa plenamente; sin embargo, El Chamaco resiste a las ecuaciones simples. Quizá sea parte de su sencilla naturaleza el no estar quieto, no obedecer y no dejarse retratar”, acotó Arroyo.
Según Eduardo Matos Moctezuma, el libro-catálogo “nos da un panorama de una de las figuras más fantásticas de una época que nos ubica alrededor de los años 20, la posrevolución, hasta la década de 1950. En ese transcurso ocurrieron muchas cosas en lo artístico, lo político y lo social, de las cuales fue testigo nuestro personaje”.
En su calidad de arqueólogo, Matos Moctezuma se refirió al “universo” de Covarrubias y su incursión en uno de los sitios emblemáticos del centro de México: Tlatilco.
“Allí encontró la esencia de aquella cultura de la que los arqueólogos denominamos preclásico, que existió alrededor del año mil antes de nuestra era y en que destacan figuritas de barro de las llamadas ‘mujeres bonitas’.
“Covarrubias dibujó a estas mujeres, al igual que muchas otras obras arqueológicas, con un trazo de gran delicadeza. En esas mujeres bonitas se aprecia la intención del artista anónimo que las creó de representarlas desnudas y con especial atención en las anchas caderas, símbolos de fertilidad.”
A Matos Moctezuma también le llamó la atención la “pluralidad” de los autores de los 14 ensayos incluidos en el libro-catálogo de 424 páginas, entre ellos, Antonio Saborit, Rita Eder, Mercurio López Casillas, Renato González Mello, Bruce W. Carpenter, Alberto Dallal y Adriana Williams.
Anahí Luna, también coordinadora académica de la edición, señaló en un video pregrabado que tanto la exposición como los contenidos del libro son producto de más de tres lustros que lleva estudiando a El Chamaco. Para la antropóloga de formación, “su obra inaugura una forma de ver, cuya fórmula fue y sigue siendo repetida por generaciones de ilustradores”.
Una primicia de la muestra fue una colección de dibujos a tinta de los personajes de la historia de México, que fueron “literalmente rescatados de una casa a punto de ser demolida”. Se habían hecho originalmente para un proyecto inédito de un libro de historia de Luis Chávez Orozco.
Para la académica, Covarrubias sobre todo fue un pensador visual: “usó la imagen como un fenómeno capaz de producir efectos. Al transformar el mundo mediante las imágenes, acabó transformándose a sí mismo. Acabó siendo un verbo”.
De acuerdo con Arroyo, Covarrubias es un “personaje único que escapa de las etiquetas dominantes de la época, de los lugares comunes que marcaron la vocación revolucionaria y de muchas de las contradicciones prácticas, académicas, de ese tiempo”. Anticipó su confianza en que El Chamaco “mantenga una obra viva detrás de décadas de medias tintas, de devociones que apenas alcanzan a describir sus alcances morfológicos, su penetrante visión de la condición humana, su humor y elegante virulencia”. Su figura, sin embargo, “gravita sobre la cultura mexicana como alma que no encuentra acomodo”.
El curador reconoció que Covarrubias, guste o no, es un personaje sumamente desconocido para el altísimo porcentaje de las más de 300 mil personas que visitaron la exhibición. Indicó que existe “una distancia profunda entre él y la Escuela Mexicana de Pintura. Quizás esa es una de las razones por las que Covarrubias nunca ha entrado al parnaso de los pintores y artistas posrevolucionarios. En esa época estaba en Nueva York. Su cosmopolitismo lo salva de muchos dogmas que se inculcaron en ese momento en el arte mexicano. Nunca entendió su trabajo como práctica sectaria o parroquial.
“Sin renunciar a sus convicciones socialistas desplegó, como muy pocos, una existencia dinámica y cosmopolita en la que lo mismo encarna al chamaco de 14 años que trabaja en un pequeño taller de un periódico universitario, hasta el cotizado dibujante que da personalidad propia a las publicaciones de mayor circulación en el Imperio.”











