uando los navegantes ibéricos comenzaron a infestar las Antillas a partir del primer viaje de Cristóbal Colón, vinieron a encontrarse con los vientos más poderosos y temibles de la Tierra. Experimentados y divinizados por egipcios y griegos, ciclones (nombre decimonónico), tifones o turbiones eran bien conocidos en aquel lado del mundo. Pero en su Historia de Indias, Bartolomé de las Casas constata que “de las más terribles tormentas que se cree haber en todos los mares del mundo, son las que por estos mares destas islas y tierra firme suele hacer”.
Se ha dicho que, de haberse encontrado Colón con un verdadero huracán en su primer viaje, que coincidía con la estación tormentosa, América no hubiera sido descubierta para los europeos. No por él, al menos. La cristiandad otorgó al almirante un peculiar pacto climático que demostraba la voluntad del Señor. Cuando en 1495 se le impidió desembarcar en la isla de Cuba, perseguido por un huracán que sus enemigos en tierra no quisieron ver, Colón salvó sus naves pero sus enemigos perecieron y un gran tesoro de la corona española se hundió para siempre en el mar junto con el malvado Francisco de Bobadilla y el traidor Francisco Roldán. Siendo la fiesta de San Francisco de Asís, el hecho pasó a llamarse “cordonazo de San Francisco”, y se consideró prueba de la legitimidad de Colón.
Como describe el gran filólogo y antropólogo habanero Fernando Ortiz (1881-1969) en su obra clásica El huracán: Su mitología y sus símbolos, publicada por el Fondo de Cultura Económica en 1947 (la última reimpresión es de 2021), el temible viento caribeño, similar al que ocurre en las costas del Pacífico, determinó la vida sagrada y cotidiana de los araucos, pobladores originarios de las islas, y con el tiempo de los taínos. De ellos obtuvo su nombre: Yurakán, Juracán, Furakán, Huracán.
La nueva superstición católica del meteoro fue asimilada por la migración forzosa de miles de africanos. Pronto, los negros congos celebrarían en Cuba el Tata Pancho Kimbúngila (Padre Francisco Remolino) y los yorubas considerarían al santo de Asís un poderoso orisha: Ifá u Orumbila.
Ortiz cita Un ensayo sobre los huracanes de las Antillas (1928), del meteorólogo cubano José Millás, quien señalaba que, entre los diversos fenómenos atmosféricos que alteran la vida normal de la gente, el “ciclón tropical” resulta el más grandioso y desolador. “Cierto que los tornados de Estados Unidos son más violentos en múltiples ocasiones, pero su área es restringida y corta su duración”. En cambio, estas tormentas tropicales, de “potencia extraordinaria”, son de vida larga, “no se cuenta por horas, sino por días”.
Distintas culturas han intentado acordonar, atrapar o amarrar a los vientos. Los pescadores y navegantes antiguos hacían nudos para protegerse. En la Odisea, el caprichoso Eolo regala a Ulises una bolsa de cuero que guarda el arsenal de todos los vientos. En Macbeth, tan brujil tragedia, se habla de las “vendedoras de vientos”. La santería cubana heredó de los congos la práctica de encerrar en una botella los remolinos de la Cuaresma.
“El ciclón es un ojo con alas”, escribe José Lezama Lima en Consejos del ciclón, y lo aprovecha como envión erótico, casi personaje, en Oppiano Licario. Alejo Carpentier apersona al huracán en El siglo de las luces y ¡Ecue-Yamba-O! En ocasión del grave huracán Irma en 2017, el poeta y repentista Alexis Díaz Pimienta, autor de la novela El huracán anónimo, un “thriller metorológico” (2020), escribió un conjuro que reza: “Huracán, tromba, ciclón, / meteoro, torbellino, / borrasca gris, remolino, / vendaval, baguio, tifón, / galerna, perturbación, / animal que tanto aterra, / desvía tu rumbo, yerra, / equivócate, huracán, / olvida al verde caimán, / aléjate de mi tierra”.
En ningún lugar del continente pegan más recio los huracanes que en los extremos orientales de la isla Hispaniola (República Dominicana) y de Cuba. Esta relación, extremadamente desnuda con los huracanes del mar, dio al pueblo cubano una formidable capacidad de resistencia. Sin esa práctica para las emergencias, quizás otro país no hubiera resistido más de 60 años de bloqueo criminal impuesto por su vecino y enemigo del norte, Estados Unidos.
Ahora que dicho bloqueo alcanza una intensidad y una sevicia nunca vistas, ni siquiera durante el “periodo especial” provocado por la caída de la Unión Soviética en 1991 y el colapso de su CAME (Consejo de Ayuda Mutua Económica), seguido por el brutal embargo yanqui en 1992, con sus consecuencias a largo plazo, uno hace votos por que las botellas de vientos doten a la esforzada población isleña con el temple y la fortuna suficientes para sortear el huracán económico-militar desatado desde Washington por descarriados y delirantes hijos de migrantes.
En anteriores huracanes atmosféricos y políticos, México ha sabido hermanarse con Cuba haciéndole el paro decidida y decisivamente. Recuérdese que fue el único país latinoamericano que reconoció la revolución cubana y la apoyó cuando Estados Unidos pretendió abortarla, antes y después del ataque a playa Girón. Es la hora de hacerlo otra vez. Si Cuba cae, pronto vendrán por nosotros.











